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 Viernes 08.07.2011, 04:04 hs l Montevideo, Uruguay
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Cultural


ADELANTO

El hombre de Bruselas

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Mario Delgado Aparaín

EL LUNES POR LA NOCHE, temiendo las sorpresas desagradables del sonambulismo o de la inquietante y ya cotidiana pesadilla del encuentro con el desconocido incendiario del pueblo, Augusto Almeida durmió sentado en la cama. A su lado, sumergida en la lectura de una revista de modas, Carmela Rustaveli había esperado pacientemente a que lo venciese el sueño y, de una vez por todas, cayese sobre su falda el libro que leía.

-Esos paisanos testarudos de Jefferson se merecen su destino ruinoso…- dijo Augusto Almeida con enojo, emergiendo de pronto de la lectura-. La vida se les consume cazando negros, vendiendo máquinas de coser, persiguiendo mulas de aserradero o reparando agravios que nadie reconoce… De todos modos, ahora se quién es el alcalde de Jefferson. Se llama Flem Snopes y parece ser el último Snopes auténtico que todavía sobrevive. A él le escribiré esta semana. Así que prepárate a redactar una carta en inglés, Carmela. Sí, señor…

Tras mover la cabeza de un lado a otro, dejó caer el mentón sobre el pecho y se durmió con la boca abierta.

Carmela se acercó hasta él, tomó el ejemplar de En la ciudad de William Faulkner, lo dejó sobre la mesa de luz y cubrió al hombre con una manta hasta el pecho. Al igual que una mujer enamorada, no esperaba ninguna recompensa por aquella lealtad que la convertía en una secretaria cuyas funciones iban mucho más allá de las seis de la tarde, que no pocas veces incluían la tarea de montar guardia a su lado sin que él, por el hecho de estar dormido como un tronco, lo supiese. Había llegado al extremo de guardar celosamente el secreto de lo que había ocurrido una madrugada a finales del otoño pasado, cuando Augusto Almeida, sonámbulo y en calzoncillos, atravesó el pueblo en un profundo estado de ausencia sin que nadie lo molestase -en Mosquitos cualquiera sabe que a un sonámbulo no se lo debe despertar en ninguna circunstancia-, ingresó a la casa de Carmela Rustaveli por la puerta del patio trasero y se metió en su cama sin recobrar en ningún momento la conciencia, estado que no le impidió sin embargo montarla por primera vez y meterse profundamente en ella hasta la salida del sol. Por su parte, Carmela se permitió con largueza hacer lo que el instinto le dictaba. Cuando todo hubo acabado, ella se levantó sin hacer ruido, tomó a Augusto Almeida por los sobacos y lentamente, muy lentamente, lo sacó de la cama, lo puso de pie y lo llevó hasta el sofá de la sala, donde lo recostó con infinita ternura para que continuase durmiendo en paz hasta el mediodía. Cuando despertó, lo primero que comprobó fue que el pantalón negro a rayas, la camisa blanca recién planchada y sus zapatos negros bien lustrados estaban a su alcance como todas las mañanas. Pero no se preguntó por qué él y su vestimenta estaban allí, en la casa de Carmela, pues se había acostumbrado a las sorpresas que cada tanto se daba a sí mismo a causa de las perturbaciones del sueño. Sin embargo, jamás se enteró de lo que había hecho con ella. Apenas si le quedó un curioso e inexplicable residuo de acercamiento íntimo, pero al fin, como no logró dar con una razón real, se conformó con pensar que, tal vez, aquella sensación se debiese a que los intereses comunes y el compañerismo suelen provocar situaciones humanas que muchas veces se parecen demasiado a una amistad profunda. Y nada más. Tampoco ella quería ahondar en rastros de algo más significativo. En un pueblo demasiado ciego como para formar parte del universo, no podía esperar de alguno de sus hombres más de lo que había obtenido: es decir, nada. Ni siquiera un hijo que le quitara la insoportable sensación de finitud que tienen las experiencias estériles.

El autor

MARIO DELGADO Aparaín nació en La Macana (Florida, Uruguay) en 1949. Entre sus libros de relatos se cuentan Causa de buena muerte, Las llaves de Francia, Vagabundo y errante, Querido Charles Atlas, y las novelas La balada de Johnny Sosa, Estado de gracia, Alivio de luto, No robarás las botas de los muertos. Ha recibido, entre otros, el Premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, el Premio Municipal de Literatura de Montevideo, el Foglia de Novela y el Bartolomé Hidalgo. El texto de esta página es un adelanto de su nueva novela, El hombre de Bruselas, que publica Banda Oriental.

etiquetasEtiquetas: hombre - cama - almeida - augusto - Carmela - 
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