JULIO PREVE FOLLE
Es poco probable que una reforma conducida por el partido que más hizo crecer el Estado en número de funcionarios y de funciones, pueda liderar un proceso de cambio en el modo de trabajar del 30% de los uruguayos. Tiene mayorías para hacerlo, pero las tenía también este gobierno que se va, que prometió la madre de todas las reformas…
En realidad, bajo el rótulo de reforma del Estado caben muchas discusiones interesantes pero muy diferentes en contenido: su tamaño, las funciones que desempeña, la inamovilidad de sus funcionarios, su productividad.
QUÉ TAMAÑO. Se puede discutir por ejemplo sobre el tamaño del Estado, acerca de su peso sobre la actividad económica en la que también participa, sobre el gasto que genera, la presión fiscal que requiere su mantenimiento, etc. Pero es ésta una discusión sin sentido práctico: el Estado no se va a achicar ni en términos absolutos ni relativos al tamaño de la economía a partir de un gobierno socialista; es ridículo. Aquí, mi aspiración modesta sería lograr apenas alguna regla fiscal que de hecho fijara el tamaño del Estado en relación a la actividad económica, no más. Si éste, como cada gobierno que llega, supone que es el único intérprete de las necesidades populares, el Estado crecerá sin duda y en homenaje al realismo, los ciudadanos y los empresarios deberemos seguir actuando con más de un 30% de presión fiscal. Si el negocio no da, habrá que dejarlo; y si existe otro mejor en otro país, habrá que hacerlo.
QUÉ FUNCIONES. Otra discusión interesante, más allá del tamaño es acerca de las funciones que el Estado debe cumplir. Esta es sin duda la discusión más trascendente aunque sobre ella tengo poca expectativa que siquiera pueda plantearse. Refiere al tema más importante de la vida de los ciudadanos como es su libertad. Vivimos en una sociedad cada vez más policíaca. El Estado decide qué enseñar obligatoriamente a nuestros hijos, nos fija los programas, quiere determinar cómo debe ser la universidad incluso la privada, y nos quiere obligar a atender nuestra salud según él lo establece; nos exige pedir permisos casi para todo, en la actividad económica o en cualquier otra. Y lo peor, se arroga el máximo imperio sobre todos los derechos, porque se ve a sí mismo como el titular de todos ellos que solo él concede, de acuerdo a lo que sus funcionarios entienden es lo mejor. Así funciona la cabeza de este gobierno socialista y supongo que así será la del que viene. Yo integro las filas opuestas de quienes pensamos que lo primero es la libertad individual, y que al Estado compete, por delegación de la sociedad, asegurarla, hacerla crecer, cuidarla, ordenarla de acuerdo a la ley y no a la discrecionalidad oficial de turno, y nunca, nunca, sustituirla. A los liberales nos rechaza pedir permiso a quien en realidad le hemos delegado su poder siempre limitado a la norma general. Ya el Estado actual nos dice cómo debe ser nuestro sistema de salud, nos impone cómo cree que debe ser la educación; nos quiere señalar qué programas de televisión podemos ver y, en consonancia con lo anterior, ya se empiezan a recoger voces sobre controles a la libertad de prensa. Quiere conocer qué hacemos, lo que ganamos, las bases de datos que tenemos, los movimientos que hacemos, todo. El avance, que es retroceso, en el conocimiento policíaco que el Estado tiene de la vida de los ciudadanos en múltiples instituciones, asusta. Y la confusión que se extiende entre gobierno, poder y partido es el peligro mayor.
Tampoco creo que sea útil discutir sobre la existencia de instituciones oficiales en una perspectiva de la eventualidad de cerrarlas; no tiene sentido. Salvo que el país se hiciera de nuevo, van a seguir existiendo todas; en los últimos treinta años solo cerró ILPE que yo recuerde. De manera que discutir sobre la pertinencia de algunas es irrisorio. Este gobierno encarará la reforma en clave de sueldos de funcionarios, de cuotas de poder con los sindicatos, del modo de marcar tarjeta, pero -ojalá me equivoque- no lo veo encarando el tema que en verdad importa, el de la libertad.
INAMOVILIDAD. Debe continuar a cualquier precio. La experiencia de lo que este gobierno ha hecho con los cargos en funcionarios contratados o en personas de derecho público no estatal donde tiene discrecionalidad, me hace concluir que es sabio cuidar a los empleados públicos del poder político. El Estado ha retrocedido en esto. Tengo la esperanza de que el Ing. Aguerre corrija esto eligiendo a los mejores, y no entregue un MGAP como se lo van a entregar, totalmente politizado. La inamovilidad es sabia y más cuando el gobierno es de un partido. Esto debe ser innegociable.
UN NUEVO CONTRATO. Esto es lo que hay que definir, para un tamaño dado del Estado y unas funciones más o menos como las actuales, si menos, mejor: una nueva ética de la responsabilidad es lo que, pendiente, nos está esperando. La de los funcionarios, que deben ser convocados desde la dignidad que hay que reconocerles, a asumir siempre su categoría de servidores. Y la de sus jefes políticos a animarse a liderar con premios claros, a aquellos que pongan los medios para mejor servir a la patria, más allá de banderías, que los hay y muchos. Una parte del error grave de esta administración que se va, particularmente en el Ministerio de Ganadería, ha sido desconfiar de todo lo que no fuera afín al sector que lo manejaba, ignorando que más allá de banderías hay gente dispuesta a defender al país y no a corporación pública o privada alguna, y cualquiera sea el signo partidario del que manda. Lo que hay que hacer lo marcan o la ley o las políticas públicas en la persona de los ministros o directores políticos. En cambio cómo hacerlo, es el campo de los funcionarios sin importar su color. Si los gobernantes definen el qué, no necesitan meterse demasiado en el cómo, sería una distorsión; y si los funcionarios o su sindicato definieran el qué y no el cómo, sería corporativismo. Un ejemplo: el gobierno define si quiere o no más o menos Mercosur, o qué sectores proteger o estimular en una negociación; cuál es el mejor modo de hacerlo, negociar, encontrar los medios, eso ya es indiferente al pelo político y más propio de la capacidad y la voluntad de servir, con arreglo a una ética que premia la entrega y no el color.