Otro día ajetreado en el trabajo y, una vez más, ese deseo irresistible de devorar una tableta de chocolate, comer unas galletas o disfrutar un rico helado. Es el efecto del estrés, esa situación de urgencia que pone en tensión al cuerpo y que, cuando es momentáneo, suprime el apetito. Pero de lo contrario, si dura mucho tiempo, lo aumenta, llevando a la persona a querer comer con ansiedad algo dulce, algo calórico o, también, a beber alcohol. Al menos en el momento, esto logra calmar la tensión nerviosa, pero en el largo plazo aparecen los kilos de más, el desánimo y finalmente más estrés.
La buena noticia es que hay maneras de controlar este círculo vicioso, para evitar comer compulsivamente y superar en parte la ansiedad de la vida diaria.
Cuando el estrés es agudo, el cerebro libera una hormona desde el hipotálamo que suprime el apetito. "Es como si entrara un león a nuestra habitación. En ese momento, nadie piensa en comer, sólo pensamos en salvarnos", dice Mónica Manrique, médico nutricionista de la Clínica UC San Carlos, en Chile. Pero cuando la emergencia se mantiene en el tiempo, el cerebro estimula las glándulas suprarrenales que liberan cortisol, hormona que aumenta la motivación en general, incluidas las ganas de comer.
En todo caso, lo claro es que el estrés modifica nuestro apetito y hace que busquemos ciertos alimentos y no otros. "Las grasas y el azúcar hacen que los alimentos se sientan más apetitosos, porque aumentan el placer en el paladar", explica esta especialista. Y agrega: "Se ha demostrado que estos nutrientes tienen un efecto adictivo, ya que elevan la serotonina y la dopamina, neurotransmisores asociados al placer".
Esto logra calmar el nerviosismo de quien está estresado, lo que lleva a la persona a buscar estos alimentos cada vez que se siente tensa.
Pero no sólo esto lleva a una persona fatigada de los problemas de la vida cotidiana a subir de peso. Según investigaciones de la Universidad de Harvard, en estos casos se agregan problemas de sueño, el afectado deja de hacer ejercicio porque se siente permanentemente agotado y tiende a beber más alcohol.
Como consecuencia de lo anterior, la persona no sólo aumentará algunos kilos, sino que tendrá un mayor riesgo de desarrollar hipertensión, de sufrir un infarto y de tener diabetes.
Ellas más sensibles. Existe una diferencia de género. Algunos trabajos revelan que mientras las mujeres estresadas se inclinan más por comer, los hombres prefieren beber alcohol y fumar.
"Las mujeres tenemos una relación amor-odio con la comida, es como el amante prohibido. El hombre, por su parte, es mucho más relajado en esto", explica María Ignacia Burr, psicóloga clínica, especialista en trastornos de la conducta alimentaria de Clínica chilena Las Condes. Según esta profesional, lo importante es ser flexible.
"Hay que saber que un bebedor o un fumador puede proponerse dejar el alcohol o el tabaco, pero la comida no la podemos dejar, debemos saber manejarla", dice. Comer saludable y hacerlo cada cuatro horas debe ser una disciplina.
Los consejos de los expertos no son novedad: mejorar la alimentación disminuyendo el azúcar, las grasas y la sal y aumentar la actividad física. Realizar meditación y yoga durante 30 minutos diarios también es un "cable a tierra", aseguran los especialistas. (El Mercurio / GDA)