De tanto golpear y golpear, finalmente el clima de negocios en el sector agropecuario parece haberse roto. Nunca percibí, en los años que llevo escribiendo, un ambiente de tan marcada crispación en la dirigencia sectorial y en líderes empresariales como la que se recogió luego de aprobarse el Impuesto a la Concentración de Inmuebles Rurales (ICIR); una crispación que no solo se levanta contra éste, sino que parece extenderse a todo el marco general, como si se tratara de la gota que rebasó finalmente el nivel crítico. Ni la temporada estival logra acallar las expresiones sectoriales que reflejan esta fractura que el gobierno ha conseguido, después de tanto golpear. La verdad es que se hace difícil comprender cómo el gobierno se empeña en detener la actividad económica, a fuerza de agraviar el clima de negocios. Y menos se entiende que se discutan temas ideológicos viejos y superados, sin considerar los efectos económicos que su sola consideración pueda tener. Uno escucha, como si estuviera en la máquina del tiempo, que el gobierno se plantea atacar la extranjerización, la concentración, o extender sus permisos policíacos para hacer cualquier cosa. Parece como si los gobernantes creyeran que están en una asamblea de clase de una facultad, sin detenerse a analizar los efectos económicos que la sola discusión lleva consigo.
ESTANCAMIENTO. Recomiendo la lectura del anuario de Opypa 2011, en el que se recogen los signos de un deterioro en la actividad agropecuaria como hasta ahora nadie, salvo en estas columnas, lo había planteado. El punto es muy grave porque ocurre desde el año 2006 -por primera vez lo veo recogido en un análisis oficial- y porque coincide con los mejores momentos de precios de los principales productos agropecuarios. Este período socialista contó con precios máximos de todos los rubros del 2005 para acá, récord absoluto en el primer semestre de 2011, y con las tasas de interés más bajas de la historia. En este contexto, la producción de carne sigue sin crecer, el área agrícola tampoco, y el producto sectorial este año solo recogerá el buen desempeño del clima para lograr adecuados rendimientos físicos en un área agrícola que no se mueve. Salvo la lechería todos los rubros enfrentan problemas. Algunas discusiones recientes continúan confundiendo precios altos con rentabilidad elevada lo que no es cierto. Y las versiones oficiales siguen atribuyendo las dificultades al clima, a la inestabilidad externa, o a cualquier episodio ajeno a las responsabilidades de gobierno. No es así.
En primer lugar, se cae la competitividad externa de la economía y en esto tiene responsabilidad la política doméstica. El tipo de cambio efectivo real que publica el BCU, que recoge nuestro retraso cambiario en relación al de otros países, nos sitúa ya en el nivel idéntico al anterior a la devaluación del 2002. Es pues el momento peor. El gobierno ha alentado un gasto sin limitaciones, una política salarial imprudente, y ahora nos encontramos con dos fenómenos: por una parte y como ya venía de antes, hay poca chance de industrializar nada para exportar. Si se agrega trabajo nacional, carísimo por culpa oficial, quedamos fuera de competencia o quizás solo con chances regionales en algún caso. Y si exportamos productos agropecuarios intensivos en recursos naturales, el problema de competitividad externa se agrava con el enrarecido clima de negocios que mantendrá estancada la producción primaria. Ya hoy en día solo el 23% de lo que Uruguay exporta es intensivo en capital y trabajo, porcentaje en descenso desde un lejano 52% hace muchos años. En este contexto se entiende muy poco que el gobierno haya reducido las devoluciones de impuestos a la exportación, o que haya eliminado muchos rubros de exportación del régimen de prefinanciación de exportaciones. Y menos entiendo todavía que, teniendo dificultades de competitividad debidas a la política interna, se ayude con devoluciones extraordinarias de impuestos a sectores industriales cuyos problemas externos parecen estructurales como el textil o el metalmecánico.
AGRAVIO. Con todas estas complicaciones y las que pueden venir, no se entiende el agravio continuo a la inversión doméstica del agro y la agroindustria, de lo que el ICIR es apenas una muestra. Tenemos el ataque enorme a la libertad empresarial de los planes obligatorios de uso y manejo del suelo, que no solo modificarán la ecuación económica de la agricultura y más en las zonas donde más se la necesita, sino que contribuirán al clima antiempresario que se va instalando.
Me opongo al impuesto por lo que supone de cambio en las reglas de juego, y por contribuir con otro elemento más al agravio al empresario capitalista agropecuario, en un clima insólito de revival del campesinado sesentista como expresión de desarrollo. Pero me molesta en especial la ausencia de rigor técnico para defenderlo. Se parte de la base de la existencia de una concentración de la tierra que no se demuestra exista; si existe no se demuestra qué tiene de malo; si lo tiene, no se sabe si el impuesto achica los campos como dice OPP, o los agranda como dicen el MEF o el ministro Aguerre. O si detiene la inversión nacional o extranjera, o si contribuye en algo a su crecimiento. El uso del brazo de yeso para votar algo absolutamente imposible de demostrar, solo por honrar una ideología apolillada, es una muestra de escasa responsabilidad en el manejo de los efectos de las decisiones políticas sobre la realidad. Y plantear este impuesto como un punto de partida hacia el control de la inversión, de la producción sometida a permisos, de cortapisas al derecho de propiedad, de refundación de monopolios como el del Frigonal, todo esto agrava una situación de estancamiento agropecuario que no se quiere ver, que se vincula claramente con un clima de negocios que empezó a quebrarse cuando el hoy presidente la emprendió contra la formación libre de los precios, empezando por su legendario asado. Y que continuó con tantas medidas que ya he detallado otras veces.
Peor clima de negocios, afectación continua al derecho de propiedad, retraso cambiario récord, con esta combinación, aún con precios elevadísimos, no puede llamar la atención el estancamiento desde 2006. Y más ahora, con un clima mundial también complicado, con precios bajando y costos subiendo.
POPULARIDAD. Cambiar este ambiente requeriría un shock de confianza como el que generó el Presidente en el Hotel Conrad, cuyos efectos se han desvanecido notoriamente. Los aplausos recogidos entonces derivaban de la popularidad; la respuesta empresarial en cambio, depende más bien del prestigio, del respeto, que no es lo mismo ni necesariamente genera aplausos.