Adictos a controlar todo

| Hay quien no concibe la vida sin el intento de tomar las riendas de todo: una tarea titánica y agotadora en un mundo impredecible. ¿Cómo reconocerse?

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EL NACIONAL | MAGALY RODRIGUEZ

Todo el mundo conoce a alguien que siempre quiere las cosas hechas a su manera. "Cuando hay una necesidad permanente de control, por lo general esa tendencia se asocia con inseguridad y problemas de autoestima: uno trata de compensar su falta de seguridad interior con un intento constante de controlar lo externo", dice el psicoterapeuta Jan Moller, profesor venezolano, experto en cursos de manejo del estrés, liderazgo y visión de sí mismo. "Por lo general, a los individuos controladores siempre les gusta tener la razón y sentir que tienen el poder sobre una situación o sobre las personas que lo rodean".

No es raro que sean hijos de padres muy rígidos o que hayan vivido situaciones en las que se hayan sentido muy vulnerables. Son muy perfeccionistas y tratan de dirigir la forma en la que los demás actúan, piensan y sienten. "Son poco flexibles porque les cuesta admitir sus errores. En ese intento continuo por no perder el control, a veces culpan a otros o asumen una posición de víctimas para protegerse.

Carlos Pittaluga, neuropsicólogo y profesor de inteligencia emocional, también investigador venezolano del tema, agrega otros elementos. "Un controlador trata de conseguir su tranquilidad personal conquistando el ambiente en el que se mueve. Como es muy sensible a la crítica y teme fracasar, asume un liderazgo autocrático, sea con su familia o con sus compañeros. Más que hacerle seguimiento a las cosas, tiende a hacer un `perseguimiento` que coarta su libertad y la de los otros".

Los problemas derivados del afán de control dependen directamente de la intensidad. "Controlar algo en una escala moderada puede ser un simple rasgo de carácter que no trae mayores consecuencias. Ser controlador no necesariamente implica un desequilibrio si eso no entorpece su vida o no causa desajustes en sus relaciones laborales y sociales. Pero si se trata de una característica exacerbada que perturba sus capacidades de adaptación o sus relaciones humanas, o que incluso afecta su salud, se requiere ayuda especializada", ilustra Pittaluga.

"En las empresas, por ejemplo, uno les explica a quienes son o van a ser jefes, que centralizar más no significa ser un mejor líder. Hay que saber delegar y confiar".

Vidas supervisadas. Convivir con un controlador puede tener sus ventajas. Hay parejas muy bien avenidas en las que uno maneja las cuentas o planifica los viajes y el otro lo agradece porque detesta ocuparse de eso. Se complementan. Sin embargo, en otros hogares ese rasgo es un dolor de cabeza permanente. "Un controlador no da mucha libertad para que su pareja tome sus propias decisiones. A veces puede ser celoso y además de amor pide obediencia. Pueden ser padres sobreprotectores que limitan el aprendizaje natural de los hijos", indica Moller.

Alguien que presienta ser controlador y quiera romper con ese patrón debe reconocerse primero como tal. "El 50% de su cambio empieza con la toma de conciencia de que tiene un problema. Aunque ya tenga un terapeuta que lo esté ayudando, no va a avanzar tanto si no lo acepta", dice Pittaluga.

El mero hecho de articular un discurso sobre esa conciencia ya empieza a producir un efecto terapéutico. Según Moller, toca aprender también el concepto de fluir. "El control suele ser una ilusión: la verdad es que hay muy poquitas cosas que realmente dependen sólo de nosotros. Aunque suene filosófico, el individuo debe asimilar que forma parte de un universo y que no es él quien lo domina. No hablamos exactamente de una visión de determinismo, sino de no sobrecargarse. Un controlador sufre mucho porque nunca puede relajarse y vive en una angustia permanente que es incompatible con la felicidad", señala. "Toca aprender a dejarse llevar -sin llegar a los extremos- y a sentirse tranquilo consigo mismo en esa incertidumbre; vivir con apertura, confiando en que lo que sea que pase va a traducirse en un aprendizaje".

Los expertos reconocen que no es un trabajo fácil. Sentirse mal al principio es una parte natural del proceso, pero con la práctica esa ansiedad va disminuyendo. "Por otro lado, si uno no se considera controlador, pero descubre en sí mismo un patrón repetitivo de buscarse gente así para relacionarse, debe preguntarse también por qué lo hace", finaliza el psicoterapeuta.

El dato

Cómo lidiar con un jefe así

Hay varias opciones para lidiar con un controlador. Una es bajar la cabeza y quedarse callado, que no es tan buena idea porque es muy probable que uno empiece a acumular resentimiento. En lo laboral, por ejemplo, si se tiene un jefe de esas características, una buena opción podría ser tratar de dialogar con él y explicarle que uno no se siente cómodo trabajando así. "Esta alternativa depende de la propia asertividad del empleado y siempre es un riesgo, pero pueden ocurrir cambios positivos si ese líder es receptivo", aseguran los expertos.

Si la misma conversación se repite varias veces y a pesar de los propósitos de enmienda no hay cambios, Moller ofrece otras alternativas. "Una es desarrollar un `traje de foca`; una piel en la que todo nos resbale y decidamos no tomarnos nada a pecho, a menos que nos digan algo francamente irrespetuoso. Pero si uno ya lo ha intentado todo y el malestar es el mismo, quizás aplicaría tomar distancia".

Cómo convivir y manejarlos

¿Qué puede hacer alguien que convive con un controlador? "Todo depende de la cercanía de la relación y de cuánta energía estemos dispuestos a invertir para intentar que las cosas cambien", dice el psicoterapeuta Jan Moller. "Si hablamos de una relación muy importante, hay que conversar con esa persona para que se dé cuenta de lo que está haciendo y de cómo nos hace sentir su conducta. Si es alguien muy cerrado o escapa a nuestro campo de influencia ayudarlo a cambiar, toca pedir ayuda profesional", acota el experto.

Cuando se trata de la pareja o la familia, hay que ser asertivo para salvaguardar la dignidad y los derechos. Ser firme no significa ser hostil: no hay que insultar ni gritar, pero sí hacerle ver que hay conductas que uno no está dispuesto a tolerar. Si esa persona ya está en terapia, se le puede explicar que uno está dispuesto a tener paciencia mientras los cambios empiecen a surtir efecto. Si se hace bien, fijar límites es algo que ayuda mucho. Cuando uno es demasiado tolerante y asume siempre una actitud pasiva o resignada, es corresponsable de ese problema, indica Pittaluga.

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