IGNACIO ALCURI
Pasé muchos años ingiriendo cultura argentina desde el biberón de rayos catódicos del living de mi casa. Lo mismo le habrá pasado a todos aquellos que pasan más de quince minutos diarios frente al televisor. Conozco sus fechas patrias, los nombres graciosos de las localidades (como Ayacucho, Trenque Lauquen o Chascomús) y estoy al día con los mediáticos que van apareciendo y desapareciendo en los programas de la tarde.
Mi gran cuenta pendiente era estar físicamente en la orilla de enfrente. La única excepción fueron unas pocas horas que pasé hace como diez años, cuando concurrí por asuntos laborales (que no detallaré porque no vienen al caso y porque la justicia argentina aún no ha dado conmigo). Todo cambió el fin de semana pasado.
Viajé a Buenos Aires y fue una aventura que comenzó en el propio viaje, ya que el terror que le tengo al agua hizo que cruzar en barco se pareciera a esas películas de acción en las que navegan en una balsa de troncos sobre un río de lava. Pasé una hora con las manos debajo del asiento, aferrándome al chaleco salvavidas como si mi vida dependiera de ello. Y claro que dependía.
Pisé por fin Argentina, lo que me llenó de placer. No por el país en sí, sino por dejar de moverme sobre aquella frágil balsa de troncos. Sarajevo hubiera sido igual de disfrutable con tal de salir del agua. En la aduana analizaron mi equipaje con rayos-x, quizás por si intentaba introducir el delicioso y decano dulce de leche uruguayo.
En el trayecto en taxi desde la zona portuaria hasta un área civilizada redescubrí el lenguaje porteño, muy parecido al nuestro salvo por el énfasis en la letra "s" y en todas las palabras obscenas del rico idioma castellano. Seguro esas bocas nunca dijeron "mamá" sino "mamita". Qué linda forma de putear que tienen, es como un ballet de insultos que sale de manera armoniosa de entre los labios.
Sobre la ciudad en sí, parecía estar en uno de esos dibujitos animados de Tom y Jerry, donde los animales corrían delante de un fondo que se repetía una y otra vez. Era como caminar por 18 de Julio, entre Ejido y Yaguarón, pero al llegar a la esquina comenzaba la misma cuadra de nuevo. Lleno de gente, tanta que a este ermitaño le costó no ser abrumado por la marea humana.
Al igual que en Pulp Fiction, descubrí que existen "pequeñas diferencias" entre nuestros pueblos hermanos. Los autoservicios se llaman "maxiquioscos", los bizcochos son "facturas" y la red de cloacas se llama "subte". Otros objetos se llaman igual, como los semáforos, las toallas y la tele.
Me reencontré con los cuadraditos de manteca que hace tiempo solían dejarte en los restaurantes antes de la comida, para untar los pancitos. ¿Por qué abandonamos esta hermosa costumbre? Sigamos el ejemplo de nuestros hermanos de enfrente y devolvamos la manteca a su sitio de honor.
En cuanto a las librerías, resultaron ser muy parecidas a las de acá, excepto que no tenían mis libros. Eso no sé si las volvía mejores o peores que las nuestras. Y no quiero saber la respuesta.
El regreso a Uruguay fue similar a la ida, pero al revés. Allí estaba la lava ardiente sobre la que permanecí una hora, sujetando el chaleco salvavidas. Después me planté en tierra firme y volvió la felicidad. Por fin entendí por qué Juan Pablo II besaba el piso cuando llegaba de visita: debía tenerle terror a los aviones.