LIC. VERÓNICA MASSONNIER
La estética ha sido fundamental en la historia de la humanidad. Por momentos parece que en nuestra época la exigencia con respecto a la apariencia personal se hubiera acentuado, pero basta analizar diversas etapas del pasado para darnos cuenta de que la belleza como ideal forma parte de los conceptos que podríamos llamar universales.
Hoy estamos en un punto en que el cuerpo ha cobrado un protagonismo muy especial. La tendencia a mostrarlo supone a la vez una preocupación para que esté en condiciones de hacerlo: un cuerpo cuidado, sano y hermoso sería entonces una manifestación de autorrealización. En cambio, las personas obesas muchas veces sienten que se las mira con cierto menosprecio porque parece que ellas no pudieran controlarse, como si hubiera en la base cierta debilidad.
Algunos autores hablan hoy de "el hambre de perfección" y señalan que, de manera creciente, la apariencia física se convierte en un obstáculo o un facilitador para lograr espacios laborales; se habla incluso de la discriminación que pueden llegar a sufrir las personas que no coinciden con la imagen ideal. Como respuesta aparece el concepto de "adictos a la belleza" (fanáticos de gimnasios, en continua búsqueda de productos y tratamientos para distintos fines) y también de "adictos a las cirugías estéticas". En diversos países se señala -con preocupación para muchos- el crecimiento de este recurso entre adolescentes.
¿Qué pasa con la belleza y el poder? Aunque muchas veces en el pasado se dijo que el poder es en sí mismo hermoso y que las figuras que lo representan son admiradas y deseadas más allá de su aspecto físico, posiblemente estemos asistiendo a la transformación de esa creencia.
Cada vez más, quienes tienen un perfil público van aceptando la necesidad de asesores, o son ellos mismos los que trabajan en la definición cuidadosa de su presentación física. Esto no significa que todas las personas de alta exposición tengan que responder a la misma estética cuidada: por el contrario, algunas manejan cierto desaliño como parte de un discurso de transgresión, o como forma de manifestar su rechazo a las convenciones y formalismos. Pero, incluso en esos ejemplos, la imagen física sigue siendo un vehículo de comunicación tanto o más efectivo que las palabras.
Y en este mundo de alta exigencia aparece un nuevo espacio de consultoría: los asesores de imagen. Antes limitados a las figuras del espectáculo, cobraron importancia también en el mundo de la política (con disgusto de algunos electores, que sintieron que esto restaba parte de la autenticidad del candidato). Ahora, el rol de asesor de imagen se abre camino en el mundo de las empresas y entre el público en general.
Así, en el imaginario de nuestro tiempo mantener un cuerpo "diseñado" según la voluntad sería otra expresión de dominio de la naturaleza, de poder, de control.
En ese contexto, todos los recursos para modificar las realidades que no nos satisfacen se van integrando intensamente. El hecho de haber pasado por cirugías estéticas ya no se oculta como ocurría antes, sino que se exhibe como un elemento más de poder económico y de autoestima. La sociedad parece decir ¿Por qué tener un cuerpo que no nos satisface si podemos cambiarlo? ¿Por qué aceptar una realidad que no consideramos deseable?
Para los detractores de esta tendencia, esa búsqueda de dominio sobre el cuerpo se parece a la realidad de transformación de la naturaleza y el medioambiente. Estas corrientes piensan que, así como el planeta emite sus "protestas" ante las acciones humanas que pretenden dominarla, así también el cuerpo se ve vulnerado al sufrir constantes "invasiones" en pro de la belleza.