Promesas vanas

IGNACIO ALCURI

Un día se terminó el Mundial. Uruguay recibió un par de estocadas quirúrgicas y quedamos ahí, justo ahí, a punto de empezar a creérnosla. Las publicidades empezaban a parecerse a la tanda argentina y Gorzy amenazaba con dejar sin laburo al pulpo Paul. Pero el planeta se estabilizó.

Y mientras por estos lares llegó la hora del merecido festejo, allá en Sudáfrica comenzaron las tareas de limpieza, como el dueño de casa que despide a sus amigos en la puerta y a la vuelta se encuentra con la casa llena de vasos y platos sucios, puchos en las macetas y una persona que jamás había visto en su vida, tirada sobre sus propios fluidos.

Las fachadas de cartón que cubrían las casas humildes de Johannesburgo fueron retiradas, y las vuvuzelas se donaron a la industria armamentista, para ser fundidas y fabricar balas, con lo que causarán un daño mucho menor.

Para muchos (artesanos, guías turísticos, carteristas) el trabajo grande acaba de culminar. Pero para un grupo importante de personas, la tarea recién comienza.

Muy pocos saben que Joseph Blatter, presidente de la FIFA, es escribano. Y también lo es su antecesor, Joao Havelange (iba a poner "era", pero el longevo brasuca continúa presidiendo su vida, a los 94 años). Como verán, esto no es una casualidad.

La FIFA es la organización internacional que más escribanos tiene a su cargo, superando al gobierno de los Estados Unidos y a Burócratas Sin Fronteras. Son más de 10.000 los notarios que pasan gran parte del año en la sede subterránea de Zúrich, esperando ser despachados a cualquier parte del globo.

Precisamente en estos días comenzarán su viaje más importante, que se repite cada cuatro años, hasta el país que se alzó con la Copa del Mundo. Los aeropuertos españoles se llenarán de escribanos en cuestión de horas.

Es que antes de cada justa deportiva, pero en especial cuando se juega algo tan importante como un Mundial, son miles quienes prometen cualquier cosa con tal de que su selección consiga el primer puesto.

¿Cuántos de nosotros prometimos ir caminando de aquí a algún balneario si Uruguay lograba el título, sabiendo que no teníamos intención de hacerlo? Para eso están los escribanos. Para acompañarnos en un automóvil mientras caminamos a Marindia, asegurándose de que nuestras palabras no fueran en vano.

Claro que sólo se preocuparán por las promesas españolas. Que todos esos hombres y mujeres que prometieron raparse, pasen lo antes posible por el peluquero. Que miles se tiñan el cabello de colores brillantes, cientos comiencen a ir al gimnasio y unos cuantos finalmente dejen a sus parejas.

Las promesas increíbles están fuera de discusión. "Si España sale campeón, voy volando hasta Marte", no tiene sentido, ya que los viajes tripulados a Marte todavía no se regularizan. Pero si un listillo prometió tirarse de un octavo piso en caso de ganar el Mundial, quédense tranquilos que allí estarán dos o tres escribanos para tomarlo de sus extremidades y arrojarlo por el balcón.

Es un asunto serio. Si el 51% de las promesas no se concreta, el Mundial es declarado nulo y no hay campeón. En ese caso la FIFA se encargará de modificar la historia para que jamás vuelva a mencionarse lo ocurrido.

Precisamente fue lo que ocurrió cuando Chile ganó el Mundial de 1942 y sus ciudadanos se negaron a arrojarse a las heladas aguas del océano. O cuando Estados Unidos ganó en 1946 y nadie cumplió las locas promesas pacifistas. Muchos de ustedes se están enterando de esto recién ahora. ¿Vieron qué bien trabaja la FIFA?

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