Marcados por el secuestro

| No cicatriza como un raspón en la rodilla. Si bien la mayoría de las personas retoma su rutina, la sensación de vulnerabilidad persiste, quizás para siempre. Ser el protagonista de un secuestro deja sus huellas, distintas para unos y otros.

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DANIELA BLUTH

Miedo. Incertidumbre. Alivio. En ese orden o en otro, esas son las principales sensaciones que experimentan hoy quienes fueron víctimas de un secuestro. Pasaron horas en las que cada minuto parecía tener mucho más que 60 segundos. Estuvieron apuntados por un arma. De pies y manos atadas. Con una capucha que sólo les permitía ver tras un juego de luces y sombras. Les faltó el aire. Les sobró el tiempo para repasar su historia. Sintieron que para ellos su vida valía mucho. Pero para otros, demasiado poco.

"Si bien el tiempo actúa como un diluyente y te vas olvidando de ciertos detalles, hay veces que siento más miedo que en los primeros días posteriores al secuestro. Miedo a que nos pase algo, similar, más leve o peor. Cuando me pongo a pensar en lo que nos pasó me doy cuenta de que fue muy extremo. A veces me cuestiono si ir a algún lado porque no sé si voy a volver", cuenta una víctima que prefiere no ser identificada.

Pasó tres horas de su vida a punta de una .38. "Un amigo me dice que no me puedo perseguir, pero no es que me persiga, a mí me pasó. Ya no sabés cuál es el límite, qué te puede pasar y dónde. No estamos muertos de casualidad. No hay límites para la delincuencia, y convivir con eso es lo más difícil".

A pocos meses del secuestro, este hombre de treinta y pico retomó su vida y su rutina. Dice que con normalidad. Pero el miedo está ahí, latente, igual que los recuerdos de los diálogos que mantuvo con el delincuente y la imagen de su rostro. La primera semana fue la más difícil. Se despertaba en medio de la noche o a primera hora de la mañana pensando en todo lo que había sucedido, "en el milagro de estar vivo".

Según fuentes del Ministerio del Interior (MI), en Uruguay los secuestros no son un fenómeno delictivo de dimensiones preocupantes. Sin embargo, en 2010 y lo que va de 2011 sólo en Montevideo hubo alrededor de diez casos de secuestros -incluyendo las "rapiñas con privación de libertad" (popularmente llamados secuestros exprés) y los secuestros extorsivos- que pusieron en pie de alerta a toda la sociedad. Además de esos episodios, concentrados sobre todo en Pocitos y Parque Batlle, dos casos con personajes conocidos y ribetes cinematográficos sucedieron con exactamente un año de diferencia. El 18 de marzo de 2010, el ex presidente de la Bolsa de Valores Ignacio Rospide fue secuestrado en la puerta del club Armonía, Parque Rodó. El 18 de marzo de 2011 Conrado Bonilla (hijo) fue tomado como rehén junto a su esposa Patricia y su bebé de cuatro meses por un delincuente fugado durante el traslado de Las Rosas a una clínica médica, en Maldonado.

Aunque la mayoría de los responsables de estos eventos fueron detenidos por la Policía, los secuestros se siguen sucediendo. El fin de semana pasado una pareja resultó sorprendida por un delincuente, que luego de amenazarlos con un arma de fuego y llevarlos hasta donde se encontraba su cómplice, les robó celulares, joyas y dinero. A los dos días, la Brigada de Asaltos capturó a cuatro infractores -tres de los cuales eran responsables de ese último secuestro- en las inmediaciones del Parque Batlle, donde buscaban nuevas víctimas.

El miércoles, la mujer involucrada en el secuestro decidió hablar con el periodista de "Subrayado" Aureliano Folle: "De ahora en más voy a estar mucho más atenta a todo y lo mismo me gustaría decirle a la gente, que se cuide de todo, que uno no está libre de nada", le dijo. "Pensé que venía a pedir unas monedas y a las pocas cuadras no sabíamos si íbamos a estar vivos o muertos. Sentí la inseguridad total de decir en qué manos estoy, por qué me pasa esto, es muy fuerte… Sentir que uno no es ni dueño de uno mismo".

La mujer, que fue privada de su libertad junto a su marido, relató que el peor momento ocurrió cuando el delincuente descubrió que había un arma dentro del auto. "Se descontroló porque pensó que mi esposo era policía. Decía `ahora sí, ahora sí los voy a matar, me engañaste, sos milico".

En general, el modus operandi es el mismo: la víctima es obligada a entregar sus tarjetas de crédito o débito y luego es trasladada hasta un cajero automático. También le quitan el celular, las joyas y el dinero que lleva consigo. A veces, el delincuente pide para ir al domicilio del rehén. Mientras algunos especialistas señalan que los secuestros exprés no son tan redituables como para que haya organizaciones detrás -como es el caso del tráfico de drogas o los secuestros extorsivos-, otros opinan que se trata de un delito de buen rendimiento y poco riesgo. Para el psicólogo y licenciado en seguridad Robert Parrado, esta modalidad importada de Argentina responde a un proceso de adaptación de los delincuentes: "Es plata rápida con poco riesgo. El delincuente se mete en el bolsillo de la víctima y en el cajero, donde si tuvo suerte puede sacar hasta 10 mil pesos". Pero al mismo tiempo "tiene un alto impacto" en la sociedad. A diferencia de lo que sucede en la vecina orilla, donde la mayoría de los secuestros son extorsivos, "acá se da con un paseo por los barrios marginales, y eso coloca a la víctima en una situación de mayor riesgo, en la que no sabe hasta dónde se está exponiendo. Para los delincuentes es sencillo, nadie les va a cuestionar nada, y se trasladan en general hasta un entorno que dominan y les genera un manto de protección", agrega el especialista.

En 2009, el número de secuestros en el mundo superó los 100 mil casos, con México, Irak e India ocupando los tres primeros puestos de una lista de 13 países que incluye varias naciones latinoamericanas (Brasil, Ecuador, Venezuela, Colombia y Haití).

Fuerza interior. El rugir de las motos. Ese ronroneo que perfora el tímpano es, según Rospide, la única secuela que le dejó el secuestro. "Cuando estaba cautivo había ruido de motos, pasaban y frenaban, y yo pensaba, ¿dónde estaré…? creía que podía ser un lomo de burro. Y cuando salí, los primeros días sentía el ruido de las motos y saltaba, me ponía tenso. Pero después pasó", recuerda este hombre de 78 años.

Al "Gaucho" Rospide lo liberaron, sin pagar rescate (habían pedido 2 millones de dólares), en la Rambla frente al edificio Panamericano, a tres cuadras de su casa. Sin mirar para atrás, con paso ligero y aspecto "bastante desaliñado", el empresario llegó y le tuvo que pedir al portero que le abriera la puerta, pues no lo reconoció. Tocó el timbre, que atendió su mujer: "Soy yo, vieja". Nadie lo podía creer.

Como hombre de fe que es, el primer domingo tras el secuestro no dudó en ir a misa. En ese momento estaba con custodia, y el guardia lo esperó a unos metros de distancia. A los diez días, había retomado sus caminatas matinales por la Rambla y el trabajo en su oficina de la Ciudad Vieja. Ya iba sólo, se sentía seguro. El 8 de abril volvió a reunirse en el Armonía con su grupo de amigos. En medio de la euforia y la cuota de respeto que inspiraba su historia, Rospide relató con lujo de detalles a sus colegas las 27 horas que pasó privado de su libertad.

El departamento de Delitos Complejos de Jefatura de Policía de Montevideo proporciona custodia a las víctimas de los secuestros mientras la causa está abierta. En el caso de la familia Bonilla, fue el propio involucrado quien solicitó la guardia para su domicilio. "Lo hice para poder descansar más tranquilos y brindarle más seguridad a mi familia", explica Conrado, de 35 años, gerente del Cantegril Country Club.

El MI, por su parte, cuenta con un Centro de Atención a las Víctimas de la Violencia y el Delito (Cavid), que contacta a los involucrados para hacer un diagnóstico de su salud mental y ofrecer un tratamiento (ver recuadro). Sin embargo, ninguno de los consultados por Domingo, recibió el llamado del Ministerio.

Al igual que para Rospide, para Bonilla y su esposa el mejor tratamiento fue volver a trabajar y ocupar la mente en cosas productivas. "Se intensificaron las ganas de estar juntos y valoras esos momentos mucho más que antes", resume.

Contrariamente a lo que podría suponerse, el hecho de que en el secuestro estuviera involucrado un bebé ayudó a que todo saliera bien. "Creo que parte de la razón por la que estamos vivos es porque estábamos los tres juntos. La tranquilidad de mi esposa se explica en que ella se preocupaba todo el tiempo de que el bebé estuviera bien. Y lo logró, creó un muro de contención", recuerda Bonilla. Quizá por eso ella fue la que demoró más en liberar la tensión. "En algún momento pensamos que el episodio podía terminar sin alguno de los tres o directamente sin ninguno de los tres".

Rospide, por su parte, destaca la paz interior que sintió en todo momento. "Es una situación difícil y eso fue lo que me ayudó a enfrentarla. Tuve una paz interior tremenda, y por eso sobrellevé las 27 horas incomunicado y sin saber lo que iba a pasar". En esa habitación a oscuras, el "Gaucho" rezó un Credo y un Padre Nuestro.

La sensación de que la muerte está cerca no es fácil de superar. Ni se logra de un día para el otro. Uno de los entrevistados recuerda que cuando fue liberado sintió "un vacío muy grande". "Estás tantas horas al borde de la muerte que cuando te liberan no sabés mucho qué hacer, es un sentimiento extraño. Lo único que sí quería era estar con las personas que habían vivido conmigo el secuestro".

Además, coinciden, nadie está preparado para afrontar un secuestro. Y nadie quiere estarlo.

De película. Si alguien sale ileso de un secuestro, se lo considera un héroe. Sea o no un personaje conocido -como lo pueden ser Rospide o Bonilla- en el entorno surgen preguntas, comentarios, ganas de saber más. Sin embargo, para el involucrado no siempre es fácil encarar esa suerte de fama. "Si no lo vivís es difícil saber lo que se siente. Después de tanta tensión y de estar lidiando con la muerte no tenés muchas ganas de hablar o ver a nadie, sobre todo por no querer explicar lo inexplicable", justifica una de las víctimas.

Los mails, mensajes de texto, comentarios de Facebook, palmadas en la espalda e incluso abrazos de desconocidos se vuelven moneda corriente. A Bonilla, por ejemplo, fueron varios los que le sugirieron que escribiera un libro o prestara su testimonio para un guión cinematográfico. Según la Policía, el suyo se denomina "secuestro dinámico", por tener traslado de rehenes y persecución policial. "Fue como una película americana, lo único que no hubo fueron tiros. El resto, todo igual. Hasta tuvimos un helicóptero sobrevolando nuestro auto", recuerda irónico el involucrado.

Otro de los casos que tuvo más repercusión pública fue el de un joven secuestrado a fines de julio de 2010, en plena avenida 18 de Julio, cuando iba a buscar a su esposa embarazada al trabajo. Lo abordaron en su auto, lo tiraron en el asiento de atrás, lo llevaron al barrio Marconi, donde le quitaron sus tarjetas y lo golpearon, para luego encerrarlo en la valija del auto y dejarlo abandonado. Pocos días después, allegados hicieron circular un mail en el que no sólo relataban el episodio, sino que daban algunos consejos a tener en cuenta. "Si se te acercan al auto y te amenazan para que abras la puerta, intenta chocar el auto de adelante (por supuesto que depende del momento). Otra cosa: siempre andar con algo de plata en la billetera, 800, 900 pesos, porque si no tenés nada es probable que te maten. Y con pocas tarjetas de crédito, una como mucho y con el PIN de la tarjeta porque en el momento te lo tenés que acordar. (…) Realmente parece de película, pero le paso a un compañero de trabajo mío, a su yerno, que es un tipo común y corriente como todos", decía el texto que circuló en la web.

Las consecuencias de haber sido secuestrado no necesariamente aparecen enseguida. "Siempre hay un proceso postraumático, pero puede ser inmediato o aparecer al mes, a los seis meses o al año", asegura Parrado. "Un servicio podría ir a consultar a la persona y encontrarla bárbara, pero ese sujeto un día se da cuenta de que pasó horas apuntado por un revólver, que al delincuente se le podría haber escapado un tiro… Todo ese análisis puede terminar en un estado depresivo, en problemas de relacionamiento, dificultades en el trabajo, en alcoholismo u otra adicción". Además, muchas veces no sólo la víctima directa sufre las consecuencias, sino también su entorno, desde la familia hasta los compañeros de oficina.

Quizá por ello la mayoría prefiere no compartir su experiencia. Hablar del tema no suele ser fácil. Trae recuerdos e imágenes poco gratas. Casi todos aspiran a superar el momento y mirar el futuro en positivo. Por tratarse de casos elegidos al azar, el miedo a que vuelva a pasar disminuye. Pero difícilmente llegue a cero.

"Esto no es como apagar o prender una llave de luz. No es una gripe, que ya se me pasó. Esto nos va a marcar para toda la vida", explica una de las víctimas. "Obviamente el paso del tiempo irá diluyendo detalles, ojalá. Pero nos va a llevar muchos años volver a caminar con cierta tranquilidad. Y no sé si lo vamos a lograr alguna vez".

Las cifras

100 mil Según el artículo 346 del Código Penal, "el que privare de su libertad a una persona para obtener de ella, o de un tercero, como precio de su liberación, un provecho injusto en beneficio propio o ajeno, consiguiere o no su objeto, será castigado con seis a doce años de penitenciaría".

11 secuestros hubo en el mundo en 2009, siendo México, Irak y la India los primeros de una lista que incluye varios latinoamericanos. secuestros -exprés y extorsivos- ocurrieron entre 2010 y lo que va de 2011 en Montevideo. La mayoría en Pocitos y Parque Batlle.

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