Carlos Cipriani López
TODO OCURRIÓ a las doce de la mañana, en un día de Carnaval. Cinco jinetes aparecieron de pronto por el camino principal del pueblo. A fuerza de paciencia consiguieron que los ariscos caballos avanzaran, no sin levantar gigantescas nubes de polvo. Entre rebencazos y corcoveos fueron aproximándose hacia una cantera profunda, repleta de agua. Desde una taberna, los parroquianos salieron a alentarlos, justo en el momento en que el jinete que llevaba la delantera recibía un fósforo encendido sobre sus ropajes. Entonces, el hombre, con caballo y todo, se lanzó a las aguas. Después de un rato, no sin esfuerzo, consiguió volver a pisar tierra firme. Allí lo esperaba el sargento del pueblo, montado en un caballo que se atemorizaría varias veces al ver los extraños equinos de los jinetes. Entonces la decisión de la ley estaba clara. El jinete salido de la cantera sería arrestado. Casi de inmediato los otros cuatro jinetes decidieron entregarse también, en gesto solidario. De camino a la comisaría, mientras los detenidos parecían reanimarse y querer danzar para la gente que se arrimaba a chusmear, el sargento les preguntó: "¿Y ahora vuelven a creerse que están de fiesta? ¿Se creen que esto es chacota?". Así acosados, los jinetes llegaron a la comisaría pero en vez de ser encarcelados en los calabozos, fueron conducidos a las caballerizas. Llegando a sus puertas, no bien se asomaron, saltaron "sobre ellos tres caballos, hacia la calle, despavoridos", tres caballos de pura sangre, a diferencia de los montados por los presos, que no eran más que armatostes, armazones de alambre con forma de animal, recubiertos de arpillera y trapos.
Esta historia, narrada por Francisco Espínola en el cuento "Los cinco", revela la ternura del autor ante la desgracia humana. Como el propio "Paco" lo declaró, se trata de personajes frustrados en su sueño "de volver a ser jinetes como lo fueron cuando eran campesinos, como lo fueron sus padres". La técnica de escritura apuesta a destacar eso, la construcción de una imagen piadosa sin brindar perfiles psicológicos. Como también lo confesó Espínola, su objetivo era "conseguir que lo humano en el cuento no significase nada más que la energía física necesaria para mover los armatostes del disfraz, y que estos armatostes fueran los causantes omnipotentes de las vicisitudes de los hombres".
Más allá de tales presupuestos, que guardan relación con la especificidad literaria del cuento, el disparador es la voluntad confesa de recordar los carnavales de los pueblos del Interior uruguayo. Los elementos de crónica que contiene el relato pueden rastrearse en diversas fuentes. Por lo menos hasta los años sesenta del siglo XX, al sur del Río Negro, las denominadas "comparsas a caballo" recorrían zonas rurales y participaban en desfiles pueblerinos y bailes. La vestimenta incluía caretas de fino tejido de alambre y "facones" de madera liviana a utilizar en los simulacros de combate llamados "barajadas", una suerte de esgrima donde cada toque al rival suponía un "corte".
en francia, gran bretaña y españa. En distintas poblaciones europeas el caballo también fue pilar de varias ceremonias y juegos, por ejemplo el hobby-horse de Cornualles o Cornwall (Inglaterra), el caballo de Montpellier (Francia), o el zaldiko-maldiko de Pamplona (España). A propósito de este último, escribió Alexandre Du Mége de la Haye: "La danza del chevalet es ejecutada por algunos personajes de los cuales los principales son el Hombre-Caballo y el Donante de Avena: el primero pasa el cuerpo a través de un caballo de cartón, envuelto de tal modo que tapa las piernas del hombre. La perfección del rol de éste consiste en la agilidad con la cual envía una y otra coz al segundo personaje, quien -por su lado- debe siempre encontrarse delante de la cabeza del caballo, para presentarle un tonel repleto de avena, evitando los golpes del pretendido caballo".
Por otro lado, el hobby-horse de Cornualles recorría todo el pueblo hasta que al final era arrojado a un charco, a diferencia de lo que ocurría en Irlanda, donde el figurado animal era pasado por una gran fogata.
en roma. "El Carnaval de Roma no es una fiesta que se le concede al pueblo; el pueblo se lo concede a sí mismo", escribió Johann W. Goethe poco después del viaje por Italia que realizó entre 1786 y 1788, cuando entraba en los 40 de edad y sólo parecía sentirse a gusto en la medida que nuevos temas aparecían a su alrededor. Abandonando el romanticismo, en su diario él se define "renacido", y dice que vivió por entonces "una nueva educación". Escribió sobre casi todo con una claridad absoluta, confesando las grandes flaquezas de anteriores ensayos propios, por ejemplo en torno a las artes plásticas. Goethe aparece como un agradecido humanista en expansión, que destaca tanto a un suizo de apellido Meyer -quien le enseñó a mirar los detalles en las obras de arte-, como reverencia la humildad de Santa Rosalía, la patrona de Palermo.
El apasionado de la arquitectura emerge en varios capítulos, destacando anfiteatros como los de Verona y Taormina o el Teatro Olímpico de Vicenza. Pero también acercándose a edificios proyectados por Palladio, o ingresando a librerías donde poder hallar la edición de las obras del constructor, cosa que consigue en Padua. Y como en todas las descripciones que hace, sean de las montañas y sus suelos o de las villas y sus casas, cuando narra la manera en que dio con el facsímil de Palladio se muestra atento a cada objeto que lo rodea o a cada persona que le brinda información acerca de una edición que no es la original (con grabados realizados sobre madera), sino una copia exacta, con grabados en cobre.
Por otra parte, del mismo modo que es ameno al comentar funciones de ópera y ballet o comedias y tragedias que presenció de sur a norte de la península, Goethe aparece meticuloso al describir pinturas vistas en galerías y palacios, obras de artistas de primera fila como Tiziano y Tintoretto, o de otros más desconocidos fuera de Italia, como Orbetto.
Es llamativo en todo caso, la capacidad de absorción del autor de Fausto, desde cuando logra una invitación para ingresar a un astillero y conocer gente de mar (asunto del que reconoce saber poco y nada), hasta su acercamiento al Carnaval romano. Allí se lo ve cómplice con algunas manifestaciones festivas que permiten saborear la libertad y la igualdad -como afirma-, pero muy crítico con otras, por ejemplo las carreras de caballos que cerraban cada noche dionisíaca. La competencia aglutinaba a unos veinte corceles pequeños, cubiertos "con una gualdrapa de lienzo blanco bien ceñido en la cabeza, cuello y cuerpo, cuyas costuras se adornan con cintas de distintos colores". La largada se hacía desde el Obelisco y se corría a lo largo de la llamada calle del Corso. Los caballos eran conducidos hasta la cuerda de partida por unos vetturini ataviados con llamativos trajes. De la precisión de ellos al momento de soltar a los animales en la largada, mucho dependía el resultado final. Sin jinete, y después de haber comido una buena dosis de avena, los caballos salían furiosos en busca del primer puesto. Así lo revivía Goethe: "a pesar de la puzolana que se ha esparcido, saltan chispas del pavimento, las crines ondean, zumba el oropel, y apenas el ojo ha alcanzado a distinguirlos que ya se han perdido de vista". En la plaza de Venecia, otros vetturini esperaban la llegada de los caballos para retenerlos en un espacio cerrado. Pero esta tarea no se cumplía siempre con éxito, por lo cual algunos caballos solían retornar al galope hacia la calle del Corso, cuando la gente volvía a llenarla, fuese paseando en sus carros o andando a pie.
A pesar de incontables accidentes y de las advertencias de Goethe, las carreras fueron recién abolidas en 1870. VIAJE A ITALIA, de Johann W. Goethe. Zeta, 2010. Barcelona, 588 págs. Distribuye Ediciones B.
(Fuentes: Los mejores cuentos de Francisco Espínola. I.N.L. Mdeo., 1993. El carnaval, de Julio Caro Baroja, Taurus, Madrid, 1965. Tradición, cosas del pueblo. MEC, El País. Mdeo., 1992).