IGNACIO ÁLVAREZ
A iniciativa del Partido Colorado se conmemoraron "25 años de democracia". Una celebración en la que los partidos políticos se mostraron unidos, aplaudiendo la trascendencia del sistema reinstaurado en 1985. "La democracia tiene valor cuando se pierde; mientras tanto no le damos valor", según lo reconoció nada menos que el presidente tupamaro José Mujica. Aunque no sé hasta qué punto los uruguayos valoramos la democracia, ni siquiera en tiempos de dictadura. ¿O acaso olvidamos cómo en el plebiscito de 1980, un 43% de la población votó por que los militares se mantuvieran en el poder?
Desde entonces tampoco hemos evolucionado mucho, considerando que el año pasado una encuesta arrojó que más de un 36% de los democráticos ciudadanos uruguayos justificaría un golpe de Estado para combatir la delincuencia. Es más, en mi programa de radio, permanentemente recibo mensajes de oyentes que añoran la época de dictadura "porque por lo menos vivíamos seguros". Es que, ¿de qué sirve reconquistar la democracia y las elecciones libres, si no tengo la libertad de trabajar o caminar por la calle sin que me roben, me secuestren o me maten? El reclamo por seguridad es una desesperada y más que legítima exigencia. Y a muchos no les hace la diferencia que la libertad se la quiten los milicos en el poder o los pastabaseros en la esquina.
Por supuesto que entender la lógica del sentir de tantos uruguayos, no significa compartir su posición. Nada puede justificar resignar el derecho de los pueblos a elegir a sus gobernantes. Así como tampoco es cierto que en dictadura no hubiera delitos (y recordemos que hubo de los peores), ni que si hoy los militares conquistaran el poder, la delincuencia bajaría a los niveles de los ´80; porque la sociedad toda cambió, más allá de los gobernantes de turno. Pero es evidente el valor relativo que la democracia tiene para algunos.
Y el panorama es aún más desolador si se entiende a la democracia en su sentido más completo: no sólo como un sistema electoral donde mandan las mayorías, sino también como una forma de gobierno en la que se respetan las minorías, mientras están vigentes los derechos y las libertades inherentes a cada ciudadano. Y aquí sí que la democracia uruguaya tiene muchos menos adeptos. Porque con toda razón nos rasgamos las vestiduras cuando los demás avasallan nuestros derechos; pero a la hora de defender los derechos de los demás, no sólo no mostramos la misma indignación, sino que a veces incluso los negamos a cara de perro. O sino dígame usted, estimado lector, qué opina sobre las pésimas condiciones de los presos en las cárceles uruguayas.
-"Ah, pero esos son delincuentes", estarán respondiendo muchos.
-"¿Y con eso qué?", les contesto yo.
-"Que es diferente, porque ellos por algo están presos. En cambio nosotros no le hicimos nada a nadie y somos gente de bien que trabaja sin delinquir".
-"Y mi abuela plancha resortes", contestaría si fuera irrespetuoso. Tan irrespetuoso como lo son miles de uruguayos a la hora de defender nuestra Constitución, que en su artículo 26 establece que "en ningún caso se permitirá que las cárceles sirvan para mortificar, y sí sólo para asegurar a los procesados y penados, persiguiendo su reeducación, la aptitud para el trabajo y la profilaxis del delito".
También en la Radio, la semana pasada debí leer decenas de mensajes reprochando mi solidaridad con las familias de los presos fallecidos en el trágico incendio de la Cárcel de Rocha: "Ojalá se mueran todos"; "Por qué en vez de defender a los presos no defendés a los inocentes"; "Hay que prenderlos fuego a todos y se termina el problema"; "Se ve que a vos no te mataron a un hijo"; etc.
Una vez más, entiendo el sentir de esas personas; pero no dejo de asombrarme del deterioro de la sociedad en la que vivimos, y de la devaluación de la condición humana y republicana de muchos de nuestros conciudadanos.
Está claro que determinados delitos deben pagarse con prisión. La cárcel supone sacrificar determinados derechos, entre los que la libertad es el más evidente. Pero estar preso no supone resignar otros derechos tan o más importantes, como el derecho a la vida. El Estado es responsable de que los presos vivan su cautiverio en condiciones dignas para todo ser humano, así hayan matado y violado a 20 personas. Y desde ese ángulo es tan grave que 12 reclusos mueran asfixiados en una cárcel, como que 12 niños mueran quemados en una escuela, o 12 pacientes fallezcan si se derrumba un piso del Hospital de Clínicas.
Sé que para muchos sonará chocante, y quizás paradójicamente indigne a quienes al mismo tiempo alzan su voz contra las atrocidades de algunos regímenes fundamentalistas en los que se le corta la mano al que roba o se lapida a la adúltera; u ofenda a quienes denuncian a viva voz las pésimas condiciones de reclusión en Cuba. Uruguayos para los que la Constitución y la democracia son relativas; para los que hay derechos y derechitos; y a los que ojalá no les toque ir en cana por un descuido con su automóvil o por dispararle a un rapiñero; ni tener que ir a reconocer los restos de su hijo, que como "Macocho", en Rocha, había sido procesado con 30 días de prisión por vender un porrito de marihuana.
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