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JULIO PREVE FOLLE
Se ha desatado una competencia feroz entre los dos grupos mayoritarios del gobierno, que parece estar dirigida a exhibir cuál se sitúa más a la izquierda. Para demostrarlo, la idea parece ser mostrar quién es más eficiente en golpear a los que supuestamente tienen más recursos. No interesa si los tienen en función de sus superiores talentos y virtudes, o si los que carecen de ellos ya reciben los suficientes; lo único importante parece ser la batalla por quitar más, algo típico de la que empieza a llamarse la "izquierda regresista", término este inventado con singular acierto por Fernando Henrique Cardoso.
PELEA OFICIAL. La fracción mayoritaria del gobierno, ya desde sus épocas juveniles se mostraba como enemiga del éxito individual o empresarial, cargando las tintas en su idea de redistribución de la riqueza, aunque esto se hiciera por medios que es preferible olvidar, o a través de amargas luchas cargadas algunas veces de resentimiento. Siempre creí que más allá de algunas anécdotas, la izquierda uruguaya había salido de su fondo regresista, para parecerse a las más avanzadas del mundo. De todas maneras, no me olvido que la crisis de Europa por redistribuir gastando hasta el hartazgo, se da precisamente en gobiernos socialistas que, como señalaba Margaret Thatcher, se caen cuando no hay más nada para repartir, como Grecia o España.
Es en este contexto de retorno a las fuentes sesentistas de la izquierda que debe entenderse la competencia entre esos dos grupos. Pero es una competencia que no solo ataca al Uruguay económico, sino que abona un relacionamiento cada vez más tenso entre dos mundos, cada vez más lejanos, en los que se divide nuestra sociedad: el norte de Avenida Italia contra el sur; el mundo "plancha" contra el de las reglas; la Amsterdam contra la Olímpica; los educados contra los que no pueden hacerlo; el mundo que vive de regalías estatales, contra el que se las sacan con ese fin; o el campo contra la ciudad. Unos contra otros, en una zanja que se ahonda un poco más cada día.
De un lado pues la fracción mayoritaria del gobierno propone gravar las explotaciones agropecuarias a tasas progresivas, solo por ser grandes aunque muchos sean sus dueños, aunque se agreda a empresas que sin escala no pueden competir, o que tienen la chance de crecer en otros países y achicarse en el nuestro. Y además se anuncia que la cosa seguirá después con los extranjeros, las detracciones, todo basado en un genérico comentario muy pobre técnicamente, pero sobre todo triste conceptualmente: han ganado mucho, se los escucha fundamentar.
En esa disputa por un botín de tierra arrasada aparece en el otro rincón el segundo grupo, este también con propuestas igualitaristas más peligrosas porque son mejores técnicamente. No están de acuerdo con el impuesto a la tierra pero lo votarán; y proponen cambiar el mecanismo de valoración de los campos al venderse, de lo que nadie habla, un impuesto mucho más gravoso y que defenderán luego como más desconcentrador que el otro. Y ahora agregan, en esa carrera distribucionista, un aumento al impuesto a la clase media, el IRPF, y una eventual exoneración del mismo para los beneficiarios de los programas asistenciales.
DESIGUALDAD. Para un liberal como quien suscribe, muy alejado de la izquierda, la igualdad nunca es un objetivo en sí mismo y, menos aún, lograda a fuerza de emparejar para abajo. La lucha se centra en ayudar a los que están peor pero con medios idóneos; que precisamente no son los que ha empleado la izquierda, que no ha podido mejorar los guarismos de pobreza de 1993. Por eso es que el gobierno se esmera en mostrar cómo ha mejorado con su gestión la distribución del ingreso después del IRPF o del Fonasa, que nos deja a todos más iguales pero peores. Y en cambio nunca considerará cuántos espacios de libertad individual han muerto para lograr esos magros resultados.
Esta disputa, en lo productivo contribuye a intensificar una inestabilidad feroz que viene del exterior, a la que suman con sus propuestas la desconfianza natural de todos en el sistema de reglas que el propio gobierno señala que ha empezado a cambiar, pero que va a seguir modificando siempre en el sentido del reparto, del recelo, de la zanja. No se ve que en este contexto y como no podía ser de otra forma, la ganadería cae desde 2006, la agricultura desde hace dos años, y la industria empezó a aplacarse. Porque la confianza es clave y esta se golpea todos los días, no solo con medidas, sino con amenazas tantas veces cargadas de resentimiento para con los que supuestamente ganan mucho, confundiendo otra vez precios altos con rentabilidad elevada.
SOLIDARIDAD OFICIAL. Junto a esta igualdad equívoca, se plantea también un sentimiento de solidaridad errado. Aparece como tantas veces el propio presidente queriendo defender un impuesto con apelaciones a la solidaridad social; o un beneficio como el de estudiar gratis, junto a la obligación de devolver lo que se recibió. Y entonces sí la confusión es total. Una sociedad no es más solidaria cuando paga más impuestos, o cuando los beneficiarios de alguna ayuda son obligados a pagar por ella. Y tampoco esa sociedad es más sensata cuando atiende consejos morales de un jugador de la selección, de un héroe del automovilismo, o de alguna autoridad política. No puede ser así. A nadie le deberían interesar -no se lo eligió para eso- los consejos morales del presidente o de un ministro. La idea es que gobiernen, lo que supone reglas, ojalá que vinculadas al bien común. En cambio, cuando aconsejan solidaridad olvidan que ella solo tiene mérito si deriva de la voluntad libre. Por eso es que pagar un impuesto, aunque nos digan que se usa para gastar en lo que sea, no tiene ningún valor moral porque es obligatorio. El mérito deriva de "dar hasta que duela" como decía la Madre Teresa, pero libremente. Para eso quien puede aconsejar no es el que pone los impuestos y a la vez resuelve cómo gastar el dinero ajeno. La gente más solidaria del mundo no es la que paga más impuestos. Por el contrario y como me pasa a mí, cuanto más me sacan menos me queda, al menos en lo material, para dar libremente. Más aún; pensar que para ayudar a los demás el camino es pedir al Estado que saque a algunos para repartir a otros, vuelve a ser regresista. Muchas veces es al revés: confiar y ayudar a las instituciones intermedias de la sociedad -las hay miles y de todo tipo- para que sean ellas, como enseña el principio de subsidiariedad, las que en principio solucionen los problemas.
Por eso el impuesto a la tierra y sus sucedáneos que se empiezan a discutir, así como los planteos igualitaristas, tanto como los consejos de quien no tiene autoridad en ese terreno para darlos, todas son malas noticias de la semana que pasó y no solo para el agro.






