CARLOS STENERI
Al grito de "bancos centrales del mundo, uníos" la Reserva Federal de Estados Unidos lideró acciones sincronizadas con sus pares de Canadá, la Eurozona, Gran Bretaña, Japón y Suiza, con el propósito de abaratar el costo de recurrir a la ventanilla de liquidez para los bancos europeos en problemas. Para ello, rebajaron la tasa de acceso a la misma con la expectativa de mostrar dos cosas: que el problema europeo llegó a un punto donde su dinámica puede afectar al resto del mundo y, en consecuencia, indicar que la comunidad internacional ayudará de manera conjunta a salir del paso. En esa perspectiva y a su manera, también entró China rebajando la tasa de sus encajes bancarios en 0,5 por ciento como forma de expandir la oferta de crédito doméstico, ante señales inequívocas que su economía está mostrando indicios de enfriamiento. Por el absurdo, la crisis europea globalizó impactos y también respuestas de política.
Más allá de las recientes reacciones positivas del mercado bursátil recordando que aun no recuperó lo perdido desde septiembre a la fecha, subsisten elementos preocupantes y otros que señalan los límites de lo que se puede hacer.
La entrada en el ruedo de Estados Unidos muestra que la crisis europea irresuelta pone en peligro sus atisbos de recuperación económica. Su mayor crecimiento no es acompañado por una caída genuina del desempleo. Este mantiene niveles muy elevados, siendo explicados por una menor demanda por trabajo y sin generación neta de nuevos empleos. A pesar de esos resultados, hubo una gestión de la Administración que fue rápida y osada para evitar mayores fisuras, obligando a transitar caminos reñidos con las prácticas corrientes. Para ello se hicieron esfuerzos ciclópeos para estabilizar el sistema financiero donde, de facto, se nacionalizaron temporariamente bancos, quebraron y se fusionaron otros con altos costos fiscales y sociales. Frente a ello, el espectáculo de una Europa irresoluta debe resultarles incomprensible. Y una vez más, la protección de sus intereses más las obligaciones que impone su condición de potencia dominante -aunque hoy empalidecida- le impuso tomar, a sabiendas, acciones cuya efectividad es temporal hasta tanto el viejo continente no resuelva las causas profundas de su problema actual.
De todos modos, diga lo que se diga, esa nación mantiene su capacidad de mirar los horizontes en una perspectiva de 360 grados, lo cual diverge de la visión de espectro estrecho y mirando hacia adentro de Europa. Sin duda, en ese continente siguen vivas aun rémoras imperiales y cabildeos nacionalistas que lo llevan a despreciar lo que puede acontecer en el resto del mundo por efecto de su crisis.
De todos modos, ese liderazgo ha perdido fuerza relativa ante la magnitud de los desafíos y la entrada de nuevos jugadores como China. A manera de reflexión vale la pena tener en cuenta que es la primera vez que ese país en la historia reciente, ejecuta una acción concertada con otros países, tanto en los hechos como en las declaraciones, para ayudar a estabilizar una situación con implicancias globales.
CRISIS BANCARIA. Aunque suene repetido, vale la pena recordar que las crisis bancarias son la otra cara de las crisis de endeudamiento. Ambas se retroalimentan por caminos diversos pero al final confluyen, de no ser resueltas a tiempo, en la insolvencia tanto de los bancos como del Estado.
En ese brete se metió Europa y a medida que pasa el tiempo esa lógica inexorable va contagiando países, cerrando los caminos de salida y aumentando los costos sociales.
Aunque es el alto endeudamiento de muchos de los soberanos de la Eurozona y las dificultades para su servicio quienes hacen titulares, el verdadero problema está en sus bancos. Como orden de magnitud, estos tienen pasivos que son tres veces mayores que los pasivos de los gobiernos de la Eurozona. A su vez, muchas de esas instituciones tienen activos en deuda soberana donde su valuación correcta los lleva cerca, o definitivamente, al plano de la insolvencia. En un negocio donde la confianza es todo, esa situación promueve un equilibrio inestable donde una de sus consecuencias puede ser una crisis bancaria generalizada. Y como está demostrado por la historia económica, las crisis bancarias desbocadas son las que desencadenan las recesiones más profundas y duraderas.
En una reciente conferencia de prensa, el respetado Gobernador del Banco de Inglaterra, Mervin King, señaló sin tapujos... "Muchos gobiernos europeos están viendo caer el precio de sus bonos, lo que debilita el balance de sus bancos… que los lleva a desembarazarse de ellos apresuradamente, lo cual hace bajar más el precio de esos activos a lo que se suma la contracción del crédito. .. Enfrentar los síntomas de la crisis sin resolver sus causas profundas, con medidas como el aporte de liquidez a los bancos sólo significará alivio de corto plazo… La crisis en la Eurozona es de solvencia y no de iliquidez. Y la interrelación de los bancos más grandes significa que los sistemas bancarios y, por tanto, las economías de alrededor del mundo están siendo todas afectadas. Solo los gobiernos directamente afectados pueden encontrar la salida de la crisis".
Aunque esta última frase tiene el propósito de esquivarle el bulto en ayudar con recursos a resolver un problema que Gran Bretaña considera ajeno y desatado por la creación del euro, sin duda será la Unión Europea que tendrá que ponerle el hombro a la instrumentación de la salida. Y eso se llama aportar recursos para estabilizar el sistema bancario, reestructurar deudas soberanas e instrumentar reformas estructurales para lograr la consolidación fiscal y fomentar el crecimiento económico.
OPCIONES DE SALIDA. A esta altura de los acontecimientos es muy probable que estemos en vísperas de una suerte de nacionalización bancaria -aunque temporal- acompañada de fusiones de bancos insolventes para despejar los riesgos de una crisis sistémica generalizada. A su vez, el novel presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, ha dicho que el mandato de velar por la estabilidad de precios hay que mirarlo en todos sus aspectos, es decir tanto en su fase inflacionaria como de caída de precios. Si este es el caso, ante los riesgos de deflación inminente que muestra hoy la Eurozona, estamos en un escenario probable de política monetaria expansiva a través de la baja de la tasa de descuento y una expansión monetaria. Eso, junto con el mecanismo de recompra de deuda de soberanos en problemas, aunado a compromisos de consolidación fiscal supervisados por alguna entidad supranacional a crearse, establecería las bases de una salida que llevó demasiado tiempo en plasmarse.
De todos modos, aunque los pasos van en la dirección correcta, hay que llamarse a la cautela. No es la primera vez que Europa estuvo cerca de aplicar medidas que parecían suficientes para comenzar a dar vuelta la página. Motivos diversos fueron gestando una dilatoria que ya supera los dos años. De todos modos, el daño ya está hecho. Por delante tendrán un período de crecimiento bajo y alto desempleo, hechos que transmitirán consecuencias sobre el resto del mundo. Lo que debemos esperar es que Europa actúe para evitar la profundización de un ciclo adverso que, si hubiese adoptado acciones más rápidamente, pudo haber sido más benigno.