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Rafael Rey
LA SITUACIÓN económica y social por la que atravesaba Francia a fines de los años ochenta del siglo XVIII era especialmente crítica. Los duros inviernos, la escasez de alimentos y el aumento de precios e impuestos, no sólo llenaron de famélicos cadáveres los caminos de las Galias, sino que generaron un progresivo descontento en la población, que pronto habría de cambiar el curso de la Historia. A mediados de 1789 el único lugar donde nadie parecía haberse percatado de la situación que se avecinaba era Versailles, donde residía la familia real y su corte. La frívola aristocracia francesa continuaba con las fiestas, los festines, el derroche. "La corte, absolutamente ciega, no alcanzó a ver la inminencia del desastre", recordaría la marquesa Lucie de la Tour Du Pin en sus memorias. "En medio de todos estos placeres, reíamos y bailábamos al borde del precipicio".
La acertada metáfora fue utilizada por la periodista e investigadora inglesa Caroline Moorehead para titular su libro: Dancing to the precipice. Lucie de la Tour Du Pin and the French Revolution, infelizmente traducido al español como Bailando al Borde del Precipicio. Una vida en la corte de María Antonieta, subtítulo que nada tiene que ver con el contenido del libro, que va mucho más allá de la escasa década que la protagonista estuvo en la corte de la "loba austríaca". De hecho la reina muere decapitada en la página 184. Apenas volverá a ser nombrada en las más de 300 páginas siguientes.
A partir de las memorias de la marquesa, consideradas de las mejores que se han escrito sobre el período - nunca dejaron de editarse tras ser publicadas por primera vez en 1907- Moorehead reconstruye las peripecias de los nobles durante la Revolución Francesa. Y lo hace siguiendo los pasos de una de sus más lúcidas protagonistas. Una mujer que tuvo la fortuna, la desdicha, el privilegio de haber estado cerca de los personajes más importantes de esta historia; y a diferencia de todos ellos, de haber (sobre) vivido para contarlo.
Moorehead escribió una biografía que avanza con el vertiginoso ritmo de un thriller.
DE RODILLAS. Descendiente de nobles por ambas ramas, Lucie-Henriette Dillon, a quien siempre llamarían Lucie, nació en 1770, en París. Con su madre en la corte de María Antonieta, y su padre combatiendo por la independencia de los Estados Unidos, pasó los primeros años de su vida bajo la tutela de su abuela materna, la despótica Madame de Rothe.
Cuando tenía 12 años murió su madre. El padre, que seguía combatiendo al otro lado del Atlántico, no habría de regresar a París. Con la madre muerta y el padre ausente, la joven sabía que tenía grandes chances de que su abuela la desheredara. En un acto que recordaría como "en extremo repugnante", rogó de rodillas a Madame de Rothe que le permitiera quedarse con ella. "Así pues tuve que decidirme a soportar los sufrimientos diarios que eran la consecuencia inevitable del carácter terrible de esta mujer de la que yo dependía".
Vivió con su abuela hasta que se casó, a los 17 años, con Frédéric de Gouvernet, once años mayor, que había combatido a los ingleses junto a su padre, durante la guerra por la independencia en Norteamérica. Tras el casamiento, Lucie fue presentada en la corte como la Condesa de Gouvernet.
LA REVOLUCIÓN. Cuenta Moorehead que Luis XVI estaba cazando, tal cual era su costumbre, cuando le informaron de los disturbios en París. "¿Es una revuelta?", habría preguntado el rey; "No, mi señor -le respondieron- esto es una revolución".
Dos meses después de La Toma de la Bastilla, una turba enfurecida tomó por asalto el castillo del Rey. Escondida, sin alcanzar a ver nada de lo que estaba ocurriendo, Lucie podía sin embargo escuchar los gritos de la multitud, que pedía el corazón de la "puta austríaca", en referencia al origen de María Antonieta. "No creo haber padecido horas tan crueles en toda mi vida", recordaría décadas más tarde.
Los próximos diez años viviría en el exilio -Suiza, Holanda, Estados Unidos, Inglaterra-, y retornaría esporádicamente a Francia cuando las condiciones parecían apropiadas.
"Todos traían los aires y la insolencia de la sociedad de París (…) y estaban sempiternamente asombrados de que existiera en el mundo algo más que ellos y sus costumbres", escribió Lucie sobre los primeros emigrados de la Revolución.
Tras el ascenso de los Jacobinos y el período de la guillotina y el Terror, Lucie contempló la otra cara del exilio.
Con sus derechos feudales suprimidos, despojados de todas sus posesiones y sin posibilidad de regresar, los nobles emigrados veían cómo se les agotaba el poco dinero que habían llevado a un destierro que imaginaron breve. Endeudados, vendían las pocas joyas que conservaban; expulsados de los hoteles por no pagar sus deudas de alojamiento, se veían obligados a dormir en sus carruajes.
Lucie comprendió que estaba en un momento crucial de su vida. Aquel mundo de bailes, vestidos y joyas, que describió como de "debilidad e ilusión", se habían terminado para siempre. A partir de entonces, recordó, "mi vida fue distinta, mi actitud ética se transformó".
UNA VIDA ATRIBULADA Y SIN REPOSO. A los 35 años Lucie estaba embarazada por décima vez. Desde los 17 había sufrido tres abortos; había parido un bebé muerto, ahorcado con el cordón umbilical, y visto morir en sus brazos a dos de sus cinco hijos nacidos vivos. El sexto, Aymar, sería el único que habría de sobrevivirla. Tiempo después, en una carta a su ahijada, a propósito de la hija de ésta, a quien Lucie cuidaba y aseguraba amar como a su propia hija, escribiría, al borde del arrepentimiento: "apenas me atrevo a decirte esto, porque viniendo de mí, la palabra hija tiene un eco de muerte".
Para entonces Napoleón ya era el Emperador de Francia, y tanto los republicanos como los realistas veían más o menos con buenos ojos al hombre que había devuelto la paz a la nación. París volvía a ser una fiesta. Como apunta Moorehead, "la gente empezaba a hablar de Robespierre y del `reinado del Terror` como algo que hubiera ocurrido en otro lugar y hacía mucho tiempo".
Desde el momento en que lo conoció, Lucie sintió una enorme admiración por Bonaparte. Cada vez que lo veía, su corazón "se llenaba de emoción". El Emperador, en tanto, tenía en gran estima a la pareja. Nombró a Frédéric prefecto de Bruselas, y fue especialmente atento con Lucie.
La derrota de Napoleón provocó un nuevo período de inestabilidad en el país. Aunque cuestionado por su participación en el gobierno napoleónico, Frédéric fue nombrado embajador en el Piamonte. En Turín, Lucie comenzó a escribir sus memorias, "unos pocos datos de una vida atribulada y sin reposo". No volvieron a Francia por diez años.
Tras la muerte de su esposo, en 1837, se dedicó de lleno a sus memorias, y vivió sus últimos años con su hijo, en la ciudad italiana de Pisa, en la más absoluta austeridad.
Murió el 2 de mayo de 1853. Tenía 83 años. Poco antes había escrito: "Los días pasan como instantes. No echo de menos nada de lo que alguna vez la vanidad me hizo desear. Ya no sueño con aquellos criados con librea, aquellos caballos, aquellos carruajes, aquel excelente cocinero (…). Todo eso me resulta tan lejano como si nunca lo hubiese conocido".
BAILANDO AL BORDE DEL PRECIPICIO. Una vida en la corte de María Antonieta, de Caroline Moorehead. Turner, 2010. Madrid, 491 págs. Distribuye Océano.





