Mercedes Estramil
LOS MATRIMONIOS entre escritores han dado todo tipo de ecuación: desde la romántica contención de un Leonard hacia la inestable Virginia Woolf, el exótico exilio en Tánger de Paul y Jane Bowles, la tortuosa convivencia de Sylvia Plath y Ted Hughes, o los más actuales y avenidos entre Stephen King y Tabitha, Martin Amis e Isabel Fonseca o Paul Auster y Siri Hustvedt. La pareja formada por Raymond Carver (1938-1988) y Tess Gallagher (n. 1943) entra en el apartado de las historias edificantes: poeta rescata a narrador del alcoholismo y transforma en productivos sus últimos años de vida. También fueron productivos para ella, pero se notó menos, en medio del eclipse que el planeta Carver provocaba y que ella misma alimentó. Hoy, cuando Carver es un poco menos Carver debido al sonado caso de la poda de sus originales por el editor Gordon Lish -y aunque defensas como la de Alessandro Baricco lo alejen de la palabra "fraude"- Tess Gallagher sigue siendo mencionada en relación a él, y hay que decir que esa dependencia es injusta, pero de algún modo también es simbiótica y se ajusta a la atmósfera creativa que los envolvía a ambos. Aun así, la narrativa de Gallagher, y su poesía más, tuvieron brillo propio desde el vamos. Una muestra es esta colección de doce relatos, El amante de los caballos, publicada en 1982, dedicada a Carver, y ahora traducida para Anagrama.
En lo sustancial son trozos de suburbio estadounidense aplicables a cualquier otro lugar, retratos de mujeres y hombres tomados en el instante en que algo insignificante o poderoso mueve su estantería emocional y perciben que sus vidas han sido robadas, sea por el tiempo, por decisiones erróneas, etc. En la mayoría de los relatos Gallagher deja a sus protagonistas - mujeres en su mayoría- al borde de una maniobra, en la inminencia de una realización. Conversaciones en cementerios, ex esposas que rondan, seguros de vida, casas quemadas, mudanzas, cartas no abiertas, robos a bancos, viudos aún enamorados de amigas de infancia: en el mundo de Gallagher los conflictos que no resuelve la piel son irresolubles. Y a menudo ésos también. Es el caso de historias de parejas en las que prima la desconfianza o falta reciprocidad, como en "Indefensos" y "Beneficiarios", dos de sus mejores textos, económicos y contundentes (talentos que se le atribuyeron también al Carver editado). Otras veces por la vía del absurdo se llega a un abordaje racional de los problemas ("El pelele"); o la crisis se solapa hasta una vuelta final inquietante ("Aguarrás").
En varios textos los protagonistas son ancianos que buscan resolver asuntos del pasado: una mujer se mete a responder cartas antiguas hasta que un recuerdo la disuade ("La mujer que salvó a Jesse James"); otra visita la tumba de un esposo con el que no fue feliz ("Malas compañías"); otra quiere recuperar una amistad que ya no la recuerda ("Chicas").
En esta narrativa el detalle tiene peso y contorno, mientras los grandes acontecimientos importan en la medida en que afecten el termostato emocional de sus personajes. En el cuento que da título al volumen (y que anticipa al bestseller de 1995 de Nicholas Evans sobre el hombre que susurraba a los caballos) una mujer analiza la obsesión de su abuelo por los caballos y la de su padre por el juego y la bebida, y se plantea buscar ella misma una pasión que la arrebate aunque se pierda ahí para siempre. Sin importar quién fuera su tercer marido ni qué poco prolífica sea su obra, la mezcla de emoción y reflexión de Gallagher -ni sensiblera una ni didáctica la otra-, es una apuesta a seguir.
EL AMANTE DE LOS CABALLOS, de Tess Gallagher. Editorial Anagrama, 202 págs. Barcelona, 2011. Distribuye Gussi.