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Cine
UN VIAJE EN CELULOIDE: LOS ANDENES DE MI MEMORIA, de Amílcar Nochetti González. Ediciones de La Plaza, 2011. Montevideo, 480 págs.
LUEGO DE DÉCADAS de pregonar a voz en cuello sus gustos personales en las colas de las salas de Cinemateca, algo que él mismo califica de "solapada forma de ejercer un cierto magisterio", finalmente Amílcar Nochetti (1958) irrumpió en 2005 en la crítica de cine profesional. Desde entonces ha ido conquistando espacios en jurados, en la Asociación de Críticos de Cine del Uruguay (donde es secretario) y en publicaciones como El País Cultural y el semanario Voces.
Arribando a su quinto año como crítico, Nochetti publicó en este último medio un artículo ("La brújula perdida", 13 de mayo, 2010) en el que adoptaba un tono nada solapado de ejercer su magisterio para despotricar, cual árbitro veterano, contra sus colegas, los festivales, los blogs, el estado de la cultura, las nuevas generaciones de cineastas y críticos y, en general, contra las nuevas generaciones de cualquier cosa.
Era cuestión de tiempo que Nochetti se creyera además merecedor de un libro. Menos probable era que ese libro tuviera algún rasgo remotamente autobiográfico. Las casi 500 páginas de este Viaje en celuloide, con las cuales Nochetti festeja sus seis años como crítico, echan por tierra las probabilidades.
Al inicio, el autor promete: "Lo que aquí hallará el lector son mis vivencias personales frente a determinados títulos, junto a mi actual valoración de los mismos". No obstante, las anécdotas personales que asoman en cada uno de los 50 capítulos (entre las cuales las eróticas se llevan el premio al humor involuntario) son apenas el pretexto para una impiadosa artillería de lugares comunes sobre los más comunes lugares de La Historia del Cine (así, en mayúsculas).
Alcanza un pasaje de la Presentación para dejar constancia del mentado "magisterio": "No hay un cine intelectual y un cine comercial, por más que representantes de la intelligentsia y la industria nos quieran imponer el peligroso espejito de colores de la diversidad: a mi entender sólo existe `el` cine. Punto." En el Juicio Final Contra los Críticos de Cine, que será largo y cruel, eso podrá citarse como confesión de parte y no faltará un fiscal que lo tome como la prueba de un razonamiento autoritario y reduccionista.
Aferrado a esa falacia, Nochetti arremete con un discurso que reposa en el exceso de adjetivos hiperbólicos ("obra maestra" y sus variantes aparecen cuatro o cinco veces por página) y en giros lingüísticos que dejan demasiado en evidencia el saqueo de estilos y juicios ajenos (Alsina Thevenet, Abbondanza, Costa, Zapiola). Jamás atraviesa la anécdota o la intención deliberada de un film; jamás desconfía de la emoción explícita; jamás surge un placer por fuera del canon o del manual del buen cinéfilo.
Así, sin el auxilio de la prosa de un analista o, al menos, de un ensayista que lo desafíe, el lector queda prisionero de un sistema emocional que sólo puede acatar o desechar, pero nunca pensar con él o desde él. A los seis años de recibirse como crítico de cine, Nochetti puede vanagloriarse de haber editado su primer libro y de haberlo hecho en primera persona, aunque en 480 páginas no haya una sola idea verdaderamente propia.
A. B.
Relatos
RECUERDOS DE UN CALLEJÓN SIN SALIDA, de Banana Yoshimoto. Tusquets, 2011. Barcelona, 212 págs. Distribuye Urano.
EMPEZAR UN LIBRO de Banana Yoshimoto es como abrir la puerta de la cocina de la abuela. Los olores a comida casera japonesa se escapan de las páginas y despiertan el apetito del lector. "Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la cocina, no importa quién ni cómo sea, o en cualquier lugar que se haga comida, no sufro", ya escribía la autora en Kitchen, su primera obra. El último libro es un delicado menú degustación de cinco relatos: "La casa de los fantasmas", "¡Mamáaa!", "La luz que hay dentro de las personas", "La felicidad de Tomo-chan" y "Recuerdos de un callejón sin salida", que da nombre al conjunto.
Este es el libro preferido de Yoshimoto, y sin embargo, la autora pide perdón por la tristeza que esta obra contiene. Una tristeza necesaria -según afirma en el epílogo- para "limpiar la pena acumulada". Y también una tristeza exquisita que parece situar a todos los personajes en un mismo punto de partida: la extraña y desoladora calma que queda después de una tormenta.
Tras vivir situaciones emocionalmente dolorosas, todos los protagonistas deben enfrentarse de nuevo a la vida diaria. En el relato que da nombre al libro, Mimi se refugia en un apartamento de su tío cuando su prometido la abandona. Un trabajador del bar del callejón en el que vive será quien la ayude a salir de encierro y a transitar el duelo. Mientras que en "¡Mamáaa!" una comida envenenada es la tormenta que lleva a la protagonista a enfrentarse con su pasado y con su madre.
Las relaciones personales y familiares, el amor, los recuerdos de la infancia, la nostalgia, la soledad o la búsqueda de la felicidad, junto a la preocupación por el detalle, son parte de la estética aparentemente naf de la autora: "Volví a adormecerme envuelta en aquel agradable edredón, embelesada, como embriagada por mi propio calor corporal, mientras contemplaba el cielo gris que anunciaba otro día de nieve." ("La casa de los fantasmas").
Entre los recuerdos inocentes y la profunda reflexión interior, Yoshimoto no se pierde en el callejón buscando al gato. Sabe bien dónde se encuentra, se detiene conscientemente para analizar con lupa esas pequeñas emociones. Y despacio gira sobre sus talones para buscar a su alrededor esa "luz que hay dentro de las personas" con la que emprender la nueva construcción del yo.
M. S.





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