Viento de cola y errores groseros

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ROBERTO CACHANOSKY | DESDE BUENOS AIRES

Luego de recuperar imagen e intención de voto por la muerte de Néstor Kirchner, Cristina Fernández no terminó bien el año 2010 y empezó mal el 2011. En diciembre, el país estuvo convulsionado por la toma de tierras por parte de gente que vive en villas miseria. Estas tomas terminaron con varios muertos y un rechazo de la población frente a la pasividad del gobierno nacional al tiempo que quedaron en evidencia los serios problemas de pobreza que tiene el país.

A la toma de tierras se le agregaron cortes de luz producto de una política populista en el sector energético, faltantes de combustibles por la misma razón y serios inconvenientes para conseguir efectivo. Este punto lo dejo para más adelante para explicar porqué faltan billetes y cuál puede ser el impacto económico si no corrigen el problema.

Cristina Fernández ha dado acabadas muestras de no estar dispuesta a modificar el rumbo que su esposo fijó en el 2003. ¿Cuál es ese rumbo? Populismo.

Mi impresión es que es un error encasillar a los Kirchner en la izquierda o el progresismo. Si bien ese es su discurso, todo indica que es sólo para la tribuna, porque en el fondo el matrimonio tenía un proyecto de poder hegemónico basado en la compra de voluntades utilizando la caja. El gasto público junto con una elevada presión impositiva han sido el eje de su política económica, a la que luego se sumaron la confiscación de ahorros, el impuesto inflacionario y ahora el asalto al Banco Central tomando sus reservas para financiar el pago de la deuda en divisas al tiempo que la entidad monetaria emite moneda para financiar el gasto.

¿Por qué Cristina Fernández no cambiará el rumbo en el 2011? Porque en cualquier escenario político que uno analice no le conviene a sus intereses políticos.

Imaginemos que Cristina Fernández no decide presentarse a las elecciones de octubre. ¿Por qué ordenar las cuentas fiscales y tener disciplina monetaria si eso implicaría asumir un costo político del cual se beneficiaría cualquiera que fuese su sucesor?

Supongamos ahora que Fernández decide presentarse a las elecciones de octubre. Si contuviera el gasto público asumiría el costo de esa reducción y el beneficio lo cosecharía posiblemente luego de las elecciones. Es decir, el costo político sería de corto plazo y el beneficio político de largo. ¿Por qué llegar a octubre con ese costo político arriesgando sus chances electorales?

Queda una última opción para nombrar. Supongamos que Cristina Fernández, viendo que la situación económica y social se desborda por la inflación, decide renunciar. En ese caso tampoco adoptaría medidas de austeridad porque no se iría sincerando las variables. En varias oportunidades lo ha dicho con todas las letras: "si quieren el ajuste, que vengan otros".

Bajo este contexto político, el 2011 se presenta con mayor populismo, particularmente por el lado del gasto público, tarifas de servicios públicos que seguirán distorsionadas, medidas arbitrarias en el campo de la economía y una política monetaria fuertemente expansiva que ya ha sido anunciada por el BCRA en su programa monetario del año 2011.

Si bien Brasil juega a favor de Argentina, mientras Dilma no devalúe el real (algo que luce poco probable en el corto plazo) y el mundo continúe con buenos precios para nuestros productos de exportación, habrá margen para seguir la fiesta populista. Pero un nuevo actor inesperado presenta dudas. El clima. La sequía que afecta diferentes zonas agrícolas hace prever una caída de la cosecha del orden de los 20 millones de toneladas. Esto implicará menos ingresos fiscales, menos exportaciones y menos saldo de balance comercial. Como el saldo positivo del balance comercial ha permitido financiar la fuga de capitales, habrá que estar muy atentos a la fuga de capitales del 2011 porque si la fuga superara el saldo de balance comercial, el BCRA se vería obligado a vender reservas para evitar una suba del dólar quitando circulante y haciendo el ajuste en forma indirecta. Podría el Central seguir emitiendo vía más gasto para estimular la economía, pero ante un proceso de desconfianza, particularmente en un año electoral y con un dólar barato, esa emisión podría terminar financiando una mayor fuga de capitales.

Y aquí viene el tema del faltante de efectivo que ha puesto de muy malhumor a la gente. El problema de fondo es que el fuerte proceso inflacionario que tenemos (puede estimarse un aumento del IPC del 27% en 2011 con una suba del orden del 38% en el rubro alimentos) obliga a la economía a tener más billetes físicos. Supongamos que en la economía se hacen transacciones en efectivo por 100 y que la inflación es del 30%. Ahora se necesitarán 130 pesos de billetes para hacer transacciones en efectivo.

Con la inflación que hemos acumulado desde la devaluación del 2002, el billete de 100 pesos ha quedado obsoleto. La realidad es que el gobierno debería emitir billetes de mayor denominación, pero emitir billetes de 200 o 500 pesos implicaría reconocer la inflación, algo que el gobierno niega sistemáticamente a través del INDEC y de los discursos de los funcionarios públicos.

El problema del faltante de billetes puede verse de esta manera. Supongamos que la economía hace transacciones en efectivo por $ 400. Si el billete de mayor denominación es de 100, se necesitan 4 billetes, si el billete de mayor denominación fuera de $ 200 se necesitaría 2 billetes. En concreto, la inflación ha generado que el gobierno no esté con capacidad para imprimir los billetes físicos que se necesitan de acuerdo al nuevo nivel general de precios que impera en la economía.

¿Qué riesgos afronta el gobierno ante este faltante de billetes? Por un lado que la gente perciba este faltante como un nuevo corralito y se produzca una corrida contra el sistema financiero. Si una persona quiere retirar un plazo fijo de $ 50.000 y no le pueden dar los billetes físicos y esta situación se propaga, la gente puede entrar en pánico.

En segundo lugar, y como lo he escrito en otras notas para El País, el gobierno cree que emitiendo moneda se crea crédito. Cree que la emisión monetaria genera más actividad. El problema es que si no tiene capacidad física para producir billetes no podrá aplicar esa política y entrará en un ajuste de hecho. Digamos que el ajuste llegaría por el mecanismo más insospechado.

Basta con ver los datos de emisión monetaria para advertir que la caída en la expansión monetaria interanual del 34% al 27% en diciembre no se produjo por un ataque de disciplina monetaria del gobierno, sino que fue producto de un problema de producción de billetes.

El desborde en el gasto ha llevado a consumir el stock de capital (energía, petróleo, reservas del BCRA, stock ganadero, ahorros de la gente en las AFJP, etc.), a llevar la presión impositiva a niveles asfixiantes, a incrementar la deuda pública y a generar un proceso inflacionario que hoy se topa con problemas físicos de emisión.

Finalmente, queda pendiente el tema del debate de ajustes salariales. El supuesto acuerdo entre CGT, empresarios y gobierno se ha dilatado. Es que los caciques sindicales, ante la presión inflacionaria, son corridos por izquierda por las bases sindicales y les resultará muy difícil amortiguar los pedidos de incrementos salariales, dadas las expectativas inflacionarias y el año electoral.

En síntesis, hay dos grandes interrogantes hacia el futuro. El primero tiene que ver con el contexto político y el segundo con el tema económico. En lo político todavía no sabemos cuál será el curso que seguirá Argentina, y en lo económico los errores internos son tan groseros que ni siquiera el viento de cola parece alcanzar y, encima, apareció el clima que complica la producción agrícola, fuente de financiamiento del populismo K.

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