Aquí no hubo ni hay una política de hostilidad per se al capital foráneo

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Firmas alemanas participaron del auge del desarrollo urbano en Uruguay y construyeron muchas de las obras públicas entre 1914 y 1945. Una de ellas, la represa hidroeléctrica de Rincón del Bonete, fue uno de los mayores proyectos que encararon los inversores alemanes en América Latina. Sin embargo, el capital alemán, a diferencia del británico y norteamericano, no llegó a controlar resortes claves de la economía uruguaya, afirmó el profesor Raúl Jacob, licenciado en historia por la UdelaR. El diálogo con el entrevistado, un especialista en historia económica de nuestro país, giró en torno a la temática de su libro más reciente "Aquellos otros inversores", que aborda la radicación de capitales de más de una docena de países menos conocidos en el período de entreguerras. A continuación un resumen de la entrevista.

-¿Qué razones lo impulsaron a investigar la inversión extranjera directa (IED) en Uruguay durante el período comprendido entre las dos guerras mundiales (1914-1945)?

-Es un período singular en la historia económica mundial. Se extiende desde la crisis del patrón oro, de la decadencia de la libra británica, al inicio de un nuevo sistema monetario internacional basado en el dólar estadounidense. En esa época América Latina buscó revertir la caída de sus exportaciones de materias primas estimulando la industrialización sustitutiva de importaciones. Me interesaba continuar el análisis del poder económico en Uruguay y la repercusión de esas transformaciones en la IED.

-A partir de la inserción de Uruguay en el mercado mundial durante la dictadura de Latorre hasta 1914, ¿fue la IED más o menos importante que las inversiones que hicieron los uruguayos o los extranjeros residentes en el país como Reus, Mauá, etc.?

-Fue de gran importancia, aunque es muy difícil cuantificar la incidencia de una y otra. Pero alcanza con señalar que en ese lapso la IED construyó gran parte de la red férrea; adquirió compañías de gas, agua potable, tranvías y comunicaciones; desarrolló la minería; participó de la naciente industria textil y frigorífica; invirtió en el agro, en el comercio y en la banca, etc. En síntesis, el desarrollo del denominado "Uruguay moderno" sería ininteligible sin el aporte de la IED. Las condiciones y tasas de retorno exigidos por los inversores extranjeros así como las actitudes gubernamentales frente a la IED es otra historia. Todo eso también es relevante, pues resulta imprescindible para comprender la reacción nacionalista de una parte del elenco político.

-¿Cómo evalúa la llegada de inversiones extranjeras a Uruguay durante el período de entreguerras: intensa, moderada o escasa?

-La considero moderada con una aclaración: durante años se sostuvo que con la crisis de 1929 se interrumpió la exportación de capitales, ya que cada país se replegó en sí mismo. Esta generalización no es válida para todas las naciones. Uruguay continuó recibiendo capitales en la década de 1930. A partir de 1939 la guerra planteó nuevas dificultades a la circulación de capitales. Ciertamente fue un período complicado.

-¿Qué características tuvieron las inversiones de compañías originarias de Estados Unidos en el total de la IED durante el período de entreguerras, ya que Ud. aclara expresamente en su libro "Aquellos otros inversores" que el estudio no incluye la inversión británica, ni la estadounidense que le seguía en importancia?

-Las inversiones norteamericanas arribaron masivamente en el primer tercio del siglo XX. En 1931 ocuparon un cómodo segundo lugar entre las sociedades anónimas existentes. Participaron de la transformación de la industria de la carne, del cambio de la matriz energética de la hulla por el petróleo, de la revolución en los transportes, sobre todo por la difusión de los automotores, de la provisión de cemento portland en un período de auge de las obras públicas, de los servicios telefónicos, de la banca y del comercio.

-Según se desprende de su investigación, las inversiones alemanas y argentinas fueron, después de las británicas y estadounidenses, las más fuertes en el período de entreguerras. ¿Existe alguna clase de registros que permita determinar si una fue más importante que la otra?

-Los registros son escasos y esquivos. En realidad, las estadísticas para esos años de la IED en Uruguay contienen errores. Hemos abusado del informe elaborado por la Inspección de Sociedades Anónimas y Bancos, que funcionaba en la órbita del Ministerio de Hacienda de la época. Pero solo englobaba a las sociedades anónimas, dejando fuera de las estimaciones a las otras formas jurídicas a las que podía acogerse una organización comercial. Además, en muchos casos incluyó el capital autorizado en el momento de aprobarse los estatutos, que no siempre coincidía con el capital efectivamente integrado. Pero trabajando con otras fuentes -como, por ejemplo, la nómina de firmas que abonaban el impuesto sustitutivo a las herencias y donaciones- es notorio que el tercer inversor en importancia en Uruguay fue Argentina, seguido en cuarto lugar por Alemania.

Inversión alemana

-En su libro llama la atención ver el gran número de empresas alemanas que operaban en Uruguay en el período de entreguerras…

-En Uruguay suele desconocerse el aporte del empresariado alemán. Este olvido afecta tanto a los inmigrantes de ese origen como a los no-residentes. Probablemente, eso sea una consecuencia o reacción a la política exterior alemana en el siglo XX, a su papel en las dos guerras mundiales. Por otra parte, a partir de 1933, los logros científicos y tecnológicos alemanes fueron explotados publicitariamente por el nacionalsocialismo, cosechando el rechazo de una parte de la opinión pública.

En estos años se radicaron sociedades de dos de las industrias lideradas por ese país: la química y la generación de electricidad. Firmas alemanas participaron del auge del desarrollo urbano y construyeron muchas de las obras públicas del período. Una de ellas, la represa hidroeléctrica de Rincón del Bonete, fue uno de los mayores proyectos que encararon los inversores alemanes en América Latina. Sin embargo, el capital alemán, a diferencia del británico y norteamericano, no llegó a controlar resortes claves de la economía uruguaya.

-¿No consiguió datos fidedignos en el exterior de las inversiones alemanas y argentinas radicadas en Uruguay en aquella época?

-Los organismos internacionales que elaboran ese tipo de información surgieron después de la Segunda Guerra Mundial; son posteriores a la creación de la ONU. Cuando deciden mirar hacia atrás frecuentemente no hacen otra cosa que recoger información existente y cuestionada.

Tampoco me pude apoyar en cuantificaciones hechas en Alemania: los alemanes intentaron una vez finalizada la Primera Guerra ocultar sus capitales de las sanciones impuestas por los acuerdos de Versalles.

Por su parte, los colegas argentinos han estudiado la internacionalización de algunas de sus empresas (Alpargatas, Siam, Arcor, etc.) y el período reciente de las llamadas "multilatinas". Pero, curiosamente, no han abordado globalmente el tema de la exportación de capitales, corriente que reconoce una tradición más que centenaria. Son solo dos ejemplos, pues faltarían las estimaciones belgas, brasileñas, canadienses, españolas, francesas, italianas, suecas, suizas, etc.

Capitales argentinos

-¿Qué es lo más destacable de las inversiones de origen argentino?

-La IED argentina fue muy peculiar en varios aspectos. Su llegada comenzó ya en el siglo XIX y primera década del XX con Alpargatas, Bunge y Born, Saint, etc. Había razones geográficas: Montevideo ofrecía un mercado interesante situado a menor distancia que muchas capitales provinciales. La expansión abarcó todo tipo de empresas representativas de diversos sectores de actividad. Desde cafés, bazares, hoteles y tiendas a ramas industriales como textiles, alimentación, química, extractiva, etc. En cambio, fue reducida en el agro y en el sistema bancario. Es así que arribaron Pymes y firmas importantes ya sea en carácter de sociedades anónimas, de responsabilidad limitada, colectivas. Grandes grupos económicos, como Bemberg y Bunge y Born establecieron sucursales y filiales, adquirieron y crearon empresas, se movieron con una estrategia variable que no descuidó la lógica financiera, diversificando sus colocaciones en títulos y acciones.

-¿Y la crisis de 1929 no interrumpió esta corriente inversora argentina?

-Por el contrario, para muchas compañías la opción para aumentar sus ingresos fue la apertura de nuevos puntos de venta, tanto en su país como en la región. El capital argentino fue importante en el transporte fluvial, en el desarrollo de algunas ramas industriales como la textil, en la inversión inmobiliaria y hotelera en la costa uruguaya.

Incidencia de bancos extranjeros era menor entre 1914 y 1945

-¿Con qué criterio las empresas extranjeras decidieron su radicación en Uruguay en el período de entreguerras?

-Para muchas transnacionales, Uruguay era una provincia argentina más. Algunas de sus filiales, con sede en Buenos Aires, abrieron sucursales en Uruguay. En tal sentido resulta llamativo que grandes firmas como Nestlé, Fiat, Roche, Philips, desconozcan su historia en el país. Esa realidad cambió al concluir la Segunda Guerra Mundial y se renovó nuevamente con la creación del Mercosur. Es decir que, en la gestión empresarial, hay una transformación permanente de los lazos de dependencia y del ámbito territorial.

Algunas firmas extranjeras encontraron el camino para sortear el nacionalismo económico. Se transformaron a partir de la postguerra en empresas mixtas, estableciendo su sede en Montevideo y dejando un espacio de su capital a socios uruguayos. Eso plantea otro problema para los investigadores porque era frecuente que al nacionalizarse dejaban de ser cuantificadas como IED y eran consideradas sociedades uruguayas.

-Más allá de los cambios tecnológicos, ¿qué diferencias halla en el enfoque de la IED en 1914-1945 y en nuestros días?

-Innegablemente son dos épocas muy distintas. En esos años, por ejemplo, la IED británica era muy importante y comparada con la brasileña era insignificante. De España se conocían algunas editoriales y una firma de perfumes. Además, no había inversión finlandesa. Hoy es al revés, a lo que se suma que las grandes empresas argentinas ya no existen. Ha cambiado el origen de la IED.

También los sectores en que se radica la IED son distintos. En el período de entreguerras todavía existía la banca privada nacional, que seguía en importancia al BROU en el ranking de capitales, depósitos y crédito. La incidencia de los bancos internacionales era más reducida. A su vez, el sector de empresas públicas era más pequeño y, en consecuencia, aún era relevante la IED en servicios públicos como transportes, comunicaciones, energía y agua potable.

Algo que no ha cambiado es un aspecto esencial: la estrategia seguida por la IED. Una parte se canalizó en la adquisición de firmas ya existentes, otra en la creación de nuevas empresas. Igual que en la actualidad.

Los inversores vienen a ganar dinero, no a hacer filantropía

-¿No se sintieron "atemorizados" los inversores extranjeros por la política estatista que había iniciado Batlle y Ordóñez en 1911 con la nacionalización de los seguros y la creación del BSE?

-Esa política afectó a un puñado de empresas en determinadas actividades, fundamentalmente las que prestaban servicios públicos. Fueron cuestionadas ciertas firmas británicas por motivos de nacionalismo económico y también por razones políticas. Algunas de ellas -como, por ejemplo, las compañías de agua, gas y tranvías- atendían a los montevideanos, que componían una parte importante del electorado batllista. Hubo una nueva realidad: el Estado era partidario de poner límites y de encarar actividades económicas. Esa política fue acompañada por un discurso nada complaciente, que denunció abusos y excesos. La reacción de los afectados no se hizo esperar. Pero en esos años (1911- 1915), se instalaron el frigorífico Swift, la Standard Oil y el hoy Citibank, todas firmas norteamericanas. Eso no hubiese sucedido de haber existido una política de hostilidad per se al capital extranjero.

-Se puede comparar la actitud hacia la IED de los gobiernos batllistas y terristas en el período de entreguerras y la de las administraciones del siglo XXI, o sea de Batlle, Vázquez y Mujica?

-Dejando de lado las características particulares de cada gobierno y los distintos momentos históricos en que actuaron, Uruguay viene recibiendo IED desde el siglo XIX. Es una tendencia continua, aunque con altibajos, ya que el país es muy sensible a los ciclos de la economía mundial.

Lo que han variado con el tiempo son las exigencias y los controles. Por ejemplo, a principios del siglo XX era muy distinta la concepción sobre el papel del Estado, los criterios sobre los temas medioambientales, etc.

Batlle y Ordóñez intentó poner ciertos límites, Terra los atemperó y los últimos tres presidentes, amparados en un marco normativo específico, han coincidido en la necesidad de atraer la IED. Las diferencias muchas veces han sido más en el discurso que en los hechos. Todos han sido conscientes de que, en el concierto internacional, Uruguay es una hoja en la tormenta, que el ahorro interno es insuficiente, que hay necesidad de crear empleo y que los capitales vienen a ganar dinero, no a hacer filantropía.

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