Grandes o gordos

Felipe Polleri

MÁS ALLÁ DE las obvias y enormes diferencias, Günter Grass y Salman Rushdie tienen más de un punto en común: sus extensas novelas, en donde pretenden incluir todo, o casi, son producto del virtuosismo y de esa clase de imaginación desatada que en Latinoamérica tomó el nombre de "realismo mágico". Grass se hizo célebre con El tambor de hojalata, donde cuenta el ascenso del nazismo a través de Oskar, un niño que se niega a crecer, una especie de enano maligno que no se deja engañar por el alto y falso ángulo de visión de los adultos. La imaginación desbordante de Grass, heredera de los Grimm y de Grimmelhausen, de Jean Paul y de la literatura alemana y latinoamericana, construyó una obra maestra a la que siguieron otras como Años de perro, sin olvidar sus exquisitas piezas de teatro breves, como Inundación.

Por su parte, en su monumental Hijos de la medianoche, Rushdie relata la historia de la India desde la mirada de un hombre que nació en la medianoche de la independencia, dando lugar a una riquísima e imaginativa (en su momento se la comparó con Cien años de soledad) obra maestra, heredera de Las mil y una noches, Dickens, Kipling, tal vez García Márquez, pero no por eso menos original y grandiosa. La siguieron una gran cantidad de novelas y relatos del mismo nivel, pese a la condena a muerte de las autoridades iraquíes a causa de Los versos satánicos.

Pero ¿grandes o gordos? Porque hay distintos tipos de lectores y los que prefieren las novelas breves y sustanciosas tal vez no disfruten con los infinitos tapices de Rushdie o con las infinitas digresiones de Grass: "cháchara", según afirma un notable lector y escritor amigo al que repelen ambos "gordos". Opino que, además de gordos -sí, gordísimos- son grandes. Léanlos y, como dijera Parra, marquen con una cruz la respuesta correcta.

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