Reformas e intereses corporativos

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CARLOS STENERI

Como es tradicional en el ciclo de gestión de Gobierno de nuestro país, el tercer año debe ser el período de las grandes concreciones. Más allá, los tiempos de las realizaciones se acortan velozmente al ser tijereteados por el comienzo de nuestro intenso ciclo preelectoral. En suma, desde este momento quedan escasos veinticuatro meses para hincarle el diente a los grandes temas pendientes que tiene el país por delante.

Repasando la mirada hacia gobiernos de décadas atrás a la misma altura de su gestión, puede constatarse que ninguno de ellos tuvo mayorías parlamentarias propias y mucho menos los precedía una senda de crecimiento económico robusto y constante, con holguras fiscales que ayudan a disipar tensiones sociales. Además, ayudando a generar los espacios necesarios para introducir cambios al darle fluidez ante sus eventuales resistencias. En aquel entonces, la región fue desestabilizadora dadas sus crisis frecuentes que terminaban en recesiones expresadas a través de crisis cambiarias, del sistema financiero y de endeudamiento. Bajos esas circunstancias, las administraciones de turno debían accionar atendiendo al carácter aleatorio de los impactos de los shocks externos. Esa circunstancia se reforzaba por el hecho de la fuerte dependencia comercial con la región, por decisión de la política económica del momento pero, también, porque los horizontes de nuestros mercados eran más estrechos. Y porque no existía el impacto inesperado, para bien, de una China naciente que amplió mercados, robusteció precios para nuestros productos y disminuyó nuestra Mercosur dependencia.

Sin duda que esa realidad acotó márgenes de maniobra para la introducción de reformas dirigidas a la modernización del país. En la mayoría de los casos, la resolución de algún tipo de crisis se colaba como foco central en la agenda de Gobierno, siendo su epítome los sucesos de 2002-2003.

Por suerte, desde hace casi ya una década esa realidad ha cambiado por lo que se ha traducido en la mejora de los guarismos de crecimiento económico y también en los indicadores sociales. También, eso generó un espacio propicio para introducir reformas por lo que no habría excusas aparentes para su implantación.

Pero en ese tránsito y a pesar de la bonanza, el país no ha logrado modernizar el meollo duro de sus estructuras básicas como la educación y la gestión del sector público, incluida la más obvia como la infraestructura básica.

TIEMPOS INCIERTOS. Al comenzar un año lleno de incertidumbre, esa realidad es preocupante por razones varias. Para empezar, el mundo muestra, cada vez más, señales de enfriamiento que repercutirán de alguna manera sobre nuestro ciclo económico. Para decirlo de manera más fina, los excesos del pasado, en un mundo desarrollado, deberán necesariamente ser corregidos por un lapso de desapalancamiento que se traducirá en más ahorro y, por ende, menos consumo. No estamos prediciendo una crisis, sino el retorno a una nueva época "normal" que transitarán las economías desarrolladas por unos cuantos años. Basta mirar la historia, para constatar que los excesos de los años setenta motivados por el reciclaje de los petrodólares, le llevó a Estados Unidos un largo período surcado primero por inflación y luego por dos fases recesivas a comienzos de los ochenta. Si pensamos que en un proceso similar, quizás aun más complicado, está sumergida Europa a lo menos que podemos aspirar es que los responsables de comandar las acciones posean las destrezas y los medios políticos para ejecutarlas adecuadamente.

En segundo lugar, la región está rotando rápidamente hacia un proceso de sustitución de importaciones liderado por Argentina, acompañado por un cierre gradual en su cuenta capital. Brasil, de manera más sutil, va en la misma dirección lo que conllevará a fricciones en el seno del Mercosur, cuyos efectos se derramarán hacia el resto de los socios. Los episodios de su última cumbre presidencial constituyen un anticipo.

Opinar sobre China es entrar de cierta manera en el terreno de la futurología pero el sentido común dice que, siendo integrante importante de un mundo que necesariamente se enfría, lo mejor que puede pasar es que siga creciendo a sus ritmos actuales. Pero es difícil imaginar que, en el corto plazo, pueda compensar a través del aumento de su demanda interna, la contracción operada en otras áreas del planeta.

Sobre esta encrucijada histórica, donde los tiempos de una bonanza excepcional se acortan, es que navega la actual administración, con el agravante que ya va entrando en el crucial período de su tercer año de Gobierno. Y en esto luce empantanada en temas importantes, donde la oposición proviene mayoritariamente de grupos que políticamente le deberían ser afines. De por sí eso no está mal, si las opiniones divergentes respondieran a cuestiones fundadas destinadas a mejorar el bien común.

Como prueba ratificatoria de ello, se insumieron casi tres años de este Gobierno, sin contar los de administraciones anteriores que naufragaron en el intento para crear por decreto una empresa de propiedad pública regida por la normativa del sector privado, que haga factible la operativa del transporte ferroviario. Y toda esa demora, y el costo social de frenar un aumento de productividad significativo, por oposición gremial intentando defender un statu quo probadamente fallido.

Sin duda, la reforma educativa es el gran tema pendiente, sobre el cual existe un amplio consenso en el espectro político. Las pérdidas por no reformar deben equivaler a varios puntos porcentuales anuales del PIB por tener una productividad por debajo de nuestro potencial. Pero la defensa de intereses corporativos, que trancan incluso cualquier intento a manera de prueba de tímidas reforma es cosa diaria, aun a costa de subvertir ordenamientos institucionales, jerarquías o la voluntad de las mayorías políticas que representan a la ciudadanía.

El respeto que piden de, al menos, ser escuchados quienes pueden estar sometidos al proceso de cambio no es correspondido luego hacia el resto de la sociedad, cuando se denosta cualquier idea que no provenga de sus tiendas. Lo más penoso es que en ello también está inmersa la Udelar, que en sus albores fuera pionera en la modernización del país y hoy renguea en ese cometido abroquelada en la defensa del concepto vacío de autonomía y reclamo de mayores recursos.

Dadas la encrucijada histórica a escala mundial existente que propone un enfriamiento del ciclo económico, y el escaso tiempo político hábil para instrumentar reformas que le resta a esta administración, es que no hay tiempo para más demoras.

Nuestra sociedad no puede darse el lujo de tirar la pelota hacia adelante en un tema capital, debido a la intemperancia de intereses corporativos.

Al respecto basta recordar que, cuando una nación entra en esa dinámica arriesga mucho más que el costo de no introducir una reforma. Lo que está en juego es su propia existencia. Así, Mancur Olson (*), quien fuera premio Nobel de economía, demostró que una de las razones del ocaso de las naciones se encuentra en la toma de decisiones de los gobiernos por parte de los intereses corporativos tanto empresariales como sindicales.

(*) Mancur Olson: El ascenso y el declinar de las naciones, 1982, Yale University Press

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