La Reserva Federal reitera sus errores

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PAUL KRUGMAN | DESDE NUEVA YORK

Hace ocho años, Ben Bernanke, ya un subgobernador de la Reserva Federal, aunque no todavía su presidente, habló en una conferencia para honrar a Milton Friedman. Cerró la charla haciendo referencia a la afirmación de Friedman de que la Reserva había sido responsable de la Gran Depresión porque no hizo lo que era necesario para salvar a la economía.

"Tiene usted razón", dijo Bernanke, "lo hicimos. Lo lamentamos muchísimo. Sin embargo, gracias a usted, no lo volveremos a hacer".

Famosas últimas palabras. Ya que, de hecho, lo estamos haciendo de nuevo.

Es cierto que las cosas no están tan mal como en los peores momentos de la Depresión. Sin embargo, esto no es decir mucho. Y como en los años treinta, cada propuesta para hacer algo por mejorar la situación recibe una tormenta de fuego de oposición y críticas. Como resultado, para cuando surge la política real, está diluida a tal grado que casi está garantizado que falle.

Ya vimos que esto sucedió con la política fiscal: por temor a la oposición en el Congreso, el Gobierno de Obama ofreció un plan inadecuado, sólo para ver que se debilitaba aún más en el Senado. Al final, el pequeño aumento en el gasto federal se contrarrestó efectivamente con las reducciones en los ámbitos estatales y locales, así que no hubo un estímulo real a la economía.

Ahora, lo mismo está pasando con la política monetaria.

Los argumentos para una política más expansiva de la Reserva son abrumadores. El desempleo es desastrosamente elevado, mientras que los datos sobre la inflación estadounidense en los últimos años coinciden perfectamente con las primeras etapas del deslizamiento incesante de Japón hacia una deflación corrosiva.

Desafortunadamente, la política monetaria convencional ya no está disponible: las tasas de interés a corto plazo en las que normalmente se concentraba la Reserva ya están cercanas a cero. Así que la Reserva está cambiando su política usual de comprar sólo deuda a corto plazo, y ahora está adquiriendo deuda a largo plazo; una política a la que generalmente se hace referencia como "política monetaria flexible" ("quantitative easing"). ¿Por qué? No pregunten.

No hay nada descabellado en esta acción. Como trató de explicarlo Bernanke: "Sólo se trata de política monetaria", y agregó: "Funcionará o no en gran medida como funciona la política monetaria familiar, ordinaria y más convencional".

No obstante, la Camarilla del Dolor -mi término para quienes se han opuesto a cada esfuerzo por escapar de nuestra trampa económica- está enloqueciendo.

Esta vez, gran parte del ruido proviene de los gobiernos de otros países, muchos de los cuales reclaman ruidosamente que las acciones de la Reserva han debilitado al dólar. Todo lo que puedo decir sobre estas críticas es que la hipocresía es tan gruesa que se podría cortar con un cuchillo.

Después de todo, ahí está China que practica la manipulación monetaria a una escala sin precedente en la historia mundial -y daña al resto del mundo al hacerlo-, atacando a Estados Unidos por tratar de poner orden en su propia casa. Ahí está Alemania, cuya economía se mantiene a flote por un enorme excedente comercial, criticando a Estados Unidos por tener déficits comerciales; y después arremete contra una política que podría, al debilitar al dólar, hacer algo en realidad para reducir esos déficits.

No obstante, como una cuestión práctica, estas críticas extranjeras no importan demasiado. El daño real lo están haciendo nuestros inflacionistas internos, la gente que ha pasado cada paso de nuestra marcha hacia la deflación estilo japonés advirtiendo que la inflación galopante está a la vuelta de la esquina. Lo está haciendo de nuevo, y es posible que ya haya logrado debilitar la nueva política de la Reserva.

La gran inquietud sobre la política monetaria flexible no es que hará demasiado; es que conseguirá muy poco. Estimaciones razonables sugieren que es poco probable que la nueva política de la Reserva reduzca las tasas de interés lo suficiente para hacer más que una modesta muesca en el desempleo. La única forma en la que la Reserva podría lograr más es cambiando las expectativas, específicamente, haciendo que la gente crea que tendremos una inflación algo por encima de lo normal en los próximos años, lo que reduciría el incentivo para guardar el dinero en efectivo en el colchón.

La idea de que una mayor inflación podría ayudar no es descabellada; la han planteado muchos economistas, algunos subgobernadores regionales de la Reserva y el Fondo Monetario Internacional. Sin embargo, en las mismas observaciones con las que defendió su nueva política, Bernanke -tratando evidentemente de aplacar a los inflacionistas- se comprometió a no cambiar el precio objetivo de la Reserva: "He rechazado cualquier noción de que vamos a tratar de aumentar la inflación a un nivel supernormal para poder tener efectos en la economía".

Y ahí va la mejor esperanza de que el plan de la Reserva pudiera realmente funcionar.

Hay que pensarlo así: Bernanke está recibiendo el trato Obama y dando la respuesta Obama. Enfrenta una oposición intensa y exabruptos por sus esfuerzos para rescatar a la economía. En un esfuerzo por silenciar esas críticas, está retrocediendo en sus planes en una forma tal que pareciera garantizar que fallaran.

Y los casi 15 millones de trabajadores estadounidenses desempleados, la mitad de los cuales lo ha estado por 21 semanas o más, pagarán el precio, a medida que la crisis se sigue prolongando.

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