Una cinta de Moebius

Rosario Peyrou

DELGADO APARAÍN tiene la infrecuente virtud de poder contar historias de diferente calibre y carga dramática sin perder el sentido del humor, esa gracia para narrar que es su marca de fábrica. Si lo conseguía en una obra como No robarás las botas de los muertos, su notable novela sobre el sitio de Paysandú, donde lo trágico y lo cómico se amalgamaban gracias a una mirada irónica y tierna que envolvía a los personajes, en El hombre de Bruselas el humor ocupa casi todos los espacios. Dueño de una prosa luminosa y precisa, sin recurrir a ningún criollismo, Delgado conserva sin embargo el don de los grandes narradores orales, porque su imaginación parece nutrirse del mismo mundo que alimenta a esos cuenteros tradicionales. En ese sentido es inocultable un parentesco con Julio César Castro y con Juan Capagorry. Como a ellos, a Delgado le interesan las peripecias de personajes casi insignificantes pero que ostentan siempre una singularidad, un modo propio, muchas veces absurdo, de encarar las dificultades de la vida. Los suyos son en general seres derrotados, pero suelen conseguir una suerte de victoria moral y estética en su derrota, un resplandor que los salva y los dignifica.

Si en Vagabundo y errante, su libro anterior, el protagonista era Pedro P. Pereira, Conde de Caraguatá, de profesión "linyera", en esta ocasión el personaje central es nada menos que el alcalde del pueblo de Mosquitos (la mítica sede de la mayoría de los cuentos "del sur" de Delgado Aparaín), pero lejos de ser alguien que disfruta del poder, está viviendo las tribulaciones de un creciente desprestigio a causa de un pozo en la principal avenida que se agranda día a día para su bochorno y el fulminante eclipse de su futuro electoral. Auxiliado por su secretaria, la misteriosa Carmela Rustaveli, termina por recurrir a la Unión Europea en procura de ayuda, de modo que "el hombre de Bruselas" llegará al pueblo en misión salvadora un día de lluvia torrencial.

La historia es sencilla en apariencia y está jugada a reírse de las miserias burocráticas del poder y a un absurdo donde caben episodios desopilantes como una horda de vikingos que salen del cine del pueblo en plena noche y una cierta anécdota originada en Georgia, la patria de Stalin.

Entre una y otra historia el lector se divierte con las interminables ocurrencias de Delgado, pero en cierto momento advierte que la sencillez es más aparente que real. Porque la mayor hazaña de Delgado en este caso es la felicidad con que encara la estructura cervantina que eligió para una novela que trabaja en clave paródica el viejo tema de la relación entre realidad y literatura. Porque la historia del alcalde es obra de la fantasía del Narrador Correa (personaje conocido para los lectores de Delgado por Vagabundo y errante), preso en la cárcel de Las Rosas por prenderle fuego al Mosquitos de su invención, incitado por un crítico literario maligno y mediocre. A partir de allí la parodia se dispara en varias direcciones: el atentado tendrá su irónica tradición genealógica en el relato de los célebres incendios de Roma y de Londres y no será difícil reconocer una alusión a Onetti y al incendio de Santa María, que se consuma en Dejemos hablar al viento, el libro que no por casualidad lee La Galga, el amigo poeta del Narrador.

En medio de esta lógica "carnavalesca" (por recordar a Bakhtine), Delgado siembra su historia de bromas personales, de alusiones a otros autores (entre los que sobresalen Faulkner, Rulfo, y Twain) y a sus propios textos "del Sur", con personajes como el detective Cañahueca, o el "mártir de la resistencia Walter Toss", el mismo que salía de la cárcel en "El día de Romeo Toss", un cuento de Las llaves de Francia. También hay homenajes más íntimos a los amigos, como que una calle de Mosquitos lleve el nombre de Capagorry.

Como una cinta de Moebius, la novela circula por los dos planos narrativos (el de la "realidad" del Narrador Correa, y el de la "ficción" por él inventada) sin cesuras y de un modo imperceptible, que Delgado maneja con la habilidad de un prestidigitador. De modo que lo que sucede en la novela que escribe Correa (en el plano b, digamos) puede repercutir en la vida "real" (en el plano a, al que pertenecen el Narrador y sus compinches). Así una decisión del Narrador en el plano de la "ficción" puede cambiar el destino de un personaje "real": al nombrar a La Galga en la novela como asesor cultural del alcalde, el Narrador "pudo procurarle hábitos de trabajo y algunos ahorrillos para costearse sus vicios nocturnos." Es la apoteosis del narrador como Dios. No sólo ejerce la máxima libertad en su invención, sino que consigue -viejo sueño del arte- cambiar la vida, como quería Rimbaud. Pero es un Dios con pies de barro, parece decir Delgado, que más bien afirma en melancólica clave de humor, los fueros de la literatura y de la imaginación, más allá del autor. Tanto que mientras el Narrador se pudre en una cárcel pueblerina, Carmela Rustaveli parece independizarse de él, para adquirir una vida propia y feliz que cierra con un episodio desopilante esta novela cervantina.

EL HOMBRE DE BRUSELAS, de Mario Delgado Aparaín. Banda Oriental, 2011. Montevideo, 187 págs. Distribuye Gussi.

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