Propiedad privada

LIC. VERÓNICA MASSONNIER

Es interesante analizar hasta qué punto el concepto de la propiedad privada está instalado en nuestro imaginario. Hablamos de la "casa propia" y de los bienes materiales en general, pero de manera simbólica extendemos esta mirada hacia los seres que nos rodean (pareja, hijos, incluso mascotas), y muchas veces actuamos como si estuvieran allí para siempre como una propiedad más. En muchos casos, este sentimiento posesivo habilita la idea de que el "otro" está allí para cumplir con nuestras expectativas (hijos, pareja) o para obedecer (mascota). Pensemos cuántas veces en las historias de violencia doméstica está implícita la frase "vos hacés lo que yo diga".

Hace poco observaba un spot televisivo que sugería adoptar mascotas provenientes de los refugios para animales. Se cerraba con la frase "Sé su protector, no su propietario". El concepto me llamó la atención por lo removedor y desafiante de la idea que subyace. ¿Qué significa ser su protector y no su propietario? Sugiere una forma de relacionarse (en este caso con la mascota) que rompe con antiguos paradigmas y merece ser analizada. En este marco, el "dueño" de la mascota solamente lo es a término: ambos, individuo y mascota, van a compartir una etapa en el contexto mucho más largo de una vida. Propone cambiar la idea de "dueño" (que me confiere un poder a veces extremo sobre el otro ser) por un rol que sería más parecido al de "un compañero de vida" o "un compañero para una parte del camino". Podríamos cambiar la palabra "protector" por otra, pero igual queda planteada la idea de un tipo de relación diferente.

Este mismo cambio en el sentido de las relaciones está impactando de manera importante el concepto de pareja. Muchos estudios señalan que el modelo actual ya no sería el de la pareja "para toda la vida" sino más bien el de las "monogamias sucesivas": la expectativa no sería entonces la permanencia ante todo, sino más bien establecer un marco de contención, afecto y compromiso "mientras dure". Aquí también cabría una frase tal como "sé su compañero de ruta, no su propietario". Este modelo desafía profundamente, no solamente los valores conservadores, sino también la expectativa de "seguridad" implícita en lo más profundo de todo ser humano.

Y esto se extiende también a los bienes más materiales y tangibles. ¿Poseemos dinero en el banco? Para todos está claro que, en un mundo financiero cada vez más virtual, el dinero puede esfumarse o perder su valor de un momento para otro. ¿Y qué podemos decir de la casa? En la sociedad uruguaya, la "casa propia" fue una de las aspiraciones más generalizadas: "los ladrillos permanecen, los ladrillos son seguros". Ahora bien, esto es válido para Uruguay hoy, pero ¿qué pueden decir tantas familias chilenas cuyas casas se han derrumbado como un castillo de naipes? O los Estados Unidos, donde la crisis de las hipotecas ha determinado que un enorme conjunto de familias perdiera la casa que consideraba "suya".

Por lo tanto, hoy se nos presenta la necesidad de replantearnos el concepto de la "propiedad privada". Tanto en lo interpersonal como en lo material, las evidencias apuntan de manera cada vez más fuerte hacia la necesidad de adaptarnos a nuevas formas de relación, tanto con las cosas como con las personas. El resultado: vínculos humanos menos posesivos y más basados en la horizontalidad.

La sensación es extremadamente removedora. Remueve los cimientos de un conjunto de creencias que sustentaron a muchas generaciones. Claramente, la respuesta pasa por desarrollar una mayor confianza, tanto en la vida como en las demás personas: si las seguridades materiales se tambalean a cada paso, lo único que queda es confiar en que la vida proveerá. Si los seres humanos que nos acompañan pueden retirarse en cualquier momento, lo único que queda es desarrollar la fuerza interior para vivir de la mejor manera posible este mundo de cambios. He aquí una tendencia fuerte, y tal vez uno de los mayores desafíos de esta década.

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