El retorno de las vacaciones de verano encuentra a los chilenos con la perspectiva de lograr un favorable desempeño en sus actividades económicas durante el presente año, pero con una serie de amenazas a esta aspiración. En lo esencial, estas se vinculan con las turbulencias que se observan en el mercado internacional del petróleo, como consecuencia de la crisis del Medio Oriente, las que encuentran a la economía chilena en una situación de aguda estrechez en el abastecimiento energético, gatillado por la severa sequía que enfrenta la zona central del país.
Para contextualizar el problema de abastecimiento de energía que enfrenta actualmente la economía chilena, es importante señalar que en la pasada década esta registró una caída importante en la tasa de crecimiento del PIB, la que pasó de un 6,4% promedio en los noventa a un 3,7%. De hecho, las estimaciones del "crecimiento potencial" registraron una progresiva declinación, desde tasas superiores al 6% anual hasta niveles del orden de 4%. Así, un tema central dentro del debate público de los últimos años se ha referido a la identificación de las causas del estancamiento que registró el crecimiento de la productividad agregada en la última década. Si bien se han planteado diferentes explicaciones para ello, existe cierta coincidencia acerca del efecto del alza experimentado por el costo de la energía en la última década en dicho resultado.
Son diferentes las explicaciones para el mayor costo de la energía, pero en general estas se reducen a advertir la carencia de una activa agenda de inversiones, a menudo contenida por un intenso lobby de grupos medioambientalistas. Sería largo y complejo discutir aquí los criterios que debieran estar detrás de una eficiente política energética, lo que incluye examinar los matices que involucra la adopción de la energía nuclear, sin embargo, la verificación de una aguda sequía, sumado a un alza importante en el precio internacional del petróleo -la que se ha acentuado en las últimas semanas- hacen urgente la adopción de definiciones al respecto. En particular, considerando el propósito del actual gobierno de acelerar la tasa de crecimiento del PIB como herramienta esencial para reducir la pobreza.
La definición de una estrategia eficiente de abastecimiento energético involucra adoptar decisiones difíciles y posiblemente impopulares, frente a las presiones de los grupos ambientalistas, los que a partir de un legítimo objetivo a menudo terminan transformándose en una bandera de lucha contra el desarrollo de la empresa privada, ignorando que ello acarrea importantes costos para los grupos más pobres de la sociedad.
Como señalé antes, me parece necesario disponer de sistemas que permitan una adecuada evaluación del impacto medioambiental de los proyectos de inversión, aspecto en el cual Chile ha desarrollado una cierta institucionalidad, la que si bien es perfeccionable, debe exponer con claridad los costos y beneficios de cada proyecto, de modo de hacer más trasparentes a la comunidad las consecuencias de los proyectos que se ejecutan y también, los efectos de rechazar otros. En la realidad chilena actual, este será un problema prioritario y complejo para el gobierno.
LA PERSPECTIVA MACRO. Otra mirada al tema de la energía se refiere a las consecuencias macroeconómicas del alza en el precio de la energía que se ha producido en los últimos meses y que se vislumbra persistirá en buena parte del presente año. Este se produce en un contexto de alza en el precio internacional de algunos alimentos y del petróleo.
Como referencia inicial es importante señalar que este shock de costos se produce en un marco de políticas manifiestamente expansivo, lo que se refleja en un crecimiento de la demanda interna que durante el año 2010 alcanzó en un 16,1%, en tanto el PIB lo hizo en un 5,2%.
Para la autoridad monetaria el escenario es complejo, puesto que su Tasa de Política Monetaria (TPM) -actualmente en 3,25% (nominal)- aparece como injustificadamente expansiva para una economía donde la demanda y el empleo crecen fuerte, al tiempo que las expectativas de inflación para el presente año comienzan a superar el rango meta de 2-4% que se ha planteado el Banco Central. No obstante, no se debe soslayar que el tipo de cambio real ha registrado una fuerte caída durante el último año, como consecuencia de una importante ganancia de términos de intercambio, la que el propio instituto emisor estimó en 20% para el año 2010.
Así, para muchos analistas el Banco Central debiera reaccionar con prudencia ante las mayores presiones de costo que provienen del exterior, por cuanto se trataría de shocks esencialmente transitorios. Por el contrario, una aceleración del proceso de ajuste en la TPM hacia condiciones de "neutralidad monetaria", podría estimular el influjo de capitales hacia la economía y con ello reavivar las presiones a la baja del tipo de cambio real.
Si bien dicho razonamiento es formalmente correcto, a mi juicio omite un dato esencial, que es el fuerte crecimiento observado por el índice de precios de los bienes no transables en los últimos meses, que alcanzó a un 6,2% promedio en el segundo semestre del 2010, comparado con igual período del año anterior. Si bien este aumento incorpora el efecto de diversos cambios tributarios introducidos por el gobierno en el año, en buena parte ello es la consecuencia previsible de un escenario donde el crecimiento de la demanda interna excede significativamente el crecimiento del PIB. Para reforzar este punto cabe añadir que el crecimiento de las remuneraciones nominales subió desde un 2,3 % a comienzos de año a 5,6% a fines de éste. Si ello no se tradujo en un mayor incremento de la inflación -que el año pasado alcanzó a 3%- se debe precisamente a la caída experimentada por el tipo de cambio nominal en el período, lo que contribuyó a una modesta inflación de 0,5% de los bienes transables en el año 2010.
Para completar el cuadro de riesgo inflacionario que enfrenta actualmente la economía chilena es importante añadir que el crecimiento del dinero (M1) excedió significativamente el aumento del PIB el año 2010, al registrar una variación media anual de 26,7%. Ello en tanto el impulso fiscal registró un crecimiento real de 7%, focalizado en el último trimestre del año.
En un escenario como el mencionado, la respuesta macroeconómica óptima comienza en un manejo más conservador de las finanzas públicas, lo que dejaría más espacio al Banco Central para adoptar una mayor gradualidad en el proceso de normalización de la política monetaria. Sin embargo, ello no será fácil de lograr, considerando la inercia de muchos programas de gasto, lo que hace muy posible que sea en el manejo monetario donde se focalice el proceso de ajuste.
Tras un extraño período de crisis en las economías industrializadas, ganancias de términos de intercambio y apreciación real de su moneda, la economía chilena debe comenzar a administrar los frenos a la demanda agregada junto con políticas de oferta que sostengan un mayor crecimiento de mediano plazo. Este es un ejercicio esencial para evitar la repetición de trastornos observados en el pasado cuando ocurrieron cambios importantes en el panorama económico mundial.