JAVIER DE HAEDO
Los manejos cambiarios en Argentina, tras las elecciones del mes pasado, me vuelven a mostrar una película que ya vi. Fue en los ochenta, cuando daba los primeros pasos en la profesión. Es una película que parecía que no volveríamos a ver pero tratándose de Argentina, todo puede ser.
En aquellos años era habitual el desdoblamiento del mercado de cambios. Tanto, que la brecha entre el paralelo y el oficial llegó a un máximo de 165% en marzo del annus horribilis de 1989, cuando la hiperinflación echó a Alfonsín de la presidencia antes del plazo. Pero aún sin contar ese año, entre 1985 y 1988 la brecha cambiaria promedió el 20%, llegando a un máximo de 41%. Al momento de escribir esta nota la brecha se ubica en una magnitud próxima a aquel promedio.
La razón del fenómeno estaba en no entender la ley de oferta y demanda y, como ahora, ante un exceso de demanda por dólares, pretendían enfrentarlo con restricciones a la oferta. Como la razón del exceso de demanda estaba, como ahora, en la desconfianza generada por políticas oficiales mal diseñadas, las restricciones solo acrecentaban la desconfianza y potenciaban la demanda. Se atacaban las consecuencias del problema y se agravaban sus causas.
Desde entonces a hoy han pasado cosas graves en Argentina. Hasta los ochenta, la confiscación venía por el lado de la muy alta inflación y a fines de esa década por el Plan Bonex. Ya en este siglo vinieron la pesificación asimétrica, el corralito y el manotazo de los fondos de las AFJP. Por lo tanto, cuando se perciben inconsistencias el susto es grande porque los argentinos, con razón, temen que el próximo instrumento de saqueo sea aún más grave.
Y en las últimas semanas el propio gobierno dio señales de la gravedad de la situación, o peor, dio señales de que la situación es peor de lo que se creía, aún cuando en realidad no lo fuera. Parece claro: si hay que poner a la Gendarmería y a la AFIP en la City para frenar la salida de dólares, es porque "por las buenas" el BCRA no sabe o no puede hacerlo.
Pero así como es frondosa la creatividad oficial en crear restricciones y, eventualmente, en producir nuevos manotazos sobre los activos del sector privado, el expertise de este tampoco debe ser despreciado. Ya vendrán, por ejemplo, la subfacturación de las exportaciones y la sobrefacturación de las importaciones.
El exceso de demanda de dólares en Argentina es totalmente provocado por malas políticas. No solo las que generan, por desconfianza, que haya una fuga de capitales que este año estará en torno a US$ 30 mil millones, casi triplicando la oferta de dólares proveniente de la balanza comercial. También aquellas políticas que, por distorsiones de precios relativos han abatido el superávit de la balanza comercial, como en el caso del saldo del rubro energía, por la demanda inflada por precios subsidiados y la oferta reducida por falta de inversiones.
En los últimos años nos referimos varias veces a la situación argentina. Vimos que se estaba construyendo un edificio sobre bases que no eran sólidas, en realidad un castillo de naipes cuya piedra angular era una tremenda distorsión de precios relativos mediante diversos instrumentos: represión de precios de servicios públicos, políticas de subsidios a determinados precios, detracciones sobre exportaciones, restricciones al comercio, dibujo de estadísticas de precios, etcétera. Vimos que el famoso viento de cola que tanto nos ha ayudado a soslayar errores, en el caso argentino tuvo efectos máximos, por tener al petróleo y a la soja del mismo lado del balance. Los desequilibrios y las distorsiones se fueron estirando, cual arruga en la alfombra, hasta las elecciones del mes pasado, ya sin demasiado viento de cola. Y, como siempre sucede, llegó el momento de pagar la cuenta. Una cuenta, como también vimos a lo largo de estos años, que al momento de pagarse iba a tener significativos efectos redistributivos sobre el ingreso de los argentinos, con ganadores y perdedores, porque rubros importantes de su canasta de consumo deberían encarecerse fuertemente. Obviamente, también tendría efectos sobre la inflación y el tipo de cambio. Precisamente, una de las variables distorsionadas es el precio del dólar, aún antes del aumento de demanda por razones financieras. Un precio del dólar que da lugar a un tipo de cambio real con fuera de la región más de un 30% por debajo del promedio histórico (considerando la verdadera inflación, que desde 2006 acumula una brecha de 74% con la oficial), sin contar los efectos de las detracciones sobre el tipo de cambio efectivamente percibido por los exportadores gravados.
¿Qué habrá de pasar en las próximas semanas? ¿Cuánta profundidad alcanzará el mercado paralelo? ¿A qué brecha cambiaria se llegará? Solo el transcurrir del tiempo nos dará respuestas a esas preguntas. Respuestas que dependen de decisiones que se tomen en Argentina y fuera de ella. Dependerá de si llega alguien que entienda la ley de oferta y demanda, dependerá de lo que suceda en Brasil (es muy fácil, y vaya si lo sabemos, jugar el partido con el grande de al lado carísimo) y, last but not least, dependerá de lo que suceda en Europa, donde también llegó la hora de pagar cuentas atrasadas.
Pero aterricemos esto en nuestro país que, en definitiva, es lo que nos debe importar. Cuando recuerdo mis primeros pasos como economista, en la segunda mitad de los ochenta, recuerdo que el dólar paralelo en Argentina y en Brasil (que también hacía de las suyas por entonces) nos regía el turismo y el contrabando. Recuerdo que esperábamos los resultados de la balanza de pagos para ver la magnitud de "errores y omisiones" que reflejaba el comercio no registrado de bienes. De eso se trata: en la medida en que el mercado negro argentino de dólares adquiera volumen y si además el tipo de cambio en ese mercado se distancia del oficial, vamos a tener problemas, como entonces teníamos. El turismo receptivo se resentirá y aumentarán los viajes de uruguayos hacia Argentina y nuestros consumos en el país vecino. Y habrá contrabando.
Temo que, quizá por sentirnos pegados a Brasil, quizá por falta de memoria, no hay aquí ni ahora suficiente conciencia del daño que lo que está sucediendo en Argentina nos puede ocasionar. Es cierto que ha bajado nuestra "Argentina-dependencia" con relación a los años previos a la crisis de 2002. Pero sigue siendo enorme. Cuantitativamente muy parecida a la que tenemos con Brasil, pero cualitativamente mucho mayor.
A cada uno de ellos le estamos exportando, entre bienes y turismo, entre 1.800 y 2.000 millones de dólares. Pero mientras que en el caso de Brasil, más del 80% son bienes (que, por otra parte, en su gran mayoría tienen mercados alternativos), en el caso de Argentina dos tercios son turismo, es decir exportaciones realizadas dentro de nuestras propias fronteras. El tercio restante son bienes casi sin mercados alternativos, producto del esquema de sustitución de importaciones a escala regional llamado Mercosur. Las exportaciones a Brasil no pagan impuestos, las exportaciones de turismo a Argentina son intensivas en impuestos. Y en mano de obra uruguaya, porque comprenden servicios tales como restaurantes, hoteles, alquileres, compras en shoppings, etcétera.
Una crisis en Argentina nos pega mucho más que una en Brasil, afecta mucho más nuestro ingreso y afecta mucho más a la recaudación de impuestos y por lo tanto al resultado fiscal. Con Argentina, y más con diferencia de precios, se desdibuja el concepto de "bien transable" porque todo se vuelve transable, hasta los servicios.
Tras las elecciones argentinas de octubre se nos volvió a meter en escena, en forma inesperada, un actor que nos tenía tranquilos (al menos en la macro, no así en otros rubros) desde hacía un buen tiempo. Un actor asociado a películas que ya vimos, y que son de terror.