Quien esté dispuesto a sacrificar sus vacaciones puede sacar un buen rédito del trabajo zafral. En Uruguay, miles de personas se emplean durante la temporada.
GABRIELA CORTIZAS
Que este es un país de servicios es algo que los uruguayos están acostumbrados a escuchar. Desde el Ministerio de Turismo, siendo conscientes y promotores de esta realidad, se lanzan año a año campañas incentivando a los extranjeros a que visiten estas tierras y, si es posible, acompañados.
Pero no sólo quienes viven fuera son objeto de esta invitación. Quienes residen en el país también son conminados a hacer uso de las virtudes del "Uruguay Natural" y a gastar sus vacaciones dentro de fronteras.
No todos, en cambio, pueden acatar la recomendación o prefieren no hacerlo y sacar rédito de la zafra estival. Este último es el caso de Lucía Lin, una joven de 24 años que sacrificó sus vacaciones y se fue a trabajar a Punta del Diablo. Aunque, corrige, "sacrificar" no es una palabra muy acorde, ya que casi todos son beneficios. "La verdad es que estás trabajando pero, quieras o no, no estás en la oficina o en Montevideo", dice.
Desde el 27 de diciembre se instaló en el Hostal del Diablo, donde trabaja como recepcionista. Al empleo no lo buscó, pero tampoco dudó en tomarlo cuando le llegó la oportunidad.
Si bien Lucía se licenció en Ciencias de la Comunicación hace más de un año, cuando una amiga de la infancia la invitó a trabajar en el hostal de sus padres por la temporada lo tomó como un desafío. No conocía el lugar. Tampoco a sus jefes. Menos que menos a sus compañeros de trabajo. Sin embargo, aceptó pasar en ese paraje el mes más movido del año en materia turística, lo que incluía estar lejos de su familia el día de Fin de Año.
"No me lo tomo como que no estoy haciendo algo para lo que estudié", dice y agrega que la experiencia es lo que más la está enriqueciendo. "Conocés gente todo el tiempo, gente de todos lados", y afirma que, más que clientes, son amigos.
Una de las características que identifican a la idiosincrasia uruguaya es esa: la calidez y la amabilidad de sus habitantes. Algo que por lo menos a Lucía le sale natural. "El 28 de diciembre, un día después de que empecé a trabajar, entró un grupo de brasileños. Mi cumpleaños fue el 29 y me lo quisieron festejar. Nos hicimos íntimos amigos y hasta somos de salir juntos", dice.
mirando el horizonte. Hace 17 años que Marisol Sabino, de 39, cuida la playa de la Parada 31 de la Mansa. Tiene claro quiénes son casi todos los que pisan la arena. Y a los que nunca vio les advierte sobre la profundidad del agua.
Aún conociendo a la perfección su playa y consciente de que es un trabajo de unos pocos meses, por la responsabilidad que conlleva, entrena todo el año en piscina y tierra para estar en forma en estas fechas.
"A veces son más difíciles los uruguayos que los turistas, porque creen que conocen nuestras playas. Pero nunca se sabe si pueden sufrir un calambre, o algo", cuenta y aclara que nunca le tocó presenciar una tragedia: "solamente sustos con personas mayores o niños, pero he salido del paso". Su labor es vocacional. "Me encanta este trabajo, porque se está al aire libre, con una vista espectacular, aunque tengo que estar permanentemente mirando el mar", concluye esta guardavidas que se preparó hace años en el ISEF.
La comuna fernandina cuenta con 177 guardavidas contratados exclusivamente por la temporada y unos 14 fijos durante el año. Si bien Marisol sólo trabaja en la arena durante el verano, en los meses restantes sigue desempeñando otras tareas para la Intendencia.
Sacrificio vs. placer. "Exigencia" e "intensidad" son algunas de las palabras que se cruzan en la cabeza de aquellos que evalúan trabajar en verano. Y es que muchos viven jornadas eternas, durmiendo a deshoras y apartados de sus hogares.
En este sentido, Lucía Lin está un poco alejada del prototipo de trabajadora zafral. "Estábamos llevando una vida totalmente de huésped", dice sobre sus primeros días en el hostal. No tiene horarios fijos y estos deben ser acordados entre las cuatro recepcionistas con las que cuenta el local.
Ellas mismas decidieron poner orden y ahora quien empieza la jornada a las ocho de la mañana se cuida de no llegar derecho de una trasnochada. Es a Lucía a la que le toca madrugar, pero se anima al pensar que tiene toda la tarde libre para ir a la playa con su hermana, quien está parando por la zona.
Otra de las cosas que esta recepcionista no siente es la lejanía de su hogar. Hace un par de años ya se había separado de sus padres, y unos cuantos kilómetros más que ahora. En ese entonces fue a España como estudiante de intercambio. Además, es muy probable que continúe sus estudios en Alemania, por lo que esta independencia le está sirviendo de práctica y para "juntar algunos pesos". "Lo puedo hacer ahora con 24 años, capaz que el año que viene voy a estar en otra", concluye.
Exigencia hay, aclara, ya que se tiene que armar de paciencia para enfrentar algunos de los reclamos de los huéspedes, quienes a veces se olvidan que están de vacaciones y en un lugar donde las comodidades naturales de la ciudad, muchas veces, se ven interrumpidas más de lo esperado.
Un ejemplo de esto es cuando se corta la luz en todo el balneario y los baños se quedan sin agua caliente. De un momento a otro, la recepción se ve inundada de huéspedes de todas las nacionalidades, reclamándole una solución que no está en sus manos.
Entre ruletas. Black Jack, poker, slots. Por segundo año consecutivo Eliana Duarte recorrió varios kilómetros de costa -de Colonia a Maldonado- para trabajar en el Casino Mantra de Punta del Este.
Estar lejos de su familia la afectó al principio, pero el rédito económico justifica eso y el cansancio de los primeros días por el cambio de horario. Su hora de salida es entre las seis y las siete de la mañana, luego duerme hasta las tres de la tarde, va un rato a la playa y de nuevo a trabajar. Algo bastante distinto a su rutina habitual en el casino de Colonia, en el que trabaja desde hace cuatro años.
En el resto, sus tareas son iguales a la de todo el año, con la ventaja económica, claro. Por eso volvió.
Requisitos. Ser joven es una ventaja fundamental para este tipo de empleo. Así es más factible que la persona soporte los cambios de ritmo y de rutina que implica el trasladarse y realizar actividades que, quizá, es la primera vez que hace. Aunque los adultos no se quedan afuera.
La psicóloga y gerenta de Recursos Humanos de la empresa auditora KPMG Virginia Fasano dice que es entre noviembre y diciembre cuando las empresas comienzan a contratar a quienes van a trabajar en verano. De esta manera, las personas llegan capacitadas y listas para trabajar durante la temporada. "En Uruguay, la mirada del empresariado es de mediano y largo plazo", afirma y cuenta que en materia turística la mayor demanda se da en toda la costa y Montevideo.
Según cifras del Ministerio de Turismo, en 2009 los menores de 40 años concentraron casi la mitad de los puestos de trabajo en las áreas relacionadas a la gastronomía y la hotelería. Además, comparando las cifras con el año anterior, la demanda de personas entre 28 y 37 años fue la que más creció.
Por lejos, además, se destaca la ocupación de los hombres. En todo el año 2009, el área turística ocupó a unos 79.071, mientras que la cifra de las mujeres llegó solamente a 47.758 empleos.
Pero los requisitos, por supuesto, dependen del puesto de trabajo y de lo que busque cada empleador.
El otro lado. En un país donde, según cifras del Poder Ejecutivo, el turismo ocupa el 6,1% del valor total de la economía, es importante que tanto el Estado, como los trabajadores y los empleadores pongan su máximo esfuerzo para que el turista regrese y, si es posible, acompañado.
Un papel fundamental lo ocupa, por ejemplo, Raisa Fuentes, quien junto a su hermano y su madre son propietarios de un restorán de Punta del Diablo. Ella sabe que en su local todo es importante, desde el sabor y la presentación de los platos hasta la disposición de los muebles.
Hace siete años que comenzó el negocio familiar y la experiencia los llevó, un poco voluntariamente y otro poco no tanto, a que los roles estén bien definidos. Su madre es la vedette de la cocina, y con la ayuda de su hermano preparan los más diversos platos. Raisa es, según ella misma se define, la que se ocupa de la gerencia y la administración del local, ayudada por sus estudios, que aún cursa, en relaciones laborales y turismo.
Cada verano, cuenta, una gran cantidad de personas se acerca hasta Punta del Diablo con la intención de instalar algún local de servicios en la zona, incrementándose temporada a temporada por la popularidad que ganó el balneario y sumándose a los que permanecen todo el año. Otro tanto se acerca a solicitar empleo, lo que, junto con la llegada de turistas, hace que la situación roce lo caótico.
"La gente que contrata no tiene mucha seguridad de a quién está contratando porque no hay una empresa de trabajo, no hay una agencia de contrataciones. Y la gente que viene a trabajar tampoco tiene mucha seguridad de que el que lo va a contratar va a cumplir determinadas normas para que él pueda trabajar bien", afirma Raisa, quien prefiere emplear a residentes de la zona o a personas ya conocidas.
Además, a su entender, la fugacidad del trabajo lo hace vulnerable a ciertas prácticas. "Al empleado lo único que le importa es trabajar, que le paguen e irse. Y al empleador lo único que le importa es que le trabajen. Hay como una especie de acuerdo y de contrato psicológico", reflexiona.
Raisa integra una ONG de Punta del Diablo y de la Corporación Rochense de Turismo que en 2010 capacitó a más de 200 personas para que sean contratadas en su propio departamento. Afirma que "a veces pasa que viene gente de afuera más capacitada, o no, y como es de afuera se contrata".
Este año, su restorán refuerza su personal durante la temporada con dos empleadas de Treinta y Tres, "madre e hija", a las que les promete horario cortado y un lugar cómodo en el que instalarse durante el verano. ¿Cómo las contrató? Realizando llamadas y pidiendo varias referencias.
Trabajos que no incluyen alojamiento
Cuatro horas de viaje en ómnibus todos los días le lleva a Pablo, quien prefirió que no se publique su apellido, llegar a su trabajo y luego volver a su casa. "Como está mi novia acá, prefiero hacer un sacrificio y viajar", dice y cuenta que alojarse en Punta del Este, donde se encuentra el hotel que lo empleó, le saldría más o menos lo mismo.
Es la primera temporada que aplica sus conocimientos en cocina, encargándose del buffet de ensaladas y los banquetes para eventos. "Por el sueldo vale la pena. Pero más que el sueldo es la experiencia. Aprendés muchísimas cosas más que durante el curso", asegura. Y, como ir solo a la playa no le gusta, recorre 300 kilómetros por día.
Si el nuevo empleado proviene de otro departamento u otra localidad, como se repite en los diferentes balnearios del país por la demanda, es indispensable que se le aclare si el puesto viene acompañado de un lugar donde pasar la noche o el día.
En muchos casos esto sucede, e incluso se les ofrece también la comida. Si no es así, el postulante deberá definir si se traslada diariamente hasta su lugar de trabajo, se instala en la zona o, simplemente, el salario no lo amerita.
En su caso, Pablo no lo dudó. En el viaje, duerme, y mientras se le cuelan algunos de los deseos que se le hicieron realidad. "Mi sueño era entrar acá y mi sueño sería seguir", dice, aunque si no se le cumple, buscará desarrollar su pasión en Montevideo, cerca de su novia.