Sergio Altesor (desde Estocolmo, Suecia)
AL MUNDO LE HA tomado mucho tiempo descubrir a Ed Ruscha (1937). Posiblemente porque su obra nunca ha podido encasillarse en ninguna escuela ni estilo. Pero también porque su pintura demanda una lectura nada convencional. Ruscha siempre estuvo muy lejos de querer representar la realidad visible a los ojos. Toda representación es una falacia que no puede, estrictamente, ser identificada con el objeto representado. Por eso lo que realmente le interesa son las formas de representar, las convenciones lingüísticas, los códigos visuales y simbólicos que la cultura humana ha desarrollado.
La ciudad de la ilusión. No es casualidad, entonces, que Ruscha viva en Los Ángeles, ciudad que él mismo ha caracterizado como "Una ciudad de escenarios, llena de ilusiones". Además de su hogar, Los Angeles es su observatorio del mundo. Sin embargo, Ed Ruscha creció en Oklahoma City, en el llamado Midwest, dentro de una rígida familia católica. Durante su infancia, antes de conocer la existencia de los museos y de las llamadas obras de arte, comenzó su vida artística dibujando historietas. Más tarde se interesó también por la tipografía. Durante la adolescencia descubrió a los dadaístas, a Man Ray, a Marcel Duchamp y algo más tarde a Jasper Johns. Apenas terminó su educación escolar básica tomó su viejo automóvil y manejó más de 200 quilómetros para alejarse tanto como pudiera de su hogar, hasta que lo detuvo el Océano Pacífico en la ciudad de Los Ángeles. Allí, además de abandonar la religión católica, comenzó a estudiar en el entonces llamado Chouinard Art Institute. Al egresar trabajó durante un corto período en reclame y diseño gráfico antes de dedicarse entera y definitivamente al arte.
Desde entonces la ciudad de Los Ángeles ha sido la fiel compañera de su carrera artística. En los motivos -carteles, escenarios cinematográficos, puestas de sol en abigarradas copias en cibachrome- se puede notar una distancia crítica. Las obras pendulan entre la fascinación y la repulsión, entre la reserva y el reciclaje lúdico de símbolos gastados. Al artista le obsesiona desarticular el discurso de la ciudad de la ilusión. Y sin embargo, ese constante rasgo de rebeldía crítica contiene también una cierta compasión hacia la desproporcionada credulidad en la belleza.
Libros de artistas. Aquel camino entre Oklahoma City y Los Ángeles que el joven Ed Ruscha recorrió para encontrar al artista maduro lo volvería a recorrer muchas veces más. Esas carreteras que parecen las fotografías tempranas de Walker Evans, con estaciones de servicio que funcionan como paradas aisladas de un peregrinaje, han sido justamente los lugares en donde Ed Ruscha encuentra sus temas: en el espejo retrovisor, en la radio del coche, en los carteles y las señales de tráfico. Que después represente esos temas con incendios, si bien de forma civilizada, es típico de su forma de trabajar con el desdoblamiento de los significados. Incluso podría llevarse el tema a la polémica cultural, como cuando Ruscha deja que en un cuadro la parte trasera de la sede de una institución del arte sancionado, como lo es el Los Angeles County Museum (Museo del condado de Los Ángeles), arda libremente.
Ese camino también daría lugar a uno de los aportes más conocidos de Ruscha al mundo del arte: el libro de artista. O por lo menos a que Ruscha lo instaurara como un nuevo género. Twentysix Gasoline Stations fue su primer libro de artista editado en abril de 1963 en National Excelsior Press, su propia editorial. El libro es a menudo mencionado como una de las primeras ediciones de un libro de artista. La paternidad del género, como suele suceder, es muy discutida. Entre otros, Warja Lavaters había editado su primer libro de artista, Wilhelm Tell, en 1962 y antes de eso distintos grupos de vanguardia habían investigado el libro como medio artístico. Sin embargo, Ruscha fue uno de los precursores más decisivos y una influencia importante para una larga serie de continuadores que trabajaron con artist`s books en los Estados Unidos, especialmente por ese entonces.
La obra de Ruscha contiene precisamente lo que el título dice, 26 fotografías de estaciones de servicio junto a pequeños textos que informan sobre su ubicación y el nombre de la empresa. Comienza con la Bob`s Service de Los Ángeles, una estación que quedaba cerca de donde vivía el artista, y le siguen después las 26 estaciones de servicio que había en el camino hasta el hogar de su infancia en Oklahoma City. La última estación era Petrofinas, en Groom (Texas), la que por su parte era el punto de partida para el viaje de regreso. La edición original fue de 400 ejemplares y los libros se vendieron en las propias estaciones de servicio fotografiadas.
Ruscha tomó aproximadamente unas 60 fotografías. En el proceso de elegir las 26 imágenes del libro el artista descartó especialmente toda fotografía que pudiese ser percibida como emocionante o poseedora de algún enfoque personal del objeto. Al respecto declararía mucho después: "Quiero un material absolutamente neutral. Mis imágenes no son especialmente interesantes, y tampoco lo es el tema. Se trata simplemente de una colección de información visual objetiva; mis libros son más bien como colecciones de readymades".
Todas las estaciones de servicio quedaban a lo largo de la famosa Route 66 (ruta 66), una carretera ya entonces mítica dentro de la cultura popular norteamericana a través de una serie de televisión del mismo nombre y de la novela de John Steinbeck Las uvas de la ira. Más tarde sería también uno de los tópicos de la película de Dennis Hopper Easy Rider y un tema de los Rolling Stones llamado precisamente "Route 66".
El libro tuvo al principio una recepción muy fría. La propia Library of Congress (Biblioteca del Congreso) lo rechazó por su "(…) diseño heterodoxo y su presunta falta de información". Sin embargo, el prestigio del libro fue aumentando durante las décadas de los ´60 y ´70 hasta alcanzar el estatus de libro de culto durante los `80.
Inclasificable. Como fiel representante del nuevo paradigma del arte surgido en la década de los `60, Ed Ruscha ha trabajado con un amplio espectro de técnicas (pintura, fotografía, gráfica, video y libros de artista, entre otras). Se hizo conocido al comienzo de aquella década por una pintura que a menudo contiene palabras o frases, por sus collages y sus fotografías. En esa época participó en varias muestras colectivas de artistas pop, lo que dio lugar a que en ciertos círculos se lo clasificara como tal. Sin embargo, el mismo Ruscha evita consecuentemente ser encasillado en cualquier estilo. Su trabajo es imposible de definir a partir de un simple rótulo estilístico. A la hora de hablar de su arte, muchos dudan en considerarlo uno de los primeros artistas pop, un precursor del arte conceptual o hasta un surrealista tardío. Este rechazo del artista a los rótulos y esta dificultad de "posicionar" sus productos en el mercado artístico -aun el mercado de las teorías del arte- limitó sin duda su éxito temprano y ha sido con seguridad uno de los factores decisivos de su reconocimiento tardío pero a la vez profundo, tanto en su propio país como en gran parte de Europa.
Palabras. Las pinturas de Ed Ruscha oscilan entre espejismos seductores y oscuras pesadillas. En ellas utiliza a menudo palabras, lo cual tiene inesperadas consecuencias en la percepción de las imágenes. Noise (ruido) y Scream (grito) son dos palabras pintadas sobre lienzos que resuenan aunque están completamente en silencio. Noise (1963), cuyo sonido se detiene en la superficie como un ruido visual. Scream (1964), un grito de pulsantes ondas de sonido que permanece, sin embargo, en su cámara de presión, contenido por los marcos del cuadro.
El interés por las palabras y la tipografía va y viene de manera constante en su pintura. Pero no se trata de un interés decorativo o esteticista. El tamaño de las letras puede ser enorme o increíblemente pequeño en relación al cuadro, por ejemplo. De esa manera Ruscha destaca el carácter abstracto que tiene en realidad la escritura. No pocas veces pinta palabras sobre paisajes con la intención de destacar la horizontalidad de los fondos coloreados en el technicolor de la industria cinematográfica.
Noise y Scream son solamente dos de las 70 obras que componen la gran exhibición retrospectiva "Ed Ruscha: Cincuenta años de pintura en el Moderna Museet" (Museo de arte moderno) de Estocolmo. Un museo especialmente conocido en el mundo por su gran colección de arte moderno norteamericano. Durante los años ´60 estuvo al frente de la institución el visionario Pontus Hultén, uno de los primeros en descubrir la trascendencia del Pop-Art. A pesar de ello, y de que el museo adquirió ya entonces una gran colección de artistas pop, la obra de Ruscha nunca había sido atendida en su verdadera importancia hasta el momento.
Sin palabras. En contraste con la pintura descripta anteriormente están las series de pinturas sin palabras que Ed Ruscha pinta desde mediados de los ´80. En Untitled (Sin título, 1986), un barco flota como una silenciosa imagen fantasma que se dirige hacia lo desconocido. Tanto en éste como en todos sus cuadros, el pintor planifica cuidadosamente su trabajo, a diferencia de la espontaneidad de los expresionistas abstractos que Ruscha había admirado en su juventud.
Espejismos y pesadillas, figuras míticas del tiempo de los pioneros del oeste que parecen salidas de las películas de la infancia son también un tema que atraviesa la obra de Ruscha. Un cuadro en el acervo de Moderna Museet, Triumph (Triunfo, 1994), es un buen ejemplo. En él vemos la última escena de una película que se dirige hacia un final inexorable, con los rayones y las marcas del celuloide que brillan en la pantalla cuidadosamente representadas en la pintura. Y en una serie de retratos heroicos de figuras mitológicas del Far West pintados en una escala de grises, el artista deja de lado los pinceles y toma la pistola de aerosol para alcanzar una oscilante expresión onírica de tiempos perdidos.
El descifrador de la ilusión. Sueños, ilusiones, imágenes de imágenes. El mismo Ruscha ha dicho que él es un pintor abstracto que utiliza motivos realistas. Por lo mismo, esa constante dislocación de los significados que parecen acumularse capa tras capa en su trabajo lleva a que el recorrido del observador sea necesariamente una intensa aventura visual y conceptual.
Como Piet Mondrian, como Gerhard Richter, la obra de Ruscha ha ido impregnando lenta y profundamente, como el agua que fluye, a las generaciones posteriores. Lo paradójico es que su influencia ha sido mucho más extensa que su popularidad. Su inagotable inquietud para desdoblar el otro lado de las imágenes y el otro lado de la comunicación visual, los mecanismos de investigación de un arte despojado de egolatría y subjetividad que imita, contradice y parodia al lenguaje mediático se han trasmitido por ósmosis entre los artistas sin que muchos conocieran realmente la obra de Ed Ruscha. Porque a diferencia de Warhol, cuya pretensión de impersonalidad terminó siendo un sello de fábrica, Ed Ruscha ha buscado siempre producir arte desde la médula nerviosa del sistema cultural, desde esa fuente insondable que es capaz de dominar y trastornar los sueños y las ilusiones del ciudadano común, del hombre pequeño, del loser (perdedor).
Su obra lo ha trascendido porque ha logrado ser, como él mismo lo formuló en relación a sus libros de artista en una famosa entrevista (The National Observer, 1969), una especie de Henry Ford del arte. Ed Ruscha no se hizo famoso con la facilidad de otros artistas, pero su obra abrió el camino que muchos otros recorrieron para obtener un éxito fácil.