Ideología, ignorancia, intereses

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JAVIER DE HAEDO

Leí con interés la muy buena columna de Isaac Alfie del lunes pasado ("Lapiceras, células y aeropuertos"), en la que según sus palabras utiliza tres ejemplos para "comprobar, una vez más, que no se puede ir contra los hechos" ni "impedir que las cosas sean como indefectiblemente serán".

Se refirió primero al caso de la ley por la cual se penalizó la reventa de entradas en espectáculos públicos, luego al proyecto de monopolio público para la conservación de células madres y, por último, al anuncio de la presidente de Brasil sobre la privatización de los principales aeropuertos del país. Al final de su columna, Alfie expresa que ha "descrito tres casos que muestran cuán inútil es ir contra las leyes del comportamiento humano. El primero es una regulación inútil, en el segundo se cercena la voluntad de las personas sobre algo muy personal y en el tercero se revierte una decisión de corte estatista ante el manifiesto fracaso del Estado, burocracia mediante, de manejar una empresa".

En esta, mi columna de hoy, me propongo ir un paso atrás de lo expuesto por Alfie y buscar entender el porqué de ese tipo de decisiones "equivocadas". Es decir, ¿qué es lo que lleva a los gobernantes a adoptar medidas o posturas inconvenientes, inadecuadas o equivocadas siendo que muchas veces es notorio que lo son? Siempre he pensado que eso se debe a una o más de una de las siguientes razones: ideología, ignorancia e intereses. Lo de ideología e ignorancia no requiere de mayor explicación pero con lo de intereses me refiero a los intereses creados de una persona o un grupo de ellas en producir una determinada solución o respuesta ante un tema o problema, siendo esos intereses por lo general económicos, aunque también pueden serlo en materia de acceder o mantener espacios de poder.

Podríamos enumerar decenas de ejemplos apenas para el caso de nuestro país y en un período no demasiado extenso. Abundan las malas decisiones adoptadas tomando como base ideologías perimidas y fracasadas, por un voluntarismo naif que no es más que una gran ignorancia decorada con buenas intenciones y por la acción de lobbies con llegada a partidos políticos. Aunque, en tren de elegir, creo que la ideología y los intereses creados suelen tener la responsabilidad mayor de los errores y, aunque muchas veces lo parezcan, quienes toman este tipo de decisiones no son tontos.

Lo de prohibir la reventa de entradas ha de ser de lo más ridículo que ha ocurrido recientemente y lamento no haber sido parte del Senado el día que Alfie votó solo, según recuerda, contra la corriente y en contra de esa norma, porque en ese caso él no habría estado solo. Si hay reventa es porque los precios se fijaron por debajo de su nivel de equilibrio, de aquel que iguala la oferta y la demanda. El fijador de los precios oficiales, que viene a actuar como monopolista, difícilmente acierte en ese nivel de equilibrio. En todo caso, bastaba con controlar la venta fraccionada de boletos. Es el mejor ejemplo de ignorancia, voluntarismo y demagogia.

Si hablamos de ideología no puedo menos que pensar en la vieja política de sustitución de importaciones, en boga en la región a mediados del siglo pasado, según la cual prácticamente debíamos autoabastecernos de todo. Como consecuencia de ella, pasamos a producir una vasta gama de bienes manufacturados por una "industria nacional" sin economías de escala, lo que no era problema pues de todos modos contaba con un mercado cautivo de consumidores locales a los que podía expoliar cual coto de caza privado. Claro está que la adopción de esta política no solo se debió a ideología o teorías de moda sino que también jugaron su partido los intereses creados por sectores con llegada al poder y que ganaron mucho dinero a su amparo.

Otros ejemplos bien claros de la acción devastadora de ideologías los encontramos en nuestros días, cuando pensamos en los obstáculos que se levantan un día sí y otro también al avance del proyecto de ley por el cual se crean las asociaciones público-privadas, cuando se sigue insistiendo en desmantelar el actual sistema de seguridad social con ahorro individual o cuando se obstaculiza la necesaria reforma del sector público. También, cuando se impide una reforma de la enseñanza pública que la ponga al servicio de la verdadera capacitación de los estudiantes para cuando vayan a ingresar al mercado de trabajo y en su lugar se dice buscar la formación de personas en procura de una suerte de felicidad contemplativa de la vida. Quizá no sea tan notorio, pero acá también hay en juego intereses, cuotas de poder que se perderían si las cosas se hicieran como debieran.

El caso de los impuestos ha de ser seguramente el más claro, entre nosotros, de una gran fusión de las tres fuentes referidas de políticas equivocadas. La ignorancia abunda, por aquello de que, así como en el fútbol todos creemos ser directores técnicos, en materia de impuestos cualquiera cree saber tanto como los verdaderos especialistas y reclama derecho a opinar al respecto. La ideología también campea, y ella pretende atribuir a los impuestos cualidades mágicas, atendiendo con ese solo instrumento múltiples objetivos: el más natural y obvio, recaudar, es el menos requerido y, en su lugar, se busca redistribuir ingresos y riqueza (como si fueran la misma cosa), promover determinadas actividades productivas relativamente a otras, desincentivar determinados consumos, etcétera. Y de intereses creados, ni hablemos, basta releer algunas opiniones conspicuas vertidas desde 2006 y en particular el año pasado para comprobarlo: hay quienes ni se preocupan por disimularlo…

Otro caso digno de ser considerado lo encontré muy bien reflejado en la película "Inside Job", reciente ganadora del premio Oscar a la mejor película documental, y que trata sobre la crisis financiera que se dio en las economías avanzadas a partir de 2007, cuando quedó en evidencia que había una burbuja inmobiliaria considerable generada por el otorgamiento indiscriminado de préstamos hipotecarios de mala calidad y que también había un riesgo financiero considerable a partir de los productos derivados que incorporaron aquellos préstamos y luego fueron vendidos a terceros, como es el caso de administradoras de fondos de pensión.

Allí se deja en evidencia que la falta de regulación y la desregulación de ciertas actividades financieras fueron el caldo de cultivo de la crisis. Regulaciones o falta de ellas, que dieron lugar a un sistema de incentivos perverso, en el cual quien ganaba los honorarios por generar un negocio no era quien pagaba los platos rotos si más tarde ese mismo negocio daba malos resultados, y que liberaron los requisitos de endeudamiento permitiendo a las entidades financieras "apalancarse" en forma extraordinariamente riesgosa.

Si hay algo que no hubo en todo ese proceso fue ignorancia. En cambio, sí hubo y mucho de los otros dos elementos referidos: ideología y, muy especialmente, intereses creados. La ideología, de desregulación exacerbada y más que de liberalismo, de libertinaje económico, resultó funcional a los negocios. Universidades con reputación con académicos ídem, respaldaron teorías y conceptos que más que modernos se pusieron de moda, eran elegantes. Los intereses creados, con personas que saltaban de un lado al otro del mostrador, hicieron el resto.

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