Juan Ignacio Calcagno
SUS CUENTOS, así como sus novelas, pueden leerse como el testimonio de la violencia política reciente ocurrida en El Salvador, una guerra civil que dejó 75 mil civiles muertos y casi 10 mil desaparecidos entre los años 1980 y 1992. Es una violencia que no se utiliza como recurso, sino que brota naturalmente, se instala en el texto así como en todos los órdenes de la vida. Horacio Castellanos Moya nació en Tegucigalpa, Honduras, en 1957. En los primeros años de su infancia se trasladó a El Salvador, de donde era originaria su familia, y esta primera migración prefiguró una vida surcada por exilios y mudanzas, una marca generacional para aquellos que vivieron esos años de violencia y persecución.
LA POLÍTICA INEVITABLE.
-Hay temáticas similares entre sus novelas y sus cuentos. ¿Qué lo lleva a elegir el cuento?
-Escribí mi primera novela luego de publicar dos libros de cuentos. Para mí fue un proceso paulatino pasar del relato corto a la novela. Siento que a veces tiene que ver con estados de ánimo: la historia está ahí y ese estado de ánimo te lleva a escribirlo de una sola sentada. Ahora bien, me parece que actualmente el libro se ha convertido tan groseramente en un objeto de mercado que no hay incentivos para escribir cuentos. El cuento, como la poesía, pasan a ser géneros que expresan autenticidad de escritura, expresan necesidades de creación, de liberación de fuerzas creativas, mientras que la novela responde a lo que el mercado espera.
-Usted afirma que su narrativa no es política, porque las tramas no están determinadas por el juego de poder. ¿Cree que le adeudan una lectura más literaria de su obra?, ¿puede evitarse la lectura política?
-Es inevitable la lectura política de mis libros habida cuenta de que hay un paisaje político de fondo, pero no creo que sea algo generalizado. Mis libros se han publicado en sitios donde los lectores ni siquiera ubican dónde queda el país, ni siquiera la región, e incluso tengo editores que no saben de Latinoamérica, gustan de la novela como tal. Sí creo que hay una lectura eminentemente política en El Salvador. Eso se debe no sólo al paisaje político de fondo, sino también a que se trata de un país con una tradición literaria débil. Son lugares donde se leen muchos libros políticos, testimoniales, que tienen que ver con la verdad. Creo que Centroamérica en general es una región en donde la gente está infectada por esta pasión de vender la verdad, o su verdad, y cuesta más que la ficción se entienda.
-Esta lectura política llevó a que se hablara de su obra como un exponente de la llamada "estética del cinismo". ¿Qué piensa de esta denominación?
-Comprendo que los académicos necesiten de este tipo de denominaciones para poder penetrar de alguna manera la obra de los autores, de una generación o de una región. Pero no me siento identificado con esta denominación. Hay quienes hablan también de la "estética del desencanto": son etiquetas que se le ponen al autor. A mí me parece un poco triste que, sobre todo en la academia norteamericana, se tenga mucho interés en hacer una lectura sociológico-histórica. No hay criterios de lenguaje, de lo que es el trabajo estético per se. Me parece una perspectiva válida, pero pobre.
-Uno creía que la apertura democrática daría una literatura más optimista. Sin embargo se ha dado el fenómeno opuesto.
-Lo que pasó es que la apertura democrática fue una apertura para las élites políticas, que no coincidió con una modificación social y económica. Eso produjo que quienes participaron del conflicto, y no pertenecían a las élites políticas, sientan que han quedado en un descampado. No hubo inserción social, educativa, de empleo. Estas personas que desde la adolescencia estuvieron entregadas al conflicto, y no saben más que matar, no fueron reincorporadas. Por otro lado, el hecho de terminar una guerra empatada militarmente mediante una negociación de paz fue muy positivo para la institucionalidad política, pero necesitaba una amnistía, y que esa amnistía fuera como fue permitió que no hubiera ningún tipo de autocrítica ni cambio ético en el país.
-Por eso la publicación de El asco le valió un exilio en tiempos democráticos. ¿Cómo vivió este segundo desarraigo de su tierra?
-La verdad es que lo viví como una experiencia personal. No me exilié por representar un fenómeno político, fue una experiencia personal como escritor, como alguien que toca temas y se refiere a situaciones y aspectos de la vida nacional que no gustan y producen rechazo. Se producen reacciones violentas del tipo "quédate afuera o si no te matamos", que fueron reacciones, porque, al final de cuentas, en otras circunstancias ni me lo hubieran avisado: me habrían matado directamente. Lo viví como una experiencia personal en la que resultaba evidente que los límites de la libertad de pensamiento y expresión habían sido tocados. Lo significativo fue que, pese a que a mí se me amedrentó, el libro siguió siendo publicado y no sufrió ningún tipo de censura. Eso significa que también había cierto tipo de animadversión de algunas personas hacia mí, no hacia la literatura per se, la literatura para ellos no importa, a una persona se la puede matar, a un libro no.
LA DISTANCIA.
-Además el hecho de hablar de El Salvador y no vivir allí generó enojos. ¿Cómo recibe estas críticas?
-Pues eso es una tontería, uno puede hablar de lo que le venga en gana. Recuerdo muy bien a un poeta salvadoreño que criticaba a Roque Dalton por escribir de El Salvador y no vivir allí y no sabía que Dalton andaba de clandestino. En el fondo de todo esto hay un criterio muy provinciano y muy particular de nuestros países. Es el escritor mediocre que no puede escribir una obra mínimamente decente, y cuyo criterio de valor es estar en el país.
-¿Qué efecto produjo la distancia en su obra?
-Creo que la distancia tiene un pro y tiene un contra. El pro es lo que mencionas de la perspectiva, dar la oportunidad de que las experiencias se añejen, poder investigar y tener una panorámica más grande. Pero hay otro fenómeno que en mi caso resiento y que es el lenguaje. El lenguaje es algo vivo. Cuando estás muchos años fuera del ámbito de tu lengua comienzas a sentir cierta sequedad, se pierde frescura. Mis cuentos y mis textos parten del lenguaje vivo para crear un lenguaje literario, entonces estar fuera del ámbito de la lengua me ha afectado.
-¿Hay un gesto de provocación en su narrativa o es algo que brota?
-Creo que es un poco de las dos cosas. Sale y al salir se convierte en gestualidad. Yo no diría que mi escritura entendida como provocación es una cosa excepcional. Hay una tradición en El Salvador, pequeña y de pocos nombres: el más conocido es el poeta Roque Dalton. Para hablar como los académicos, si hay una estética de la provocación, Dalton es su representante. Yo lo que hice es tomar la estafeta y seguirlo. Si alguien habló mal de ese país fue él, y lo pagó con su vida.
-De hecho en su obra hay referencias explícitas a Roque Dalton. El cuento "Poema de amor" teje una teoría sobre su muerte, un hecho hasta hoy no esclarecido.
-Exactamente. Expresa esa rabia que puede tener todo escritor salvadoreño que se sienta agredido por lo que se le hizo a Dalton. Sobre todo porque ni siquiera hay esfuerzos serios por esclarecerlo. Es precisamente por ese tipo de amnistía, por todos los intereses y complicidades que hay. La gente que lo sabe y que estuvo ahí se lo llevará seguramente a la tumba.
Los libros
Cuentos
¿Qué signo es usted, niña Berta? (1988)
Perfil de prófugo (1989)
El gran masturbador (1993)
Con la congoja de la pasada tormenta (1995)
El pozo en el pecho (1997)
Novelas
La diáspora (1988)
Baile con serpientes (1996)
El asco. Thomas Bernhard en El Salvador (1997)
La diabla en el espejo (1999)
El arma en el hombro (2001)
Donde no estén ustedes (2004)
Insensatez (2004)
Desmoronamiento (2006)
Tirana memoria (2008)