Por qué escribimos? Esa es la pregunta que aceptaron responder cuatro autores uruguayos. "Para obtener un vínculo fraterno con el lector", confiesa Sylvia Lago, nacida en Montevideo, egresada del Instituto de Profesores Artigas, docente de enseñanza secundaria y terciaria, y directora del Departamento de Literatura Uruguaya y Latinoamericana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Lago es autora de las novelas Trajano (1960), Tan solos en el balneario (1962), La última razón (1968) y Saltos Mortales (2001), La adopción y otros relatos, Antología Personal (2006); además de varios cuentos memorables.
Para el dramaturgo, director y actor Gabriel Calderón, la escritura es una forma de expresión que no estaba en su libreto: "Es algo que nunca planeé, incluso rechacé durante mucho tiempo". Las cosas cambiaron desde entonces: no sólo ha publicado 14 títulos sino que ha recibido 12 premios.
Cuando estaba en segundo año de liceo, Daniel Baldi soñaba con ser dos cosas: escritor y jugador de fútbol. A sus 30 años ambos sueños están cumplidos. Además de ser jugador de Bella Vista ha escrito siete libros, entre los cuales se destacan la saga de La Botella F. C. y Mi Mundial.
El reconocido Hugo Fontana afirma que quizás se escriba por la "aterradora sospecha de que si por alguna razón nos rondara la imposibilidad de escribir, nos rondaría la locura". Nacido en Canelones, en 1955, el periodista, crítico literario y escritor tiene una vasta producción en poesía y narrativa, entre otros El crimen de Toledo (1999), Veneno (2000) Quizás el domingo (2003), Un mundo sin cielo (2008), El noir suburbano (2009).
DANIEL BALDI
"Cuando aprendí a escribir en primer año de escuela, mi mamá, en ese entonces maestra de sexto año, comenzó, infructuosamente, a intentar que su tercer y último hijo, desarrollara el hábito de la lectura. Numerosos libros desfilaban ante mí en mi casa de Colonia del Sacramento, pero ninguno de ellos llegaba a despertarme la curiosidad, hasta entonces centrada en la pelota y los juegos del family game. Fue gracias a un amigo seis años mayor, quien había leído la saga Elige tu propia aventura, que lograría introducirme en tan maravilloso mundo. Esos libros me fascinaron desde el primer momento y llevaron a que mi espíritu, antes reticente a todo lo relacionado con las letras, comenzara a cambiar de opinión en forma drástica. Con mis dos pasiones ya bien definidas, fútbol y lectura, en segundo año de liceo comencé a soñar con ser un gran jugador de fútbol, y por qué no, un gran escritor. Escribía cuentos cortos (malos), de no más de dos carillas de cuaderno, con la intención de llenar páginas en blanco como mis ídolos, Stephen King, J R R Tolkien y Edgar Allan Poe, lo hacían en sus trepidantes relatos. Era muy desalentador cuando leía lo que había escrito y me daba cuenta que no me parecía a ellos en nada. Fue en cuarto año de liceo, luego de varios cuentos cortos, que llegué a escribir mi primera novela. Siempre anhelé parecerme a los escritores antes mencionados, lo mismo que en el fútbol soñaba ser como Enzo Francescoli, y hasta hoy, en ambas profesiones, sigo intentando parecerme a ellos. Debo reconocer que nunca lo logré. Pero mi obstinada y pertinaz insistencia hace que todavía hoy siga entrando a una cancha y enfrentando una hoja en blanco con el mismo deseo de cuando tenía quince años".
SYLVIA LAGO
"Hace tiempo leí la respuesta de Gabriel García Márquez a una pregunta similar: `Escribo para que me quieran`, contestaba. Desde entonces -salvando la enorme distancia existente entre su magnífica y universal literatura y mi modesta obra-, comparto plenamente su aseveración. Escribo para obtener un vínculo fraterno con mi lector, confiándole a través de mis personajes y escritura, algo de mi mundo interior: fantasmas y fantasías, miedos, preocupaciones y alegrías, desesperanzas e ilusiones. Intento generar con mi destinatario -ese `otro` casi siempre desconocido que accede a mis textos- un vínculo de solidaridad, como ocurrió cuando, tanto tiempo atrás, escribí -sin conocer todavía la respuesta del gran Maestro-, mi primer novelita, Trajano, que aún hoy algunos lectores recuerdan con afecto. Esto no impide que mi literatura sea a menudo angustiosa, que muestre un contexto dramático, que trate de denunciar y dar testimonio de un mundo cada vez más caótico y amenazante. Deseo asimismo conmover al receptor transmitiéndole de qué modo busco comprender (y aceptar) esta fascinante y a la vez trágica aventura que es la del ser humano en el planeta".
GABRIEL CALDERÓN
"Porque pasó. Diría Cabrera: Sucedió. Es algo que nunca planeé, incluso rechacé durante mucho tiempo. Enfrentado a los datos de mi pasado en donde siempre fui un muy buen alumno en todas las materias menos en idioma español y literatura, no me quedaba más opción que pensar mis posibilidades por fuera de la escritura.
Debo decir que, más allá de que no supiese hacerlo, tampoco me interesaba escribir. Tal vez, todo venga por el lado de su opuesto y complementario, quiero decir: la lectura.
Siempre leí mucho, en la infancia leía cuentos que publicaba el diario La República y que mi abuela coleccionaba en la cabecera de su cama, así como los primeros contactos con Ray Bradbury y su Color que cayó del cielo que mi padre tenía en una colección que se había ganado de la Banda Oriental.
Accidentes, insinuaciones, hasta que un día me encontré escribiendo. Y así como varias cosas, al principio uno desconfía pero después uno le agarra gusto al asunto hasta que, como en mi caso, se transforma en algo vital.
Actualmente imagino mi vida casi de cualquier manera, menos sin la escritura.
Entonces si la pregunta refería a las causas originales, la respuesta sería el principio. Pero si la pregunta refería a las causas actuales, la respuesta sería el final. Escribo porque si no muero".
FONTANA: "DESPIADADA Y SALUDABLE SOLEDAD"
"Me resulta inevitable, a la hora de acercarme a una respuesta para esa pregunta tan vasta y al mismo tiempo tan personal, remitirme a algunas palabras de Juan Carlos Onetti, a quien considero mi maestro en todo sentido, sin endilgarle ninguna responsabilidad por la providencia de su alumno: `Cuando un escritor es algo más que un aficionado, cuando pide a la literatura algo más que elogios (…) podrá verse obligado por la vida a hacer cualquier clase de cosas, pero seguirá escribiendo. No porque tenga un deber a cumplir consigo mismo ni una urgente defensa cultural que hacer, ni un premio ministerial para cobrar. Escribirá porque sí, porque no tendrá más remedio que hacerlo, porque es su vicio, su pasión y su desgracia`.
Vicio, pasión y desgracia. Pura fatalidad, se podría agregar a la ecuación, pero en ningún momento pena ni sufrimiento. Lo enorme y lo pequeño, la ebriedad y la costumbre, la euforia y la calma, el misterio y el más frío raciocinio: todo se mezcla en el proceso de escribir. La más despiadada y saludable soledad, la más suave y saludable caricia. La aterradora sospecha de que si por alguna razón nos rondara la imposibilidad de escribir, nos rondaría la locura.
Recuerdo haber visto hace unos años un documental sobre las mujeres que en Estados Unidos se casan con aquellos presos que cargan con las condenas más severas, incluso la pena de muerte. ¿Qué las lleva a eso, dejando de lado la eventualidad de cierto protagonismo mediático? Supongo que un extraño e incontrolable vértigo, una sensación de abismo, pasión y misericordia, el reino de lo furtivo y de lo imposible. Algo así, después de todo, es el vínculo que uno ha establecido con el oficio de escribir.
Pero también uno escribe, y vuelvo dos veces más a Onetti, para `durar en una ciega, gozosa y absurda fe en el arte, como una tarea sin sentido explicable, pero que debe ser aceptada virilmente, porque sí, como se acepta el destino`. Y, además, `porque hay tres cosas que a mí me han sucedido, me suceden, que tienen similitud: una dulce borrachera bien graduada, hacer el amor, ponerme a escribir`".