LEONEL GARCÍA
Javier Barrios hacía cola en la Facultad de Ingeniería. Estaba frente a una decisión crucial en su vida: qué especialidad seguir. Computación era la única que no tenía clases los sábados de tarde, la única que le permitía ir a ver a su amado Miramar Misiones que entonces, como casi siempre, estaba en la "B". "Para mí no había elección posible", dice este ingeniero en sistemas de 31 años, con la misma convicción con la que sostiene que Central, Peñarol y Nacional son sus "hijos".
Una cosa es ser fanático, y otra ser fanático de un cuadro muy chico, virgen en títulos de Primera y con hinchas que se pueden contar en la tribuna. Danubio o Defensor han sido campeones. Cerro o Rampla tienen gran arraigo popular. Esta es otra realidad: es el amor a unos colores a cambio de esporádicas alegrías, de risas o llantos compartidos por un puñadito de gente, de ser el raro de la clase. Pero, ¿desde cuánto se puede cuantificar la pasión?
JAMÁS SOLOS. El sociólogo Leonardo Mendiondo, especializado en temas del deporte, cree que suponer que el hincha de un club "intrascendente" del punto de vista de su popularidad o pretensiones está condenado al ostracismo, "es suponer que solo hay una forma gratificante de vivir la experiencia deportiva: el triunfo". Y es cierto que en muchos de estos casos, el sufrimiento y la derrota frecuente es una bandera que estos hinchas suelen levantar con orgullo.
"Para mí, salvarme del descenso es como ganar la Libertadores". Fabián De Negri (31), hoy desocupado, ha seguido a todos lados a su amado Rentistas.
Viajó a Tacuarembó "con toda la barra" -unos 12- en una combi. "Era verano, cuatro de la tarde, no sabés... los carros de caballo iban más rápido que nosotros". Contra Deportivo Colonia, "la barra" erró de ciudad y llegó a Colonia del Sacramento cuando el partido se jugaba en Juan Lacaze. "Llegamos para el segundo tiempo".
Errar un gol en la hora contra Liverpool terminó con un piñazo al alambrado y 18 puntos de sutura. Ganarle 3-0 a Peñarol significó huir despavorido de una barra carbonera iracunda. "Ocho contra 400 no era pelea, nos metimos en el primer ómnibus que encontramos".
Dice que ahora se armó una buena banda de aliento: "Somos como veinte". Uno de ellos tuvo un hijo; compró una camiseta roja y le puso la sigla C.A.R. (Club Atlético Rentistas). "El suegro lo quería matar, y él contestó que nosotros tenemos que procrear para que sigamos existiendo", ríe.
Enseguida se pone serio, y solemne. "Vos perdés más de lo que ganás. Vos no vas por los resultados. Vas por la camiseta, ni siquiera por los jugadores. Es que acá no hay ídolos, hay referentes".
Su locura, reconoce, es difícil de entender. "Mis suegros son de Peñarol y me cargan. Claro, ¿cómo se explican que yo vaya al Cerro a las 10 de la mañana, a perder con Huracán del Paso, y a la otra semana ya estás loco por volver a la cancha? No preciso tener mil personas atrás. Mirá, con que yo esté, Rentistas va a ser como como el Liverpool inglés", compara De Negri, rozando la herejía, "cuya hinchada canta You`ll never walk alone (Jamás andarás solo)".
PERTENENCIA. Mendiondo (simpatizante de un grande) no cree que un fanático de estos cuadros represente una categoría distinta de hinchas. "La gran diferencia es entre un hincha `militante` del que no lo es". Sin embargo, la academia y la pasión futbolera no suelen coincidir.
"Acá el hincha tiene un sentimiento mucho más de pertenencia que el de un cuadro grande. Tal vez por eso dice que lo que es de muchos no es de nadie", reflexiona Walter Altuna (63), hincha de Sud América de toda su vida.
Muy nostálgico, este empleado de una empresa de marketing añora las épocas de oro de su club, cuna de Alcides Ghiggia y Omar Míguez, glorias de Maracaná. "Eso fue entre los 60 y 70, cuando le jugábamos de igual a igual a todos".
Esos buenos años reflejaban la bohemia de aquella época. "Los jugadores iban a tomar copas a la sede, ¡se mandaban los tales caliboratos! Los propios hinchas pagábamos `la vuelta`. A algunos había que meterlos bajo una ducha fría, para que jugaran". Sentido de pertenencia...
CORAZÓN. La tradición familiar puede tirar para decantarse por un club; pasó con Barrios, De Negri y Altuna. El barrio también (Altuna y De Negri). O también está el orgullo de ser uno de los padres de la criatura. Es el caso de Milton Codesal (72), fanático y socio de El Tanque desde su fundación, en 1955. Importante aclaración: todos los hinchas consultados para esta nota son socios del club de sus amores. Y, salvo De Negri, todos han sido dirigentes en alguna época. Chances que da la escasez de gente.
Codesal hace diez años que no va a ver a su equipo, justo cuando juega en Primera. "Tengo miedo", dice. No teme a la violencia en las tribunas sino a que su corazón no resista la emoción. "Una vez fui con suero a verlo. Estaba en el Hospital Español, no había nadie cuidando, me desconecté, me tomé un taxi y fui a verlo contra Italiano, a la cancha de Misiones. Cuando mi hija tenía seis o siete años se tiraba a llorar en la cama cuando me iba a ver a El Tanque... tenía miedo que no volviera (se emociona)... macanas que uno se da cuenta hoy".
Codesal habla de "jugadorazos" como "el Pocho Sotelo" y "el Lolo Lombardo", narra historias de "partidazos". En su kiosco guarda como un tesoro una foto de El Tanque "allá por el `58 o `59", jugando un preliminar en un Centenario vacío. "Las pequeñas alegrías que vivimos duran hasta hoy". Con eso es feliz.
"Yo fui de Peñarol de chiquito y te puedo asegurar que no tiene nada que ver", dice el ingeniero Barrios. "Está el tema de la incondicionalidad, el de ser más hincha en las malas. Bancarte el `no subís más`, `sos de la B`, `perdés y vas igual, boludo`. No es algo que se pueda explicar. Es como estar casado y bancarte lo que venga, y en las malas unirte más. Y un triunfo ante un grande lo gritás el doble. Es un grito contra el mundo". Altuna es más resignadamente pragmático: "Sinceramente, hoy el equipo no me da ninguna satisfacción. Pero a esta altura de mi vida no voy a cambiar".
A veces, la academia y la pasión coinciden. Mendiondo habla de lazos "absolutamente inmodificables" entre un hincha y unos colores. "Podremos cambiar de barrio, de trabajo, de pareja, pero la lealtad hacia nuestro club, por pequeño que este sea, nunca nos abandonará", concluye.
Soltería por la cancha
Javier Miranda está soltero, y cree que Miramar tiene su qué ver. "Cuando inicio una relación les digo que no están obligadas a acompañarme a la cancha, pero que eso no les da `puntos`. Y yo siempre (lo recalca) voy a ir a la cancha". En la de Basáñez una vez salió bajo una lluvia de pedradas.
Amores mortíferos
El corazón de Milton Codesal ya ha sufrido mucho por su amado El Tanque. Varias veces iba a la cancha y terminaba en el médico. "Cuando ascendimos en el `90, no debería haber ido a la cancha por problemas cardíacos. Pero en el partido final, con Sud América, me tomé tres `pichicatas` y fui".
Una sede en la casa
Fabián De Negri está absolutamente convencido que Rentistas-Cerrito es "el tercer clásico del fútbol uruguayo", después de Nacional-Peñarol y Rampla-Cerro. En su casa, asegura, hay más cosas del club que en la propia sede social, incluyendo la camiseta negra de alternativa.
Un pedido a la UNESCO
Walter Altuna (izquierda) debió asumir como dirigente de Sud América "por descarte, es que no había gente". Sombrío, asegura que su hinchada "debería ser declarada por la Unesco como especie en vías de extinción". Antes, su esposa lo acompañaba a la cancha. "Pero se pudrió de vernos perder".
QUÉ HACE A UN HINCHA
Perdurabilidad, igualdad, y revancha a los pocos días
Una nota de estas características tiene sus inconvenientes. La pasión futbolera está en las antípodas de una ciencia exacta. Entonces, definir qué equipos son el arquetipo del "chico", da lugar a interminables discusiones. ¿Por qué estos cuadros y no otros? En todo caso, ¿hay algo de masoquista en ser hincha de estos equipos? Si de instituciones "en desarrollo" (eufemismo futbolístico si los hay) se habla, no tienen los títulos de Defensor, la hinchada de Cerro o la historia de Wanderers. Peñarol y Nacional, directamente, están en otra galaxia. "El hincha define su pertenencia por criterios que van más allá de lo estrictamente deportivo", sostiene el sociólogo Leonardo Mendiondo, docente e investigador. "Una de ellas es la perdurabilidad institucional. En un medio social donde todo rápidamente cambia, el club es un referente inmutable que siempre ha estado y seguirá estando más allá de los cambios que han modificado otro aspecto de nuestra vida social. Otra característica es la capacidad de convocatoria que en principio es irrestrictiva, dado que la tribuna tiene un efecto igualador que ningún otro ámbito de la sociedad puede alcanzar: en la tribuna no existe el ingeniero, el mecánico o el doctor, existe el hincha. Finalmente, está la recurrencia participativa: es el único espacio social que nos ofrece la posibilidad de encontrarnos en forma recurrente con el éxito, y si este no se da, siempre nos queda la esperanza y la ocasión se difiere para dentro de pocos días, donde la chance de alcanzar el éxito se renueva".
Si de momentos de gozo se habla, Javier Barrios recuerda el Clausura 2003, cuando Miramar peleó la punta con Peñarol. Fabián De Negri el Clausura 1998, perdido con Nacional en la última fecha. Ninguno teme un futuro como el de Huracán Buceo (foto), considerado casi un "tercer grande" a fines de los `60 y principios de los `70 (algo absolutamente impensable para cualquier futbolero uruguayo de menos de 45 años), y hoy sin competir oficialmente.