Una mujer en el cielo

 20120209 400x527

Una mujer en el cielo

Oscuridad

QUE YO sepa, era yo el único piloto profesional femenino de toda África en ese momento. No tenía ningún competidor independiente en Kenia, hombre o mujer, y ese tipo de mensajes o, por lo menos otros no siempre tan urgentes o deprimentes, solían bastar para mantenerme ocupada durante muchos días y demasiadas noches.

Volar por la noche sobre un país conocido con la ayuda de instrumentos y la guía de la radio puede traducirse en soledad. Pero volar en medio de una oscuridad ininterrumpida sin contar ni siquiera con la fría compañía de un par de auriculares, o el conocimiento de que allí delante, en cualquier lugar, hay luces y vida y un aeropuerto bien señalizado, supone algo más que soledad. Es hasta tal punto irreal, que la existencia de otros seres no parece ni siquiera una probabilidad razonable. Las colinas, los bosques, las rocas y las llanuras forman un conjunto con la oscuridad. Y la oscuridad es infinita. La Tierra es tu planeta en la misma medida en que lo es una estrella lejana, si es que brilla alguna estrella; tu planeta es el avión y tú eres su único habitante.

Tu pequeño valor

Permanecer solo en un aeroplano durante tan poco tiempo como pueden ser una noche y un día, irrevocablemente solo, sin nada que observar excepto los instrumentos y tus manos en la semioscuridad, sin nada que contemplar excepto el tamaño de tu pequeño valor, sin nada en que cavilar excepto en las creencias, los rostros y las esperanzas enraizados en tu mente, es una experiencia tan sobrecogedora como cuando una noche te percatas por vez primera de que hay un desconocido caminando a tu lado. Tú eres el desconocido.

El aire

Nos dirigimos a un lugar a tres mil seiscientas millas de aquí, dos mil millas de océano ininterrumpido. La mayor parte del recorrido será por la noche. Volamos al Oeste con la noche.

Así pues Cork está detrás de mí y delante el faro de Berehaven. Es la última luz de la última tierra. La observo y cuento la frecuencia de sus destellos, tantos por minuto. Después lo dejo atrás y vuelo hacia el mar.

Ahora ha desaparecido el miedo, sin haberlo vencido ni razonado. Ha desaparecido porque otra cosa ha ocupado su lugar; la seguridad y la confianza, la creencia inherente en la seguridad de la tierra bajo los pies, ahora esta fe pasa a mi avión, porque la tierra se ha desvanecido y ya no hay nada tangible en lo que fijar la fe. Volar es sólo escapar momentáneamente de la custodia eterna de la tierra.

Sin motor

Me siento y me observo las manos que empujan la palanca, y noto cómo el Gull responde y empieza su descenso en picada hacia el mar. Desde luego es algo sencillo; seguro que el depósito de la cabina se ha agotado demasiado pronto. Sólo necesito girar otra llave de paso...

Pero la cabina está oscura. Es fácil ver el dial iluminado del altímetro y observar que la altura no es de once mil pies, pero no resulta sencillo ver una llave de paso colocada en algún lugar del suelo del aeroplano. Una mano busca a tientas y reaparece con una linterna, y los dedos, moviéndose con una serenidad agonizante, encuentran la llave y la abren. Y espero.

A trescientos pies el motor continúa parado, y soy consciente de que la aguja de mi altímetro parece girar como el radio de un eje, olfateando la distancia que queda entre el avión y el agua. Hay un relámpago, pero su rápido destello únicamente sirve para aumentar la oscuridad. ¿Qué altura pueden alcanzar las olas, veinte pies quizá? ¿Treinta?

Es imposible evitar el pensamiento de que éste es el fin de mi vuelo, pero mis reacciones no son ortodoxas; los distintos incidentes de toda mi vida no me pasan por la cabeza como una película loca. Sólo siento que todo esto ya ha ocurrido antes. Y ha ocurrido. Todo esto ocurrió cientos de veces en mi imaginación, en mis sueños, por lo que ahora no estoy sobrecogida de terror. Reconozco un escenario que me es familiar, una historia familiar, con un punto culminante que ya resulta pesado de tanto repetirlo.

No sé a qué distancia me encuentro de las olas cuando el motor emerge de nuevo a la vida. Pero el sonido es casi insignificante. Veo cómo mi mano mueve paulatinamente la palanca, siento cómo el Gull escala hacia la tormenta, veo cómo el altímetro da vueltas otra vez como un huso y aumenta la distancia entre el mar y yo.

La tormenta es fuerte. Es reconfortante. Es como un amigo que me zarandea y dice: "¡Despierta! Sólo ha sido un sueño".

Pero en seguida me pongo a pensar. Por un sencillo cálculo descubro que el motor se ha quedado en silencio durante quizás un instante más de treinta segundos.

Debería dar gracias a Dios, y así lo hago aunque indirectamente. Doy las gracias a Geoffrey De Havilland quien diseñó el Gipsy insuperable y a quien Dios, a fin de cuentas, diseñó primeramente.

La autora

BERYL MARKHAM nació en Leicester, Inglaterra, en 1902. Fue educada por su padre en África Oriental Británica, se dedicó al entrenamiento de caballos de carrera y en 1931 se hizo aviadora. Transportó correo y guió safaris de cazadores de elefantes desde el aire. En setiembre de 1936 se convirtió en la primera persona en atravesar el Atlántico por aire, en solitario, de este a oeste. Partió de Inglaterra y tuvo un aterrizaje forzoso en Canadá, luego de veintiún horas y media de vuelo. Su único libro, de donde fueron tomados estos fragmentos, Al oeste con la noche, fue publicado en 1942. Murió en Kenia, en 1986, sumida en la pobreza y el alcohol.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar