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 Viernes 15.04.2011, 04:11 hs l Montevideo, Uruguay
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Cultural


60 años del adiós a Homero Manzi (1907-1951)

Y todo el cielo

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Álvaro Ojeda

LA CULPA DEL tango la tuvo Barquina. Francisco Loiácono (alias Barquina), cronista policial del diario Crítica y amigo íntimo de Homero Manzi, consiguió que Ramón Carrillo, ministro de Salud Pública de Perón, internara al poeta en el Instituto Costa Duarte. En el edificio de la esquina de Uriburu y Paraguay, Manzi fue operado por última vez. Desde 1946, año en que le diagnosticaron cáncer de colon, el poeta había padecido cinco intervenciones quirúrgicas. La sexta -en la médula espinal- sólo pretendía atemperar los dolores que lo abrumaban. Instalado en el despacho del director, que funcionaba como improvisada sala de internación, Manzi llamó una mañana de marzo de 1951 a Aníbal Troilo. Zita, la esposa de Pichuco, atendió el teléfono. Despertó a Troilo y éste, medio dormido, copió los versos de lo que luego se transformaría en el tango "Discepolín", una conmovedora, aguda reflexión sobre la esencia de la tarea poética, dedicada al también poeta y músico Enrique Santos Discépolo que moriría en diciembre de ese mismo año, sólo siete meses después que Manzi. La dedicatoria a Discépolo evita todo peligro de autoconmiseración o sensiblería personal y por elevación, sabiamente, logra hablar de la propia agonía en versos alejandrinos: "Sobre el mármol helado, migas de medialuna/ y una mujer absurda que come en un rincón;/ tu musa está sangrando y ella se desayuna;/ el alba no perdona, no tiene corazón." El mármol es la tumba y es la mesa del café con su noche perpetua, la vida se ha vuelto imposible a la luz del día: "Al fin, ¿quién es culpable de la vida grotesca,/ y del alma manchada con sangre de carmín?/ mejor es que salgamos antes de que amanezca,/ antes de que lloremos, viejo Discepolín." No fue el último poema que escribió Manzi, pero en esa ronda nocturna, en esa invitación a la bohemia para eludir esa falsa sangre de maquillaje, anida buena parte de la mejor poesía elegíaca contemporánea escrita por un hombre de 43 años. En 1961, a diez años de la muerte del poeta, Cátulo Castillo utilizará en el tango "A Homero", el mismo procedimiento de invitación al amigo como una suerte de rescate, de pelea desigual contra la muerte. Barquina volverá a sonar en un tango -"vamos, que está esperando Barquina"- diez años después de la muerte del poeta el 3 de mayo de 1951. Otra vez la amistad, la ronda nocturna, la vida que apura y vence.

Permanencias. Los dos últimos textos en los que trabajó Homero Manzi pueden interpretarse como la coda inevitable de una obsesión poética y política largamente forjada. El primero de esos textos ha quedado inconcluso y pretendía ser un poema extenso: "Último viaje de Quiroga". El poema remite a un episodio central de la historia y de la literatura argentina como lo fue la emboscada y el posterior asesinato en 1835 del caudillo federal Juan Facundo Quiroga en Barranca Yaco, Córdoba. Asunto tratado entre otros por Domingo Faustino Sarmiento y por Jorge Luis Borges, este despliegue épico de la muerte de un héroe también debe leerse a la luz de la obra de Manzi como guionista y director cinematográfico. Una obra que intentó y logró realizar un cine basado en temas argentinos: películas como Pampa bárbara de 1945 con guión del poeta o El último payador de 1950 sobre la vida del payador José Betinoti, en donde Manzi fue guionista y director.

El poeta siempre consideró el arte en general, y el literario en particular, como una emanación directa del pueblo. Todas sus composiciones poéticas consisten en un intercambio permanente entre el pueblo y el poeta, que sublimaba, desarrollaba y devolvía a su pueblo lo que de éste había emanado. El poema sobre la muerte del general Quiroga no es una excepción. Cuando Manzi dibuje el andar del coche que lleva a la futura víctima, la descripción literaria convive con la cotidiana sencillez de lo descrito: "El coche cruza el campo repechando albardones/ después de hacer un vado cejeador en el río/ y costea las chacras de dorados melones/ que maduran al fuego de los hornos de estío." El coche se transforma en el instrumento de la muerte y esa descripción con aires de road movie, permite que el lector vea lo que ve Quiroga y se reconozca en el personaje y en el escenario. Es Manzi que durante su asumida agonía, habla de un agonizante desprevenido como metáfora del veleidoso destino humano. El pueblo también está presente en el poema y la particularidad radica en el género que el poeta elige para representarlo: "Una paisana asoma con su alforjón peruano/ tranqueando a contrarrumbo de la ilustre galera/ y al ver de qué se trata saluda con la mano/ y haciéndose a un costado, bajo un mistol espera." La última figura en la escala social que marcha en otro sentido, saluda el paso del condenado y se refugia bajo la vasta sombra de un árbol típico de la zona, esperando. Una clase de síntesis poética.

El último tango. El segundo texto que dejó Manzi está consolidado como tango y por razones no sólo temporales, acaso sea su testamento vital, poético. La música le pertenece a Lucio Demare, con quien Manzi había compuesto el inolvidable tango "Malena" y su título dice mucho del estado del poeta: "Sosteniendo recuerdos". El poema posee dos cuartetas iniciales muy sugestivas. "Contemplando las tardes/ a la sombra del rancho/ parecieras un alma/ que se ha puesto a fumar./ Arrugada su cara/ retorcidos los dedos/ desteñidos los ojos/ de mirar y mirar." El ambiente no es ciudadano, es campesino y se ha leído como un retorno a la Añatuya natal de Manzi, en Santiago del Estero y la introducción de un personaje femenino en la tercera cuarteta permitiría sostener esa aseveración. No obstante, la voz poética elegida por Manzi tiene un color ciudadano imposible de disimular: el hombre que espera y recuerda no toma mate, fuma. Esta especie de ensoñación, de vigilia atenta de algo que no se ve pero se reconoce, pese a que no se percibe por los sentidos, es característica de algunas composiciones poéticas de Manzi. En el que constituye para muchos su mejor poema, "El último organito", se puede encontrar un testigo similar que sin embargo, necesita paradójicamente de un ciego y de una muchacha muerta para ratificar lo que ve. La partida del último organito y su regreso mítico se consuma desde lo perdido: "El último organito/ irá de puerta en puerta/ hasta encontrar la casa/ de la vecina muerta/ de la vecina aquélla/ que se cansó de amar/ y allí molerá tangos/ para que llore el ciego/ el ciego inconsolable/ del verso de Carriego/ que fuma, fuma y fuma/ sentado en el umbral." El organito, como la galera de Quiroga, lleva y trae el destino, lo evoca, lo exorciza. Son testigos de esa peripecia los humildes, los minusválidos, los muertos. En el último tango de Manzi no hay un ciego pero hay un hombre -la voz del poeta, acaso él mismo- que tiene los ojos desteñidos de mirar y mirar. Ese mismo hombre y poeta, convocará y evocará en su poema "Definiciones para esperar mi muerte", escrito por esos años, a sus nuevos compañeros de ruta de manera taxativa y con lúcida, casi evangélica, resignación: "Pero hoy, en medio de lo que todavía no he podido amar/ evoco a los marinos encerrados en las paredes altas de la tormenta/ a los soldados caídos sobre hierbas lejanas/ a los peregrinos que duermen bajo la sombra de árboles innominados/ a los niños que yacen contemplando el yeso de los hospitales/ y a los desesperados, que entregan el último gesto/ frente al paisaje final e instantáneo de la demencia".

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