Hugo Fontana
FABIO MORÁBITO nació en Egipto en 1955. A los tres años sus padres, de origen italiano, regresaron a Milán. Cuando tenía 15, volvieron a partir, esta vez rumbo a México. Instalado entre dos idiomas y dos mundos, "condenado a tener marcas de uno y otro", como él mismo afirma, Morábito escribiría años después un bellísimo poema titulado "In limine". En una de sus estrofas dice "Yo nací en una playa/ de África, mis padres/ me llevaron al norte,/ a una ciudad febril,/ hoy vivo en las montañas,// me acostumbré a la altura/ y no escribo en mi lengua,/ en ciertos días del año/ me dan vértigos y mareos,/ me vuelve la llanura...".
Ahora su producción literaria va llegando a Uruguay. En 2009 la editorial argentina Eterna Cadencia publicó el libro de cuentos La lenta furia (ver El País Cultural Nº 1021), y ahora Grieta de fatiga. Morábito ha incursionado también en la novela (Emilio, los chistes y la muerte, donde cruzan sus caminos un niño de 12 años, de formidable memoria, y una mujer de 40), la literatura infantil (Cuando las panteras no eran negras) y el ensayo (El viaje y la enfermedad, 1984, Caja de herramientas, 1989, Los pastores sin ovejas, 1995 y También Berlín se olvida, 2004). Recientemente tradujo la obra completa del italiano Eugenio Montale, según los especialistas uno de los poetas más difíciles de volcar al castellano. No solo tal eclecticismo, curiosidad creativa y múltiples geografías lo asemejan al chileno Roberto Bolaño, quien también vivió sus breves años como un trashumante, sino que sus propios relatos tienen un particular parentesco.
"Pero quiero aclarar", le dijo hace poco al periodista Damián Blas Vives, "que eso que tú llamas extranjería social y personal estaba en mí antes de cualquier migración; era una parte constitutiva de mi carácter. Por demás, la palabra migración me parece un poco ostentosa, aplicada a mí. Yo no hice más que seguir a mis padres. (...) Por mi propia voluntad, yo nunca he emigrado".
ANCLOTES Y REZONES. Quince cuentos breves, abigarrados, forman esta colección. Fueron publicados por primera vez en 2006 y tratan, en su mayoría, del valor de las palabras, de vestigios y de pasos, de cicatrices y de angosturas. El primero de ellos, titulado justamente "Huellas", habla de un hombre que camina solo por la playa, desentrañando el rastro afectivo que hay bajo cada pisada en la arena, bajo cada signo impreso: primero una madre y su hijo, luego dos hombres y una mujer que caminan ya lejos y que terminarán transformándose en una metáfora del horizonte, de lo siempre inalcanzable. "El gesto" presenta a un muchacho de una numerosa familia unida por pequeñas expresiones en común, que les dan identidad y pertenencia. "El valor de roncar" y "Las puertas indebidas" hablan del secreto tránsito en los hoteles, de puertas condenadas o sigilosamente abiertas, como en los cuentos de Cortázar o Bioy Casares. Hay escritores en una y otra habitación; también los hay en "Las correcciones" -el preferido de Morábito- en el que un editor va a devolver un manuscrito corregido y es atendido por la viuda del novelista, quien conoce de memoria la obra y debate sutilmente con el visitante hasta hacerlo arrepentirse de su tarea.
Las palabras también se transforman en motivo de pánico y hasta de crimen. En "La cigala" un hombre lee una novela y se cruza con el vocablo "cigala". Sabe que es un crustáceo, pero su significado no encaja en la frase que la contiene y acude a un diccionario. Encuentra una acepción que no conocía: "Forro, generalmente de piola, que se pone al arganeo de anclotes y rezones". Sigue buscando, exasperado ahora, el significado de "arganeo", "anclotes" y "rezones". Consulta a un especialista al que, secretamente, odia. Pero éste no lo puede ayudar y termina por convertirse en víctima de la violenta reacción del lector.
Guerreros Y PALABRAS CRUZADAS. Por allí andan también dos o tres cuentos que parecen salirse de las atmósferas comunes a los otros relatos: dos caballeros andantes que se enfrentan en una absurda pelea y van intercambiando piezas de sus destartaladas armaduras ("Armaduras"); un inescrupuloso guerrero griego que decide, tras la toma de Troya y luego de un acto de cobardía que recuerda al personaje de La roja insignia del valor, de Stephen Crane, desposarse con una nativa y quedarse a vivir dentro del enorme caballo de madera ("Micias"); los integrantes de unas tribus que ven -y padecen- cómo cada día el mundo que habitan se va volviendo más pequeño e inhóspito ("La selva se achica").
Padres silenciosos y distantes, esposas bajo sospecha de adulterio, mujeres tan sofisticadas como fríamente vengativas, he ahí parte de esta fauna.
A medio camino entre el humor y el lirismo, los cuentos de Morábito siempre conducen a una precisa definición, eludiendo todo atisbo de exceso o de vacuidad. Él mismo ha sostenido que, en el fondo, todos los cuentos son de terror porque ocultan algo que el lector desconoce, tal como le dijo a Patricia Kolesnicov: "Siempre estamos buscando indicios, huellas, señales de algo que no se nos revela. La literatura descansa en eso. Siempre hay algo oculto, algo velado, que alguien trata de descubrir qué es".
Pero es en "Los crucigramas", acaso el mejor de estos relatos, donde nuestro autor revela lo más firme de su pulso narrativo. Se trata de la historia de dos hermanas separadas por un océano. Treinta años atrás, la menor se casó y siguió a su marido para instalarse en América; su matrimonio no duró demasiado pero ella decidió seguir viviendo en ese país casi tan desconocido como su propio esposo. La mayor, Irma, debió hacerse cargo de su madre paralítica y vio pasar la vida en su previsible solar. Cada seis meses se comunican entre sí: la que vive en Europa le hace llegar un paquete con revistas de crucigramas en su idioma materno, ya resueltos, borradas las letras, apenas una sombra de ellas sobre el papel a modo de guía, ayuda, incluso consejo. Con el paso del tiempo las revistas empiezan a llegar primero con las palabras sin borrar pero, más tarde, con las páginas en blanco, sin aquellos tenues registros. Malos presagios, malas noticias, una súbita soledad y una distancia definitiva.
Convencido de la importancia de la literatura como camino para cambiar el mundo, y defensor a ultranza del ejercicio de imaginar, Morábito había dicho en un viejo reportaje aparecido en la revista virtual Babab que creía que el gran propósito del arte es "mostrarnos que siempre hay otra cosa, que no hemos llegado a un punto final de nuestra forma de ser sino que hay muchas otras posibles". En ese sentido, y manteniéndose fiel a sus despojadas estrategias literarias, ha asumido casi como un lema que "un autor que no te hace olvidar su procedimiento, su técnica, no te está emocionando, no te está seduciendo".
GRIETA DE FATIGA, de Fabio Morábito. Eterna Cadencia, 2010, Buenos Aires, 185 págs. Distribuye Ediciones del Puerto.