JULIO PREVE FOLLE
La divulgación reciente de estadísticas sobre el sector granjero permite extraer conclusiones acerca de la pertinencia de las políticas sectoriales que la regulan desde hace tiempo, que consisten básicamente en una sola práctica: el encierro comercial y el combate discrecional a las importaciones. No le hago el agravio sólo al gobierno de izquierda por esta política, que en la administración Batlle ya había alcanzado su apogeo a través de ingeniosas y tramposas medidas que siguen vigentes hoy.
FRACASO TOTAL. El resultado de este modelo es, como se verá exagerando un poco, una catástrofe productiva. Y mucho peor dado el contexto internacional totalmente favorable que se vivió en la década y se prevé continúe para todos los rubros agropecuarios. Para todos, excluidos los granjeros. La conclusión que anticipo no es la de pasar mañana a la apertura total, pero sí al menos sentar en el banquillo de los acusados a la política de encierro, que costean cada día Doña Ramona y Don Fermín.
Me excuso esta vez de hacer referencia a la vitivinicultura y la producción avícola, destacados rubros granjeros, porque ya los he tratado reiteradamente y creo que la gente sabe ya muy bien que nuestros vinos protegidos no se pueden vender afuera, que cae el número de productores y bodegueros, y que la propuesta para la sobreabundancia de vino es nada menos que producir de modo cuotificado. Y en cuanto a los pollos, ya se sabe también que después de muchos años de encierro total e ilegal a través de una medida para arancelaria, sus dramas de competitividad han quedado a la vista ni bien se amenazó con la importación de algunos kilos provenientes de Brasil.
En cambio, en otros rubros la situación es menos conocida y la voy a tratar de poner de manifiesto siguiendo las cifras que publica la Dirección de Estadísticas Agropecuarias del MGAP (DIEA) por la que mantengo un gran respeto profesional. Voy a utilizar para ello la información retrospectiva de tres de sus encuestas habituales: la de papa, la hortícola y la frutícola.
LAS CIFRAS. En materia de hortalizas se presentan datos para los últimos cinco años de las seis más importantes: cebolla, boniato, zapallo kabutiá, zanahoria, tomate y morrón, estos dos últimos divididos en norte y sur porque responden a realidades muy diferentes. La información es contundente: en ningún rubro, salvo el morrón del norte, se registran en el período aumentos de producción. En todos cae o apenas se mantiene el número de productores, y en todos la productividad se mantiene inalterada o cayendo.
En la papa se puede apelar a una serie más larga, que arranca en el año 1996. En todo el período y contando las dos zafras anuales -primavera y otoño- la producción ha caído desde 141 mil toneladas en los primeros diez años de la serie, hasta 108 mil en los últimos tres. Esto supone caídas en el área sembrada, especialmente en la de otoño, y estancamiento en la productividad promedio (crece en otoño cuando la caída del área es mayor, y cae en primavera).
Y ¿qué ocurre en la fruticultura? En este caso podemos irnos hasta el año 1990, casi dos décadas atrás. En el durazno por ejemplo, la producción de hoy es el 58% de la de 1990, o el 70% de la de 2000. El número de plantas cae ininterrumpidamente desde aquella fecha, y la productividad por planta se mantiene hasta el 2000 y luego cae a un 78% de lo que era en 1990.
En la pera hay un crecimiento del 10% en cada década en el número de plantas, pero con una producción básicamente estancada, lo que se explica por caídas en la productividad (99 ton. por há. en la década actual contra 116 en la década anterior).
En la manzana ocurre algo parcialmente diferente: en la primera década crece pero poco el número de plantas (16%), y la producción lo hace a más del doble, lo que se explica por un crecimiento del 41% en la productividad de 2000 respecto de la de 1990. Del 2000 en adelante la producción no crece más, aunque sí lo hace el número de plantas en producción un 66%, lo que se explica por una caída en la productividad que es hoy el 82% de la de 1990, o el 58% de la de 2000.
TODOS PIERDEN. Yo creo que más allá de explicaciones parciales, el resultado global es absolutamente negativo en el pollo, el vino, toda la horticultura incluyendo la papa, y toda la fruticultura. No hay crecimientos en la producción salvo en la manzana, y tampoco en la productividad en ningún rubro; es un estancamiento casi total que corresponde a una saturación del mercado interno. Esta saturación sugiere que si la producción aumentara, se seguiría el camino del vino de excedentes invendibles. Más aún; si la productividad creciera, caería más el número de productores, especialmente los más vulnerables.
Esta ausencia de dinamismo puede llamar la atención en un contexto de crecimiento agropecuario generalizado en producción y productividad, y también de crecimiento del consumo de los últimos años. Más aún; con un retraso cambiario favoreciendo la suerte de la producción de los no transables, como lo son por su política los productos de granja, ni aún así hay dinamismo. Es un estancamiento por saturación del mercado casi de libro.
Entonces pregunto: ¿no valdrá la pena pasar raya? No digo que sea fácil abrir. Pero ¿a cuántos beneficia esta política, y en especial cuál es su futuro? Y me respondo: así, con este encierro pierde el consumidor, pierde una industria que jamás podrá nacer para procesar productos con la materia prima protegida, y perderán inexorablemente los productores más vulnerables, si la producción creciera algo. Y pierde también la institucionalidad del país, porque ese encierro se hace en base a aranceles encubierto, como el IVA diferencial que se aplica sólo a lo importado, lo que no está permitido. O en base a la no expedición de certificados sanitarios, convertidos así en trabas no arancelarias idénticas a las que denunciamos en el mundo; o al invento del Newcastle, o a la prohibición de importar vino a granel que es una forma que utilizamos para exportarlo, etc.
La granja merece otra política que empiece por reconocer que este encierro sólo le sirve a algunos y hay derecho a saber cuánto cuesta. Y cambiarla, para ir alineándola de a poco con el resto de la política agrícola. No se trata de terminar mañana con la protección sino de limitarla a situaciones de vulnerabilidad. Y siempre a partir de una transparencia en las normas jurídicas que hoy no existe.