GENERACIÓN ESPONTÁNEA
Estos días hemos visto con asombro las escenas de la destrucción de un caserío en la playa de Punta del Diablo difundidas por los informativos televisivos. El mismo asombro de los que presenciaron en el propio lugar ese cataclismo producido por una implacable máquina amarilla en cumplimiento de una orden municipal. También me hago cargo del sentimiento de los dueños de las casas y cabañas que vieron con impotencia y resignación cómo en menos de cinco minutos su ranchito a la orilla del mar era convertido en escombros. Hasta hubo alguien que prefirió quemar su vivienda antes de que la piqueta fatal de la Intendencia de Rocha se la tirase. También hubo llantos, gritos de protesta y hasta detenciones por parte de la policía que controlaba el operativo.
No pretendo aquí reflexionar sobre quién tiene la razón en el contencioso de fondo, si la Intendencia o los ocupantes de los terrenos fiscales. De un lado se presentaron recursos de amparo y del otro se dijo que esos recursos fueron desestimados por el juez. Pero en los hechos, el inicio del proceso de destrucción de setenta viviendas en una playa de bella geografía ya debe haber recorrido el mundo que, por supuesto, está acostumbrado a ver esos cataclismos originados por tsunamis o terremotos. Y lo que muchos se preguntan, incluido yo mismo, es cómo antes se permitió construir y qué tipo de permisividad u omisión oficial dejó acumular edificación tras edificación sin que nadie advirtiese que eso no se podía hacer. Desde mi punto de vista en esto radica la responsabilidad principal por lo sucedido. También agrego que es de sentido común -y no de ordenanza municipal o el reglamento que se invoque- comprender que en el espacio de una playa pública no se puede levantar la entrañable casita de balneario que el imaginario nacional tanto ha idealizado.
En relación a ese sueño dorado tan uruguayo puede inferirse que lo de Punta del Diablo es su transformación en pesadilla. Quizá esa destrucción sea un símbolo de muchas cosas, además del resultado de la desidia oficial que nunca se opuso a esa especie de invasión de okupas veraniegos. Porque está claro que la mayoría no vivía de manera permanente en ese grupo de casas y hasta las alquilaban a terceros.
Esto forma parte, también, de la gran marcha hacia el este de nuestros sueños veraniegos. El sueño inaugural de Francisco Piria que impulsó la copia vernácula de un balneario de la Costa Azul o la costa genovesa. El sueño de la casita en la playa que nuestra pujante clase media llevó adelante en la que hoy es la Costa de Oro, sumando urbanizaciones y nombres pintorescos a la costa canaria del Río de la Plata, y que hoy padece problemas que han hecho colapsar su infraestructura porque pasó de balneario a ciudad de afincamiento permanente. El sueño de Punta del Este, el balneario más importante de América del Sur, desarrollado a impulsos de una fuerte presencia argentina. Y de ahí a La Barra, Manantiales, José Ignacio y luego todos los enclaves oceánicos de Rocha con La Paloma como centro y La Pedrera en carnaval como problema. El mapa detalla esa migración nacional hacia un edén que, afincado en el imaginario colectivo antes que en un territorio, revela la necesidad de una huída al este o, menos linealmente, hacia un borde donde haya arena y un horizonte de río o mar para contemplar y no hacer nada. Todo eso tuvo siempre un signo de conquista, de pionerismo si se quiere. En algunos lugares, como Punta del Diablo, la consigna pareció ser: "Arena para el que la ocupa y construye precario". Quizá no se trata de un acto de mala fe o una avivada, acaso es el impulso irrefrenable y atávico de acceder a un lugar al sol.
Todo esto es, además, el resultado de ese "masomenismo" -más o menos legal, más o menos permitido- que impera en muchas zonas de nuestra realidad. Años de permisividad, amiguismo, vista gorda, descontrol municipal y el pensar que con voluntarismo, chapas y bloques uno se instala en cualquier espacio y construye lo que se le ocurre. O, en sentido contrario y desde el propio gobierno, cuando se propone vender las dunas del Polonio porque son improductivas.
Pero claro, ante la visión del operativo de Punta del Diablo, se pone a funcionar esa coartada moral tan nuestra, la piedad difusa, que con acierto definió Carlos Real de Azúa para describir un lastre espiritual que nos condiciona, y por momentos sentimos pena por los dueños de las casas, nos ponemos en su lugar y sufrimos su pérdida. Entonces compramos una historia de buenos y malos, maniquea y simplificada por el despliegue mediático que mostró viudas en crisis de llanto y madres jóvenes sentadas sobre sus petates mientras le demolían la vivienda. Espero que el lugar, una vez que pase la destrucción y el furor, recupere su condición natural y pública y no empiece a llamarse Punta de Escombros.