NO HAY QUIZÁS días de nuestra infancia que no hayamos vivido tan plenamente como aquellos que pasamos con uno de nuestros libros preferidos. Todo aquello que parecía entretener a los demás nosotros lo apartábamos como un obstáculo vulgar ante un placer divino: el juego que un amigo venía a proponernos justo en el pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos forzaban a levantar los ojos sobre la página o a cambiar de lugar, las provisiones para la merienda que nos habían hecho llevar y que dejábamos a nuestro costado, sobre el banco, sin tocarlas, mientras que por encima de nuestra cabeza el sol perdía fuerza en el cielo azul, la cena que nos aguardaba y de la que sólo pensábamos en salir para terminar, enseguida después, el capítulo interrumpido.
(...) ¿Quién no se acuerda como yo de aquellas lecturas hechas en tiempos de vacaciones, en las que uno iba a esconder sucesivamente esas horas del día que eran bastante apacibles e inviolables como para poder darles asilo? Por la mañana, volviendo del parque, cuando todo el mundo se había ido "a dar un paseo" me metía en el comedor donde, hasta la hora todavía lejana del almuerzo, nadie entraba excepto la vieja Félice, relativamente silenciosa, y donde no tendría por compañeros respetuosos más que a los platos pintados que colgaban de la pared, el almanaque cuya hoja del día anterior había sido arrancada recientemente, el péndulo y el fuego que hablan siempre sin exigir que uno les responda y cuyos dulces propósitos vacíos de sentido no vienen, como las palabras de los hombres, a reemplazar el de las palabras que uno lee. Me instalaba en una silla, cerca del pequeño fuego de madera, a propósito del cual, durante el almuerzo, el tío matinal y jardinero diría: "¡No hace ningún daño! Un poco de fuego se soporta muy bien; les aseguro que a las seis hacía realmente frío en el huerto. ¡Y pensar que en ocho días vienen las Pascuas!" Antes del desayuno que -¡lamentablemente!- ponía fin a la lectura, uno contaba todavía con dos buenas horas. De tiempo en tiempo, se escuchaba el ruido de la bomba de la cual el agua iba a emanar y que hacía que uno levantara los ojos y la mirara a través de la ventana cerrada, allá, bien cerca de la única calle del jardincito que bordeaba de ladrillos y porcelanas en medialunas sus arriates de pensamientos, recogidos, parecía, en esos cielos demasiado bellos, multicolores y como reflejados por los vitrales de la iglesia que podía verse entre los techos de la aldea, cielos tristes que aparecían antes de las tormentas, o después, muy tarde, cuando el día iba a terminar. Desgraciadamente la cocinera venía con mucha anticipación a poner la vajilla. ¡Si al menos la hubiera puesto sin hablar! Pero ella se sentía obligada a decir: "Usted no está bien así; ¿y si le arrimo una mesa?" Y nada más que para responder: "No, muchas gracias", había que detenerse en seco y volver a traer de la lejanía la propia voz que, dentro de los labios, repetía sin ruido, corriendo, todas las palabras que los ojos habían leído; había que detenerla, hacerla salir, y, para decir educadamente: "No, muchas gracias", darle una apariencia de vida normal, una entonación de respuesta que esa voz había perdido. La hora pasaba; a menudo, mucho antes del desayuno, comenzaban a llegar al comedor aquellos que, por el cansancio, habían abreviado el paseo, habían "tomado por el camino de Méséglise", o aquellos que no habían salido esa mañana, "porque tenían que escribir". Ellos afirmaban: "No quiero molestarte", pero enseguida empezaban a acercarse al fuego, a preguntar la hora, a declarar que un buen almuerzo no estaría mal. Rodeaban con particular deferencia a aquel que se había "quedado para escribir" y le decían: "Usted ha terminado con su pequeña correspondencia", con una sonrisa en la que había respeto, misterio, libertinaje y deferencia, como si esa "pequeña correspondencia" hubiera sido a la vez un secreto de Estado, una prerrogativa, una señal de buena fortuna y una indisposición. Algunos, sin esperar más, se sentaban con anticipación a la mesa, en sus respectivos lugares. Aquello era la desolación, ya que esa acción habría sido un mal ejemplo para los demás recién llegados, ir a hacerles creer que ya era mediodía y pronunciar demasiado temprano a mis padres la palabra fatal: "Vamos, cierra tu libro, es hora de almorzar". Todo listo, los cubiertos estaban puestos sobre un mantel en donde solamente faltaba que trajeran, al final de la comida, el aparato de vidrio con el que el tío horticultor y cocinero hacía café, artefacto tubular y complicado como un instrumento de física que olía y donde era tan agradable ver subir a través de la campana de vidrio la ebullición repentina que dejaba luego en las paredes brumosas una ceniza perfumada y morena; y también la crema y las fresas que el mismo tío mezclaba, en proporciones siempre idénticas, deteniéndose justo en el rosa que se buscaba con la experiencia de un colorista y la adivinación de un goloso.
El autor
MARCEL PROUST (París, 1871-1922) es uno de los autores más influyentes del siglo XX, autor de las siete novelas que forman la serie sobre el tiempo y la memoria que tituló En busca del tiempo perdido. El texto de esta página pertenece a Sobre la lectura.