JAVIER DE HAEDO
La coyuntura económica sigue estando muy interesante, tanto en el nivel global como en el regional. En el global, con epicentro en las principales economías del mundo, tanto por las noticias políticas y los indicadores económicos que se suceden, que muestran que se permanece en medio de una zona de fuertes turbulencias, como por la discusión conceptual que está por detrás de la situación y que se refiere nada menos que a la eficacia del camino a transitar para sacar a la nave de la tormenta. Además, están nuestros vecinos, en procesos y con políticas diferentes, pero en ambos casos con malas noticias para nosotros.
En sus proyecciones de abril, el FMI mejoró marginalmente su visión sobre las perspectivas económicas mundiales, pero su Economista Jefe, Olivier Blanchard, hizo un buen análisis de los riesgos y los desafíos del momento, dando lugar a un panorama incierto y complicado.
La principal incerteza y complicación viene desde la política, y es entonces cuando los pronósticos de los economistas entran en arenas movedizas. Un mero cambio político en un país marginal, como Grecia, puede patear todo el tablero. Claro, si eso ocurre es precisamente por lo endeble de la situación.
Es interesante la discusión conceptual que se está dando, entre austeridad y ajuste por un lado y expansión y crecimiento por otro. Hay quienes sostienen (las "Personas Muy Serias" a que alude Paul Krugman) que en la Unión Europea (y en Estados Unidos) hay que ajustar porque el déficit fiscal es muy alto y el ajuste daría confianza a los inversores en bonos soberanos de esos países. Pero otros, con Krugman a la cabeza, expresan que ese ajuste traerá peor desempeño económico y por ende también fiscal, agravando el problema. La realidad parece estar dándole la razón, en la medida en que los países que más están ajustando, más se deprimen y más tasa de interés pagan por sus Bonos.
La posición de Krugman va ganando adeptos importantes. El texto de Blanchard en el último World Economic Outlook hubiera sido impensable solo unos meses atrás. Incluso el ex canciller alemán Gerhard Schröder, en una reciente columna de opinión, titulada "La austeridad está estrangulando a Europa", advierte sobre los riesgos de un ajuste exacerbado.
Por otra parte, está la política. La seguidilla de cambios de gobierno en Europa que no tienen como denominador común un giro ideológico pendular (ni los españoles se han volcado a la derecha ni los franceses a la izquierda ni los griegos a los extremos) sino que tienen como regla el relevo del que está en el gobierno, por aquello de "Piove, governo ladro!". Y es particularmente importante el relevo francés, porque vino a romper el eje Berlín-París, el llamado eje "Merkozy". Francois Hollande no seguirá los pasos de su antecesor, Nicolas Sarkozy, y Angela Merkel quedará aislada en su intento por hacer ajustar a Europa. Crecen las chances, en este contexto, de que finalmente se den desmembramientos de la Unión y que algunos países vuelvan a sus monedas originales, lo que les permitiría ajustar sus economías mediante una devaluación a efectos de poner sus precios en niveles acordes con sus productividades.
Está claro que el dilema entre ajuste y crecimiento es en alguna medida una falsa oposición, porque hay ajustes pro-crecimiento, precisamente el tipo de reformas como las realizadas por Schröder en Alemania hace diez años en el ámbito laboral. Pero esas reformas no son populares en lo inmediato y es evidente que la calidad del liderazgo ha decaído en todo el mundo, también allá, y no hay muchos dispuestos a trabajar para la historia en vez de hacerlo para la elección siguiente.
Como bien señala Krugman, a las economías avanzadas y en particular a Europa, les sería funcional tener un poco más de inflación. Si no se transita por ese camino, seguirán viniendo malas noticias desde la UE, la agonía se seguirá prolongando y más tarde o más temprano se producirán desmembramientos y devaluaciones.
Fuera de la región, también hay que seguir de cerca los indicadores de actividad económica en Estados Unidos y en China, dado que en el primer caso no se termina de despegar y en el segundo, se empieza a desacelerar.
Entrando ahora en el barrio, en los últimos meses ha habido noticias abundantes. En el caso de Brasil, la piedra angular de la política económica fue trasladada desde la política monetaria-cambiaria hacia la política fiscal. Ha habido un exitoso activismo de la presidente Dilma Rousseff por bajar las tasas de interés propias, como la Selic, y también las del mercado. La inflación preocupa pero más el escaso crecimiento de la economía y su baja competitividad.
La inflación, que el año pasado cerró en el techo del rango meta del BCB (6,5%), es vista ahora por el mercado apuntando a fin de año en el 5,2%, cerca del centro del rango. Mientras tanto el dólar, que en julio había vuelto a los R$ 1,55 de 2008, en febrero tocó un mínimo de R$ 1,70 y desde entonces ha crecido casi sin interrupciones hasta el entorno de los R$ 2,00 a mitad de mayo. Es indudable el éxito y la oportunidad del cambio introducido por la presidenta Rousseff.
A todo esto, en Argentina siguen con un libreto que implica atacar las consecuencias de los problemas y no sus causas, agravando de ese modo las causas. Se trata de un libreto escrito hace más de seis décadas y que se ha vuelto obsoleto en casi todo el planeta. Implica cerrarse al mundo y pretender controlarlo todo. Hasta hace poco tiempo, ese modelo promovía el crecimiento de la economía sin preocuparse por la inflación, porque se la mentía. Ahora siguen con inflación (en el eje del 25% anual) y ya casi no crecen.
Solo es cuestión de tiempo para que la bomba estalle, máxime cuando la política económica implica sistemáticamente cargarla con más pólvora. Ello ocurrirá, inexorablemente, si viene un nuevo shock externo negativo, que reduzca el precio de las materias primas. Pero también puede ocurrir aun sin que eso suceda, si la crisis de confianza producida por las medidas que se adoptan, hacen que el círculo vicioso actual se agrave.
Mientras tanto, acá estamos con el piloto automático, de hecho asignando riesgo nulo a cualquier cambio de escenario. El consumo privado sigue siendo el motor del crecimiento, de la mano de un dólar todavía barato. Y ya no se puede abusar del dólar para que no se escape la inflación, porque se consumió el margen que teníamos con Brasil, el único con que teníamos ventaja en materia de tipo de cambio real. Por lo tanto la inflación se ha quedado sin ancla y permanecerá a la deriva con firmeza interna y a merced de los shocks externos. Y quedan pocos instrumentos para utilizar, como las tarifas públicas, que al no ajustarse agravan el déficit fiscal.
Para colmo, se viene la Rendición de Cuentas y si desde el Gobierno no se muestra preocupación, ¿qué dejamos para los pedigüeños de siempre? En el contexto actual la mejor Rendición es la que no aumente ni en un peso el presupuesto. Sin embargo, no parece ser lo que ocurrirá, a estar por lo trascendido la semana pasada en cuanto a aceptar un mayor déficit fiscal que el previsto. Todos debemos recordar que en el pasado nos dejamos estar cuando el vecino más relevante del momento ajustó, y nuestro ajuste, tardío, nos resultó mucho más costoso. Brasil ya empezó a ajustar, como siempre, de antemano y por propia voluntad. En Argentina, ello puede ocurrir en cualquier momento y será contra su voluntad. Nosotros, ¿reaccionaremos a tiempo o seguiremos con el piloto automático?