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 Viernes 11.11.2011, 04:10 hs l Montevideo, Uruguay
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Cultural


40 años de crisis de la educación

Tiempos de revisión

Ma. de los Ángeles González

UNA HIPÓTESIS que está ganando adeptos hace derivar la proclamada crisis de la educación de una crisis de autoridad, que a su vez parece irreversible, porque está asentada sobre cambios psicológicos muy profundos ocurridos en el interior de las familias durante el último medio siglo. Las relaciones primarias del niño determinan buena parte de las relaciones con los otros a lo largo de su vida. Y ya hace mucho que la autoridad no tiene buena prensa: al menos, pocos desean ejercerla. El tipo de familia nacido a fines de los años sesenta intentó no frustrar a sus hijos, educándolos para la libertad responsable y no para la aceptación pasiva, evitando abusar de la negativa y la represión. Muchos hijos de los jóvenes del ´68 crecieron bajo la consigna de: "Prohibido prohibir". El modelo patriarcal, que fundaba su legitimidad en el liderazgo del jefe de familia y para el cual la educación se basaba en la obediencia y la disciplina, dio paso a relaciones menos verticales; la imposición de normas, la explicación y el argumento persuasivo. Pero todo extremo lleva el germen de su contrario, lo revolucionario pasó a ser "políticamente correcto" y en los últimos años muchos reclaman la revisión de ese contramodelo, argumentando que el exceso de libertad ha desembocado en el desconcierto.

NI TRABAJO, NI ESTUDIO. La educación formal acompañó los procesos sociales reproduciendo los cambios familiares, adaptándose a ellos o incluso antecediéndolos, y aún así, ha sido cuestionada en forma permanente. Hoy más que nunca se ataca desde diversos frentes el papel del adulto en la educación, culpabilizando a padres y maestros, así como a las instituciones que representan, del fracaso escolar de los jóvenes, la anomia, la inadaptación, la violencia, el incremento del consumo de alcohol y otras drogas, la indiferencia frente al futuro, la apatía. Y los agentes de la educación deben repensar su acción desde el desconcierto mientras intenta atajar las críticas que llueven desde distintos lugares sociales.

Sin embargo, la educación es tarea de toda la sociedad, cada adulto cumple una función educativa y el deterioro del tejido intergeneracional tiene variadas causas, imputables a modelos económicos, políticas de empleo, tanto como a factores psicológicos y filosóficos que atraviesan el panorama actual e incrementan la dificultad de los jóvenes para encontrar un sentido a sus vidas o sostener un proyecto. Un semanario capitalino publicó hace poco un artículo caracterizando a los jóvenes ni-ni en Uruguay, fenómeno que ya ha sido relevado en otros países. A diferencia de lo que ocurre en Europa, los ni-ni latinoamericanos son, en su mayoría, pobres y marginados. En Uruguay, el grueso nació en medio de la crisis de 2001, y otra buena parte está atrapada por el cuidado de niños o ancianos, lo que demanda políticas sociales, además de programas educativos. Sin embargo, hay ni-ni en todos los niveles socioeconómicos. El actual parece un buen momento para considerar la necesidad de mantenerlos en el sistema formal, cuando éste se encuentra en pleno proceso de transformaciones: cambios de planes y programas, reformulación de la formación de maestros y profesores, implementación de programas especiales para revertir carencias básicas en lectoescritura y razonamiento. La percepción colectiva, que muchas veces difunden los medios, amplificándola, suele confundir las causas y los síntomas y, frente a los conflictos, las primeras reacciones siempre reclaman mayor dureza y autoridad.

CÓMO EQUIVOCARSE. Atendiendo sobre todo a las particularidades de la sociedad española, el pediatra y psiquiatra Paulino Castells publicó un libro que parece satisfacer la ansiedad de muchos padres y docentes, si se tiene en cuenta que agotó una edición en pocos meses y va por la segunda. Luego de una introducción en donde diagnostica los problemas que atraviesan los educadores, Castells plantea casos y situaciones concretas (muchas de los cuales toma de su propia práctica médica) y ofrece consejos muy prácticos. Como ocurrió con Tu hijo, el célebre libro de Benjamin Spock (1946), el éxito de un libro sobre educación evidencia, antes que nada, la incertidumbre imperante y la necesidad de orientación. Lo único que con seguridad hará un padre o una madre será equivocarse, pero cada generación enmienda los excesos anteriores y renueva la esperanza de hacerlo mejor. Si el best seller de Spock reflejaba la necesidad de un modelo de relación familiar más flexible y acorde a los cambios sociales, y más amoroso que disciplinador, puede pensarse que el de Castells sirva como respaldo para quienes hoy confían en el retorno a métodos más estrictos.

El médico explica el vandalismo juvenil, el fenómeno ni-ni, el alto consumo de drogas, entre otras cosas, como resultado de la excesiva "delicadeza" de la educación, la permisividad y el antiautoritarismo. Advierte sobre los efectos negativos del divorcio, la ausencia paterna, la guerra de los sexos, la crítica de los padres a la escuela y los maestros. Asume que el hedonismo imperante, tendiendo a la gratificación inmediata, no prepara a los jóvenes para sostener el esfuerzo, por lo que el mundo adulto les da mensajes contradictorios, formándolos en una hipocresía desalentadora. Un retintín nostálgico dificultará a muchos la empatía con el autor, en especial en lo relativo a los buenos modales y en una tendencia a tolerar niveles ambiguos de severidad (como "una cachetada a tiempo"). Muchos discreparán también con el sustento conductista de la mayoría de sus estrategias educativas. Su perspectiva -tan seductora en época de crisis, porque ofrece soluciones contundentes- responde al alza de tendencias conservadoras. Si se sortean estas discrepancias, hay capítulos útiles y reveladores -como el dedicado a los "niños difíciles"- no sólo por el realismo y sentido común, sino también porque son el resultado de años de estudio y sus conclusiones se respaldan en abundante bibliografía.

AMORES QUE MATAN. Para Castells, el niño actual (y se debería agregar, de clase media y alta) suele ser un hijo más esperado, en tanto el matrimonio y la paternidad se han retrasado cronológicamente. Hijos de padres mayores y con mejores ingresos, reciben juguetes en exceso, están hiperestimulados, concentran expectativas altísimas del entorno, son víctimas de una sobreprotección asfixiante y soportan un exceso de control paterno. Quienes crecen sin límites, alimentados en una omnipotencia narcisista que no ha conocido la frustración, dan lugar a la figura del "hijo tirano".

El escenario familiar revela padres ansiosos por seducir a sus hijos, pendientes de ser aceptados, temerosos de dejar de ser amados, posible causa de la crisis de autoridad. La culpa de estar muchas horas ausente por largas jornadas de trabajo, necesarias para mantener un alto nivel de consumo, se paga con permisividad. En una sociedad que entroniza la juventud y que abusa del culto al cuerpo nadie quiere asumir el papel de viejo; la adolescentización del mundo adulto se proyecta en envidia o admiración por los más jóvenes. Esto dificulta la exigencia y la construcción de límites necesarios para el crecimiento. Desde el enfoque que se prefiera, educar es enseñar a hacer, y exige al educador ceder protagonismo, amar y respetar al otro en sus talentos y limitaciones, confiar en su autonomía. Aunque polémico, el libro de Castells ayuda a reflexionar sobre el arte de educar: los métodos, las fórmulas del éxito, pero más que nada, sobre los valores deseables para cada persona y para la sociedad futura.

TENEMOS QUE EDUCAR. IDEAS PARA SUPERAR LA CRISIS DE AUTORIDAD Y ACABAR CON LA MALA EDUCACIÓN, de Paulino Castells. Península, 2011. Barcelona, 156 páginas. Distribuye Océano.

etiquetasEtiquetas: crisis - castells - autoridad - jovenes - educacion - 
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