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La cultura emprendedora no es una característica de Uruguay. Aún así, hay quienes se animan a levantar la mira.
LEONEL GARCÍA
Dubitativos abstenerse. Requisito excluyente: convicción. Creatividad, conocimiento de causa, amor por lo que se hace y tesón para no dejarse abatir al primer traspié. Detectar un producto nuevo, una modalidad de producción distinta, o un mercado sin explorar. Investigar, probar, caerse y volverse a levantar. Según los que saben, todo esto requiere un emprendedor. Eso y tener claro que se va a navegar contra la corriente en un mar de escepticismo, en un país donde se prefiere la seguridad de un empleo "normal" y el emprendedurismo es la excepción, jamás la regla.
No se podrá vivir del aire ni del amor. Pero sí se puede vivir -o intentarlo, o complementar un ingreso familiar- de arcos medievales, de cuentos "a medida", de un sistema de suplencias en tambos, de semillas de zapallo cubiertas de chocolate...
Los emprendimientos que presenta Domingo son historias de gente que, invirtiendo más o menos pero apostando siempre, ha vencido o está venciendo prejuicios y dudas. ¿Raros? ¿Curiosos? ¿Impensados? ¿Brillantes de tan simples? Que lo juzgue el lector. Todos tienen un común denominador: detrás de ellos, hay orgullo, esfuerzo y amor. Y un mensaje: vale la pena intentarlo.
arcos de guerra, como los de "corazón valiente".
Es un hecho que las crisis obligan a agudizar el ingenio. Esto le pasó a Alfredo Arbe (43), quien quedó sin trabajo en 2002. Es ingeniero especializado en las propiedades físicas y mecánicas de la madera. Además, es aficionado a los temas históricos. Un día, a través de Internet, comenzó a estudiar los arcos utilizados con fines bélicos en la Europa medieval. Y dos más dos suele dar cuatro.
"¿Viste la película Corazón Valiente? Bueno, estos arcos eran una carta de triunfo en los combates". Conocedor de la materia prima, se puso manos a la obra. "Si no me quedaban igual, estaba convencido de que iban a quedar parecidos". Y lo que parecía una quijotada se transformó en su primera ocupación.
"Mis conocimientos de ingeniería hoy los aplico en eso". El primer arco medieval made in su Tacuarembó fue vendido a Italia, tras ingresar en un foro de arquería. Salvo dos clientes uruguayos, sus productos han viajado desde su ciudad a Europa, Estados Unidos y los países árabes.
La madera a usar debe ser liviana y resistente al mismo tiempo. El arce europeo, el roble y el fresno son ideales. "Mi clientela es muy especial, a veces son ellos mismos los que me mandan el material para trabajar". Cada pieza tiene la altura de una persona y no puede pesar más de 800 gramos. A su vez, debe soportar la presión que permite arrojar flechas -que él también confecciona- a 275 metros de distancia. Cada arco vale entre 800 y 1.500 dólares. "A mí me gusta el tiro deportivo, detesto la cacería. Yo trato de evitar que lo que yo fabrico se use para dañar la naturaleza de forma alguna. Y eso se lo hago saber al cliente que después... bueno, hará lo que quiera. De alguna forma, yo aún confío en el espíritu medieval del valor de la palabra".
Paralelamente a los arcos, también por Internet y sobre todo para el exterior, Alfredo se dedica a la confección y venta de aviones a escala, pasión que tiene desde la niñez (su website es handmadescalemodelairplane.blogspot.com; el de los arcos está en reestructura). Hoy la crisis que se vive en el Primer Mundo, donde está su principal clientela, hace que en estos momentos se note una merma en el número de pedidos. "Tiempo atrás no tenía necesidad de tomar trabajos como ingeniero forestal. Y hoy si aparece algo, lo agarro".
De cualquier forma, esta actividad le ha permitido mejorar notoriamente su vida familiar. Y regala una norma de oro para todos aquellos que quieran tirarse al agua con cualquier emprendimiento, novedoso o no: "Hay un público que está dispuesto a pagar lo que sea por algo, pero ese `algo` tiene que funcionar, jamás podés ofrecer una cascarria".




