Rosario Peyrou
RENÉ FUENTES era poeta y dramaturgo en Cuba, y desde 1995, fecha en que se exilió en Montevideo, ha publicado ya cuatro novelas, además de dos libros de poesía. Esas novelas (Las trampas del paraíso, La ida por la vuelta y El mar escrito) están signadas por un notorio componente autobiográfico. En el caso de Noveno círculo se trata de una historia originada en el regreso del autor a Cuba en 2010, después de quince años en los que no le fue permitido volver. La novela es entonces la crónica de ese viaje de reencuentro con el país más íntimo, y con el mundo desgarrado de una familia cubana como tantas otras. Una familia de provincia, con padre y madre trabajadores afiliados al Partido, varios hijos entre los que se encuentran dos hermanas médicas que han integrado misiones voluntarias en África y Venezuela, y en la que el escritor (narrador en primera persona) es el único réprobo que ha elegido el exilio.
El libro centra su mirada en esas contradicciones y en el delicado equilibrio que el amor familiar de unos y otros intenta mantener para no hacerlas estallar. En el esfuerzo de madre e hijo por no lastimarse, en el del narrador por establecer un contacto duradero con su propio hijo, a quien dejó de ver cuando tenía solo dos años y ahora reencuentra convertido en un hombre. En el dolor del narrador frente a la tumba del padre, un padre que sufrió el exilio del hijo como una herida personal y que le pedía que escribiera algo que pudiera mostrar a los amigos.
Estas relaciones de filiación, más que la política en sentido estricto son, en definitiva, el centro de esta historia. Un tipo de relación que se extiende más allá de lo familiar, porque también la relación con la patria es una relación problemática de filiación. La patria, esa Cuba mítica que ha sido obsesión en la literatura cubana desde sus orígenes, es madre y madrastra, es el polo imantado de un vínculo indestructible y doloroso. No es en vano el título elegido: el noveno círculo es, en la Comedia de Dante, el círculo de los traidores. Y el término "traidor" sobrevuela la novela y se despliega con ironía en múltiples sentidos. Porque así se siente el narrador, que parece "pagar sus culpas" haciéndoles regalos a todos, invitándolos a comer y a pasear por la isla, alojando a los suyos en hoteles más o menos costosos, haciendo arreglos en la casa de la madre, asumiendo la imagen falsa del éxito económico que los cubanos atribuyen a los del exilio. Pero también el término puede extenderse (aunque Fuentes no lo hace nunca en forma explícita) a la propia realidad, con sus carencias y sus absurdos burocráticos que el autor mira con la ironía y el dolor de quien fue formado en una familia de origen campesino que pudo estudiar gracias al impulso de la primera etapa de la Revolución.
Tal vez lo más interesante de la novela es que está hecha de silencios: está asentada sobre lo que no se dice. El silencio del narrador que en esos días de año nuevo de su visita (el año nuevo en Cuba es también fecha patria, recuerdo de la entrada de Fidel Castro en Santiago de Cuba en 1959) bebe litros de ron y de cerveza y se abraza con todos pero nunca puede hablar de lo que verdaderamente importa. El silencio de su hijo adolescente, hecho de desencuentros, de rencor nunca explicitado, pero que el padre siente y no puede romper, pese a sus intentos. El silencio de su esposa y su hija uruguayas que contemplan al padre en ese nuevo papel de hijo pródigo y de benefactor impostado. Tal vez la hazaña de Fuentes es la manera en que supo condensar, casi sin nombrarlas, las emociones y los sentimientos que laten por debajo de la alegría aparente de esos pocos días de reencuentro. Porque más allá de la circunstancia concreta del exilio cubano esta novela consigue hablar también sobre todos los exilios, sobre esa situación de extranjería que marca para siempre a los que dejan su lugar de origen.
NOVENO CÍRCULO, de René Fuentes. Fin de Siglo, 2011, Montevideo, 189 págs. Distribuye Gussi.