Los riesgos de la crisis europea

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CARLOS STENERI

Los comienzos de 2012 son un catálogo perfecto de situaciones que alimentan niveles de incertidumbre crecientes en la arena internacional. Y lo que es peor, no excluyen la posibilidad que estemos yendo hacia un escenario donde pueden registrarse hechos adversos con implicancias globales. El empantanamiento del drama europeo que no muestra aún una salida franca es el foco de preocupación principal. Rudiger Dornbusch, tomando como ejemplo México de 1982, solía decir que las crisis, a veces, demoran en manifestarse pues se gestan por acumulación, pero que llegado un punto una noche basta para que se desaten con furor arrasando todo a su paso.

En ese proceso se encuentran las autoridades europeas extraviadas en un laberinto de indecisiones y contramarchas. Han sido incapaces de resolver el caso de Grecia, cuyo endeudamiento es apenas el 2% del endeudamiento total de la Unidad Europea. Más allá de las falencias de un deudor contumaz y la prodigalidad de los prestamistas cegados por el lucro fácil sin medir riesgos, en los principales líderes políticos actuales del viejo continente impera una visión estrecha que les impide evaluar los riesgos inherentes de la situación y su implicancia sobre el resto del mundo.

Una vez más resurge el geocentrismo europeo, ahora encarnado en la irresoluta dupla franco alemana, cargada de principismos estériles, visiones localistas y propuestas muchas veces contradictorias. Si miramos lo que sucedió en los últimos noventa días, podríamos decir que nada si nos ponemos positivos, y si lo somos un poco menos diríamos que la situación siguió deteriorándose. Así, veremos que con la excepción de algunos pocos como Alemania y Holanda, la calificación de la deuda soberana europea fue rebajada, incluida Francia. Su resultado es que varios soberanos importantes, como Italia y España, vienen refinanciando su deuda a tasas elevadas que, de continuar a estos niveles, la tornan insostenible en el mediano plazo. Ello es consecuencia del elevado stock de vencimientos cortos por haberse jugado a una estrategia donde priorizaban la rebaja de la carga de intereses, al suponer que la oferta de fondos prestables a plazos mínimos era ilimitada. Eso fue parte de una jugada de expandir gasto público y por ende aumento del déficit fiscal, sin medir el riesgo implícito de refinanciamiento.

Dadas las tasas actuales a las que se refinancia, Italia necesitaría para equilibrar su relación Deuda/PIB, un superávit fiscal primario (antes de pagar intereses) cercano al 6% del PIB. En términos políticos es una misión imposible. Las nuevas autoridades españolas acaban de confesar que a pesar del fuerte ajuste instrumentado por la administración de Rodríguez Zapatero, el déficit fiscal proyectado para 2012 ronda el 8% del PIB. El panorama en el sector bancario tampoco es halagüeño. Los niveles de capitalización en muchas instituciones hoy son insuficientes, dada su exposición a la deuda soberana de países periféricos como Grecia.

Pero, qué pasaría si la caída de cotizaciones se esparce hacia la deuda de otras naciones importantes, incluidas las de aquellas como Francia que hasta hace poco detentaban el grado AAA, es decir libre de riesgo; y por esa característica son el activo financiero preferido de los inversores institucionales como los fondos de pensión y las compañías de seguros. La seriedad del tema trasciende fronteras, cuando se analizan las entrelíneas de los comentarios de los gerentes ejecutivos de las grandes compañías de seguros norteamericanas que, obligadas por regulación a publicar y explicar trimestralmente sus balances, muestran que estuvieron descargando intensamente sus posiciones de papeles de deuda de los países europeos más comprometidos. Aquí se expone con claridad una de las vertientes por la cual una situación mal resuelta puede contagiar instantáneamente instituciones o sistemas financieros en lugares distantes del planeta.

La eventual cadena de eventos catastróficos podría continuarse si agregamos el evento de qué pasaría con las instituciones que vendieron seguros (credit default swaps) para cubrir el riesgo de la cesación de pagos de algún soberano. Justamente Grecia, a pesar del tamaño relativamente pequeño de su endeudamiento, presenta ese riesgo si la reestructura de su deuda no es "voluntaria" y se entra en un escenario donde se hacen exigibles los seguros contratados.

Todo esto requiere un freno que se ha demorado demasiado por la dificultad del problema, la impericia de los líderes políticos y la complacencia social de un continente europeo que durante un buen lapso vivió, salvo contadas excepciones, por encima de sus posibilidades y que hoy lo considera un derecho adquirido.

Sus excesos en las políticas sociales y una pirámide demográfica envejecida, junto al decaimiento de la productividad global no podían tener otro resultado que déficits fiscales endémicos crecientes cuyo corolario es el endeudamiento creciente.

A la larga, y por encima de las necesarias alquimias financieras y políticas que todos esperamos sucedan para salir del atolladero actual, el verdadero desafío de Europa es aterrizar a sus distintos integrantes en sendas fiscales sustentables. En ello no están ajenas las reformas estructurales, incluyendo las del mercado laboral, para recomponer la productividad.

RETORNA LA HISTORIA. Aunque la historia no tiene porqué repetirse necesariamente, algunos hechos actuales tienen similitud con sucesos que marcaron el período de entre guerra del siglo pasado. En aquellos momentos, los episodios de caídas bursátiles generaron miseria, pero no arrodillaron a las grandes democracias, incluyendo a Estados Unidos. Pero fue la quiebra de sus sectores financieros y el mal manejo de la política monetaria quienes llevaron al descalabro general de mediados de la década del 30. Al mismo tiempo, los aparentes buenos resultados económicos del fascismo y el comunismo soviético los convalidaban como alternativas para lidiar con la crisis. Fueron muchos, incluidos intelectuales y economistas reconocidos que, ante el desconcierto generalizado, fueron atraídos por su canto de sirenas.

Entre tanto, el resto de la intelectualidad, incluido el cuerpo político de ambas márgenes del Atlántico, actuaba sin agendas claras o atrincherado en extremos opuestos sobre lo que había que hacer que, en definitiva, esterilizaba lo poco que se hacía.

Si bien estamos en otros tiempos, el desconcierto o la desesperación pueden despertar instintos políticos que siempre están latentes. Máxime cuando hay países que presentan niveles de desocupación superiores a los dos dígitos y algunos casos cercanos al 20%. Si bien sus efectos hoy están atemperados por un subsidio de desempleo generoso, su permanencia prolongada es insostenible.

Es así que un día aparecen los movimientos espontáneos y sin agenda clara de los "indignados", otro la reacción contra los inmigrantes, o la aparición de populismos justificados en la defensa de la nación y la de sus ciudadanos más desposeídos.

EL ETERNO DEBATE. Mirado desde esta perspectiva, lo que está en juego es mucho más que recomponer la consistencia macroeconómica de un conjunto de países. Es rescatar la validez de la economía de mercado dentro de un sistema democrático, como fórmula de asegurar de manera sostenible el bienestar social de todos los ciudadanos.

No hay que olvidar que, en los últimos ciento cincuenta años, la pobreza humana cayó en picada gracias a la economía de mercado. Hubo en el ínterin alternativas colectivistas de derecha e izquierda que fracasaron rotundamente.

Pero también debemos reconocer que el sistema capitalista es de por sí inestable. Para algunos, esa dinámica era su fuerza motriz regeneradora; para otros, fuente innecesaria de penuria a la cual debe controlarse o, al menos, intentar compensar con la intervención del Estado. Esos fueron los temas del debate en la década del 30, que hoy se replantea casi en los mismos términos con una constatación adicional: los desaciertos políticos profundizan el grado de inestabilidad inherente del sistema. En este caso, haber creado a marcha forzada un espacio económico como la Unidad Europea con realidades incompatibles cuyos resultados están a la vista.

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