Movimiento reflejo

 20101028 571x600

Ricardo Bada

EN 1928, EN UN vespertino berlinés, Gottfried Benn publicó un texto donde salía al paso de la visión tendenciosa que daba una película inglesa sobre el caso de Edith Cavell, la enfermera inglesa residente en Bruselas a quien se condenó a muerte y ejecutó en 1915, durante la Primera Guerra Mundial, por el delito de espionaje. Uno de los casos más controvertidos y más oscuros de la justicia castrense, ocurrido en la Bélgica ocupada por los alemanes, y equiparable en el bando de los Aliados al de Mata Hari, con todas las diferencias de carácter, personalidad y vida que puedan aducirse entre la bailarina neerlandesa y la enfermera británica.

La película se titulaba Dawn (dir. Herbert Wilcox, 1928) y la interpretaba Sybil Thorndike, la eminente actriz que cuatro años antes, en 1924, había sido Juana de Arco en el estreno londinense de Saint Joan, la genial obra de Bernard Shaw. Cabe preguntarse si es hilar muy delgado atreverse a suponer que la propaganda británica estuvo detrás de la elección de la Thorndike para interpretar a Edith Cavell, adjudicándole a ésta, por ósmosis, aquél plus de santidad que la actriz sugería por su portentosa doncella de Orléans.

EL INFORME. Se daba la circunstancia de que Benn conocía de primera mano, como testigo excepcional, los momentos finales de la vida de Edith Cavell, puesto que él fue el forense que certificó su defunción. Y tras haber visto la película Dawn, decidió dejar por escrito su memoria de aquellos instantes en páginas que no tienen desperdicio:

"Sin duda alguna marchará como una figura legendaria a través de la historia de las potencias vencedoras. Su leyenda se formará con independencia de los hechos históricos, materialmente efectivos, del asunto donde jugó un papel, y desde el primer momento no hay nada más lejos de mí que la intención de que yo pudiera rectificar, aclarar o corregir alguna cosa en la leyenda de su país; sólo contaré aquello de lo que me acuerde. Y me acuerdo de ella, para decirlo desde ya, como de una activista que purgaba por sus actos, como la intrépida hija de un gran pueblo que se encontraba en guerra con nosotros.

Yo era médico jefe en la Gobernación de Bruselas desde los primeros días de la ocupación.

Una tarde, ya bien entrado el otoño de 1915, recibí la orden de esperar un auto a la mañana siguiente en un lugar determinado y viajar a un sitio que no se especificaba. En ese auto, conmigo, se subieron dos miembros del consejo de guerra, uno en acto de servicio, el otro a título privado. Rodamos por las calles oscuras hasta el Tir National, el pabellón de tiro de la guarnición de Bruselas en la periferia de la ciudad. El auto se detuvo. El terreno descendía. Bajamos por un terraplén donde los soldados estaban formados haciendo calle. Al final de la hondonada había dos grupos de doce hombres cada uno en dos hileras, de cara a la pared del fondo, el paredón cubierto por la hierba. Delante suyo había dos postes nuevos, dos estacas blancas clavadas en la tierra.

Estamos allí y esperamos. Ahora se acerca un auto. Baja de él un belga, un civil, con un sacerdote católico. El belga tiene aproximadamente cuarenta años, es ingeniero, casado, padre de dos hijos, rechoncho, de ademanes impulsivos, no está esposado. Una gorra de visera en la cabeza. Cómplice de Edith Cavell. Con una vivacidad sin parangón, con una desenvoltura casi liviana, desciende por el terraplén donde se encuentran los soldados, se saca la gorra, se coloca con un movimiento inimitablemente caballeresco delante del grupo que lo va a fusilar, y dice estas palabras: "Bon jour, Messieurs, devant la mort nous sommes touts des camarades" (Buen día, señores, ante la muerte todos somos camaradas), interrumpiéndole el miembro del consejo de guerra, que probablemente teme una alocución provocadora. A partir de ahí el delincuente se queda quieto, tranquilo, cierto de su muerte, perfecto en su actitud.

Ahora llega el segundo auto. Baja Miss Cavell; a su lado un pastor evangélico, un conocido teólogo berlinés que la ha asistido durante la última noche. Edith Cavell debe tener quizás 42 años; el pelo entre gris y blanco; sin sombrero; traje sastre azul; el rostro descarnado, como una máscara; los andares rígidos, torpes; fuertes inhibiciones musculares; pero sin vacilar, sin trastabillar, desciende hasta donde se encuentran los postes. Se detienen un momento, ella y el pastor, algunos metros delante de la estaca blanca; ella habla en voz baja con el pastor, lo que le dijo me lo cuenta él luego: muere con gusto por Inglaterra y saluda a su madre y sus hermanos, quienes están con el ejército inglés en el frente de batalla. Otras mujeres sufren mayores sacrificios: maridos, hermanos, hijos; ella tan sólo su propia vida, ¡oh Patria al otro lado del mar, oh el hogar!, al que así saluda. Tranquila despedida del pastor. Último acto. Dura apenas un minuto. El pelotón presenta armas, el miembro del consejo de guerra lee la sentencia de muerte. Al belga y a la inglesa les tapan los ojos con una venda blanca y les atan las manos a los postes. Una orden para ambos: ¡Fuego!, a pocos metros de distancia, y doce balas que dan en el blanco.

Los dos han muerto. El belga se ha desplomado. Miss Cavell sigue derecha en el palo.

Sus heridas afectan principalmente al tórax, el corazón y los pulmones. Está completa y absolutamente muerta al instante: totalmente falso decir que sufrió herida por las balas y tuvo que ser rematada en el suelo con un tiro de gracia. Más bien estaba indubitablemente ya muerta mientras sonaba el grito de ¡Fuego! Ahora me acerco al poste, la desatamos, le tomo el pulso y le cierro los ojos. Después la colocamos en un pequeño féretro amarillo que está al lado. Será enterrada de inmediato, en un lugar desconocido. Se temen disturbios a causa de su muerte o una manifestación nacional en la ciudad, por ello la prisa y luego el silencio y el secreto sobre su tumba".

OTRO TESTIMONIO. El azar, ese prestigioso seudónimo del destino cuando actúa de incógnito, quiere que también se conserve el testimonio de esta misma escena, escrito por el pastor alemán que asistió a Edith Cavell en su hora postrera. Hay que precisarlo así porque el pastor Le Seur (seguramente de ascendencia hugonota, con tal apellido) asegura no haber pasado la noche en la celda de la condenada reconfortándola espiritualmente, al contrario de lo que afirma Benn: tuvo que salir a conseguir un permiso especial para que fuera el reverendo Gahan, de la congregación anglicana en Bruselas, quien administrase la comunión a Miss Cavell.

Él mismo sólo regresó en la madrugada, para acompañarla hasta el lugar de la ejecución, y así pudo transcribir las palabras que la presunta espía le dijo antes de encaminarse al poste:

"Pídale a Mr. Gahan que les diga a mis seres queridos que mi alma, según creo, está a salvo, y que estoy contenta de morir por mi patria".

Pero lo que con certeza más llama la atención es su descripción del fusilamiento, distinta de la de Benn. Según el pastor, cada pelotón se componía de ocho y no doce fusileros, quienes dispararon a seis pasos de los condenados, y Miss Cavell recibió un tiro en la frente. Además, cuenta Le Seur que Miss Cavell se desplomó hacia adelante, pero que se alzó tres veces sin emitir ningún sonido mientras sus manos también se estiraban hacia arriba. Benn y él, sigue relatando, corrieron hacia la víctima, y Le Seur atestigua: "Creo que el médico tenía razón cuando me dijo que sólo se trataba de movimientos reflejos".

Después de terminar de pasar al español este texto de Gottfried Benn, la mano del traductor también temblaba. Con seguridad debió de ser asimismo un movimiento reflejo: el que siempre le provocan la indignación y la impotencia ante la pena de muerte.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar