Historia de dos realidades diferentes

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Los avatares de la actual crisis griega inevitablemente hacen retornar la memoria hacia los sucesos en los cuales estuvo inmerso nuestro país hace justamente una década atrás.

Más de lo pensado, al caso uruguayo se lo toma como referencia para ayudar a encontrar una salida que hasta el momento luce esquiva.

Sin duda, los resultados obtenidos lo convirtieron desde el principio de esta crisis europea en una suerte de paradigma, por no decir receta, para salir con éxito de una situación complicada e inédita en el viejo continente en estas épocas contemporáneas.

Si bien ambas crisis pueden explicarse por causas comunes que propenden a efectos dañinos similares, y que requieren de la necesaria vigencia de ciertos "principios´" para encontrar la salida pertinente, todo termina ahí. Cada crisis es un mundo diferente, cuya resolución debe basarse en una estrategia hecha a la medida de las circunstancias. Para esto no existen ni existirán manuales ni recetas milagrosas, salvo el penoso camino de actuar en el campo vivo de circunstancias generalmente ignotas, siguiendo la batuta de principios básicos esenciales.

Es por ello que la crisis griega sigue rampante, pues las políticas adoptadas ignoran tanto la complejidad del problema como el derrotero necesario para llegar a buen destino. En ello se entremezclan intereses nacionales y los de la propia Unión Europea (UE), como si ambas realidades pudieran actuar en disonancia cuando en los hechos pertenecen al mismo conjunto que generó en buena parte el problema y que, por ende, son necesariamente parte de la solución.

LAS SIMILITUDES. Los hechos recientes confirmaron de una vez por todas que el contagio internacional es una categoría viva, siempre en acecho y de previsión difícil.

Una década atrás, Uruguay sufría la eclosión de un proceso similar proveniente de la región, que había sido disparado por eventos provenientes de la crisis rusa de 1998, que cerró el financiamiento externo de los países emergentes. Eso generó una fuerte contracción en el seno de nuestros socios del Mercosur, que expuso flaquezas e inconsistencias macroeconómicas.

Grecia en su historia moderna, no fue una nación dispuesta a vivir dentro de sus posibilidades, siendo sus políticos propensos al clientelismo resultante en privilegios desparramados a lo ancho de su espectro social. A su vez, el propio funcionamiento de la UE hizo que recibiera crédito abundante y barato, en el marco de una paridad cambiaria, al adoptar el euro, que le dificultaba exportar e incentivaba el consumo doméstico financiado con endeudamiento. Sin duda, una clara corresponsabilidad del deudor y de los prestamistas que no tuvieron en cuenta los riesgos latentes de esa postura. A eso se agrega la laxitud de un marco de regulación bancaria que no diferenciaba riesgos, llegándose al paroxismo que la cotización de la deuda griega llegó a valer apenas 6 puntos básicos más que la alemana.

La segunda similitud es ya una verdad escrita en piedra: el contagio regional se propaga a través de los sistemas financieros y generalmente devienen en crisis de endeudamiento. Bancos domésticos excesivamente expuestos al riesgo corporativo o del soberano comienzan a sentir el estrés de la situación cuando su crédito externo se contrae, la calidad de sus créditos se deteriora o comienzan a sentir los efectos de retiros de depósitos gracias a la incertidumbre reinante. Ahí el Estado debe rescatarlos gastando reservas o endeudándose, retroalimentando un proceso que toma una dinámica perversa propia cuyo destino es una crisis doble. En definitiva, ello implica resolver dos problemas casi simultáneos. Eso fue lo que ocurrió en Uruguay hace una década atrás, es lo que ocurre hoy en Grecia y es lo que tiene en jaque a Portugal y España.

A título seguido, hay una similitud entre ambas situaciones que se descubre por el absurdo. Las crisis son más baratas de resolver cuando se actúa preventivamente. Correr los hechos desde atrás es siempre más costoso y, finalmente, no se evita lo que es necesario hacer para facilitar la salida. Volviendo a Uruguay, y con la perspectiva que ahora da el tiempo, puede decirse que actuó en tiempo récord instrumentando la salida de su crisis bancaria mutada en crisis de endeudamiento, a pesar de la oposición que encontró por parte del FMI. Como ironía histórica, esa oposición provenía del campo europeo del G7 en el seno del FMI, agrupamiento de naciones que hoy debe resolver un problema similar pero de magnitud mayor.

Las diferencias de visiones en su seno vienen encareciendo costos, facilitando el contagio y aumentando riesgos. Les tomó tiempo pasar de la negación a la aceptación de las implicancias de la situación, cegados por la infalibilidad de su visión paneuropea y los intereses nacionales de los países dominantes. Sin embargo, los hechos porfiados les ganaron la apuesta, a través de la descarga de resultados electorales que desautorizan la mayor parte de lo actuado, quedando en muchos temas a medio camino, por no decir a fojas cero.

Sin duda que se entró en una etapa donde se corren los hechos desde atrás, lo cual hace muy difícil hacer una prognosis adecuada.

Por último, ambas experiencias comparten el desafío de lograr una situación sostenible en el tiempo que solo se puede apuntalar con ritmos de crecimiento económico adecuados. Para ello la consistencia fiscal, el fortalecimiento del sector bancario y la mejora de la competitividad son las piezas esenciales que aseguran esa realidad.

LAS DIFERENCIAS. Una diferencia relevante entre ambas realidades es el comportamiento de los sistemas políticos domésticos. En el caso de Uruguay puede decirse que fue parte esencial de la solución, facilitando las mayorías necesarias para instrumentar una salida que tuvo sus complejidades técnicas y además un enorme costo social. No debe olvidarse, que se instrumentó "en paz", pero asumiendo los costos políticos respectivos, a una rebaja salarial nominal temporal sumada a niveles de desocupación récord y la contracción o quiebra generalizada de empresas. Como era esperable la sociedad protestó, pero no hubo asonadas. Y en gran parte, porque los sectores políticos bancaron convencidos que era el "menos peor" de los males.

En Grecia la situación es diferente. El desprestigio de su clase política y la enorme fragmentación de visiones resultante son parte del problema. Primero maquillando cifras, luego negando la evidencia de los hechos y siguiendo una actitud de que la culpa fue de los otros, el sistema político griego se fue auto acorralando, obligándose a hacer lo inevitable pero siempre tardíamente. Con ello erosionó su credibilidad doméstica e internacional.

Por último, nadie puede afirmar categóricamente que pertenecer a la Unión Europea le ha sido beneficioso y mucho menos sobre su permanencia futura.

Es muy prematuro opinar sobre ambos aspectos, pero hay una característica esencial que diferencia absolutamente a Grecia del caso uruguayo. Su pertenencia a la UE y la adopción del euro como moneda común agregan complejidad a la salida.

La UE es un proyecto de integración que trasciende lo económico y pretende adentrarse en lo político. Su desafío es resolver un tema complejo, preservando la integración política. Sobre ese propósito acechan contradicciones propias del Tratado constitutivo, visiones nacionales divergentes y realidades económicas de resolución apremiante.

Por tanto, para algunos la búsqueda de la solución será necesariamente multilateral, en el entendido que se lo ve como un problema europeo que debe ser resuelto por los europeos. En ello Grecia entrega soberanía en sus decisiones, entre ellas la de devaluar, y gana en el abanico de opciones de salida disponibles. La otra posibilidad es cortar amarras, quizás no totalmente, abandonando el euro. Eso implica necesariamente ir por una ruta similar a la de Argentina cuando abandonó la convertibilidad en 2001, pesificando contratos, congelando depósitos, e imponiendo controles al ingreso de capitales.

Ambas alternativas, riesgosas de por sí, son una cruz de hierro que pondrá a prueba al sistema político de Grecia y a los de la UE. También el mundo mirará expectante los pasos siguientes, pues ha pasado demasiado tiempo con una crisis abierta que lo tiene en vilo.

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