Fernando García
(desde Buenos Aires)
TODAVÍA, cada tanto, lo hago. Me pregunto que estábamos haciendo. Si era necesaria esa mañana de delirio burocrático en la embajada australiana en Buenos Aires donde la chica de prensa del canal Hallmark apuraba una visa. Recuerdo haber tomado una revista de promoción con las Hermanas Mc Leod en la tapa mientras esperaba. Era casi el mediodía del 10 de setiembre de 2001, y mi vuelo partía por la noche.
El viaje era una especie de Juego de la Oca. De Buenos Aires a San Pablo, luego a Miami, seguir a Los Angeles, de ahí a Sydney, y luego Melbourne. El plan de Hallmark decía que en Melbourne, un Land Rover me transportaría hasta una locación, un set de filmación en el corazón de la sabana australiana. Era el lugar donde se estaban filmando los capítulos de Las hermanas Mc Leod, un melodrama mediocre que nunca jamás vi, sobre unas hermanas rancheras de camisa leñadora abultada por pechos blanquísimos. A veces los periodistas de espectáculos nos sometemos voluntariamente a estas rutinas bochornosas.
UN VUELO CUALQUIERA. Hace poco busqué el pasaje inútilmente en mi escritorio atiborrado de porquerías. Ya no lo tengo. Era un vuelo de American Airlines que despegó casi al mismo tiempo que lo hacían desde Boston los dos vuelos que se estrellarían contra las Torres Gemelas. Recuerdo que era pasillo o aisle y que estaba más bien en el centro de la aeronave. Guardo imágenes confusas, aleatorias, que se fueron presentando como en un sueño.
El primer aviso fue de un radiograbador que un pasajero de color pegó a su oído. Escuchaba por todos. El rumor viscoso de un desastre llegó hasta las inmediaciones de mi asiento. Pero no terminaba de entenderlo bien. Hasta que la mujer rubia que viajaba al lado mío, en la ventanilla o window, consiguió hacer contacto con su teléfono celular. Vi como le corrían las lágrimas y como humedecían el plástico del móvil como gotas de rocío. Tuve que preguntarle si se sentía bien. Me dijo: "Terroristas volaron las torres gemelas, sabe lo que significa eso". ¿Sabía?
Al minuto, ante el alboroto de a bordo, llegó el anuncio del comandante. "Por orden de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos de América todos los vuelos quedaron suspendidos. Vamos a descender en el aeropuerto Forth Worth de Dallas, Texas. Mientras tanto se les ofrecerá una película". Era Moulin Rouge con Ewan Mc Gregor y la australiana Nicole Kidman. En mi viaje, Australia seguía siendo un lugar en la ficción.
En Forth Worth las rutinas del aterrizaje se respetaron sumariamente hasta el siempre desesperante baggage claim. Miro la cinta sinfín, en loop, de las valijas inertes. Después, valija en mano, toda la estructura del aeropuerto de Dallas, sus teléfonos públicos inutilizados, sus escritorios de informes deformados por racimos humanos que exigían explicaciones, vouchers para hoteles, nuevos pasajes, lo que fuera, se me antojaron una nueva forma del desierto. Todo era como inexistente. Con un voucher para un hotel en Dallas (que no aseguraba nada excepto ir y probar) me quedé duro, inmóvil, como si todas las funciones terminasen ahí. Recoger la valija, ir al baño, intentar hablar por teléfono, hacer la cola en informes, volver al baño. Listo. Diez, casi once de la mañana, en Dallas. Ningún televisor encendido en Forth Worth. Nunca pensé que la puerta de salida, el exit de un aeropuerto, podía parecerse al útero materno. Era eso, no quería salir.
ALGúN LUGAR EN DALLAS. Esa misma mañana del 11 de setiembre los lectores del Clarín leyeron en Buenos Aires mi reseña del disco Vespertine de Björk. "Canciones para el folclore de una futura hora cero", decía ahí. Pero ya había transcurrido un día desde que pasó todo. Desde que el avión bajó; desde que en la total incertidumbre acepté la invitación de una desconocida para sumarme a una van con "latinoamericanos"; desde que disfrutamos de un inexplicable buffet froid en un monasterio metodista de Arlington; desde que vimos, por primera vez, lo que todo el mundo ya había visto. Lo que Stockhausen llamaría en los días posteriores una "obra de arte".
Por un tiempo breve, dos días, fuimos una comunidad, un extraño pueblo de refugiados circunstanciales que nos encontrábamos a desayunar y a cenar para sentirnos menos estrafalarios. Tres argentinos y una venezolana. Luego en un hotel en Dallas. Y el cocinero salvadoreño del hotel que había emigrado ya mucho antes y nos decía "que no era nada". Mientras la televisión anunciaba: "Amenaza de bomba en una refinería de Texas"; "Atacan vecindario árabe en Dallas"; "Anthrax". Apenas cruzaba una avenida desangelada para caminar las góndolas de un drugstore y ya estaba de nuevo en el lobby. Más gin tonic. La llamada a Buenos Aires era como apoyar el oído en una grieta profunda; así lejanas, inalcanzables, oía a mi mujer y a mi hija, de entonces solo cuatro años. O así de lejano ellas me oían a mí. El esfuerzo para no quebrarse en la línea. Más gin tonic. Más pileta. Más llorar. Más Vespertine, el folclore privado de una nueva hora cero.
INTENTO EN MIAMI. El día jueves 13 salgo hacia Argentina vía Miami pero no, la puerta de embarque se cerró en Miami sin explicaciones ni pronóstico. "No sale ningún vuelo esta noche ni mañana ni pasado".
Como todos los aeropuertos, el de Miami es un monumento a la identidad transitoria. Es más grande y a la medianoche, vaciándose, adquiere una espacialidad escalofriante. Cada tanto, en el horizonte, alguien pasa el lampazo al piso acompasando ese silencio acerado, impoluto. Quería encontrar otra aerolínea latinoamericana que, al menos, me sacara del cielo militarizado de Estados Unidos. En TAM me recomiendan despachar el equipaje primero y hacer una fila a ver qué pasa. Al rato me informan que no, que no hay lugar en ese avión (Miami-San Pablo) y que no habrá otro hasta nuevo aviso. Que es "el último". Pero mi valija se iba. Diez años después todavía me pregunto si pasó o fue una alucinación de la adrenalina eso de encontrar a un ángel de color en el medio del aeropuerto vacío y preguntarle, como si nada, por una "valija azul". Y que el ángel con voz de mamá buena diga que sí, que la acompañe. Y entonces vi lo que le hacen a las valijas en las entrañas de los aeropuertos. Y ví cómo rescataban a mi valija azul.
Ahora estoy parado frente a un teléfono público que en cualquier momento debería sonar pues mi mujer le ha pasado el número (del teléfono público) al manager peruano de Hallmark que tiene a su cargo mi (no) viaje.
Suena. Son las dos y media de la madrugada. Me sacude el cuerpo como una descarga de 120 voltios. En poco más de una hora estaré con mi valija azul presentándome en la casa de una familia peruana de Coral Gables que hace lo imposible por brindarme una noche en paz.
A las siete y media de la mañana me despierta Enrique, el manager de Hallmark, para ir al aeropuerto:
-Fernando, tenemos un tornado.
En la autopista el auto se mueve como un kayak en la tormenta. Tardamos horrores para llegar. Pero no hay vuelos ni ese día ni el siguiente. Ya, casi, me siento un pequeño inmigrante. Hallmark hace magia con su tarjeta de crédito corporativa y me aloja en el piso 10 de un lujoso hotel de Miami Beach, en pleno distrito art decó.
-Pásala bien. Alquilate un auto, ve a pasear en helicóptero, come lo que quieras, invita a tus amigos, disfruta… Me dice Enrique. Yo solo pienso en volver. No me programaron para "disfrutar" en la antesala de la Tercera Guerra Mundial.
TIBURONES A LA VISTA. Conozco a una pareja de exiliados económicos argentinos, periodistas, que viven en la otra punta de Miami. Ellos me salvaron la vida si entendemos que la vida es algo más que comer y dormir. Paseamos por una avenida Collins vacía; conseguimos mesa en cualquier restaurante de moda pues nadie hace nada que no sea atiborrarse de provisiones en el supermercado; bebemos; reímos. Yo, cada tanto, cuando hablo de mi hija y mi mujer me quiebro y lloro. Llevo ya cinco días en esta pesadilla.
Cuando bajo a la playa privada del hotel el horizonte me regala la visión de una fila de acorazados de guerra, la Marina en pleno. En la orilla, esta mañana, también han puesto una advertencia: "Tiburones, prohibido bañarse". En el lobby del hotel hay show en vivo. Una chica canta standards con la mirada desviada hacia el monitor de TV con la CNN. Los que se supone que deberían mirarla y escucharla no lo hacen. El artista es el hombre de las noticias. La única estrella de Miami Beach.
El departamento de mis amigos tiene un ventanal que da a la perspectiva tropical de los canales de Florida. Me quedo un rato mirando cómo cae la noche en ese universo de plantas, insectos y reptiles. Me han dicho que tienen una sorpresa para darme. Entre otras cosas porque ya tienen DVD, una tecnología que en Buenos Aires es todavía bastante ajena. El living se convierte en un microcine para un único espectador. Javier, así se llama él, echa a andar la película y se va, como si fuera el viejo de Cinema Paradiso. Es el concierto La canción es la misma, de Led Zeppelin, y mi cuerpo viaja hasta el cine Lara de la Avenida de Mayo en Buenos Aires, a las funciones en trasnoche de ese concierto que, por muchos años, se dieron entre la dictadura militar y el menemismo.
LA PARTIDA. Pudieron ser cuatro, cinco minutos a lo sumo. Mi pasaje, enmendado como una momia egipcia, pasaba el control en uno de los monitores del aeropuerto de Miami. Había pensado ir solo desde el hotel pero una lectura casual del diario The New York Times activó mi botón de pánico y les tuve que pedir a Javier y Silvia que me pasaran a buscar. Apenas podía moverme: era un ataque de pánico pero yo desconocía el síntoma. Lo tomé como un susto nomás.
Después de saltear una cola con cabal estilo argentino (ya no podía soportar más instancias de control) quedé a un paso del check in más esperado del nuevo siglo. La empleada de American Airlines mantenía el pasaje-momia con una mano y con la otra tecleaba insistente la computadora. Yo me asomaba a su espacio tratando de inspirarle la piedad de un perro de la calle. Olfateaba lo peor. Pero no. Después de un silencio, mientras tamborileaba sus uñas esmaltadas contra el plástico del teclado, llegó la información. "Está ok Mister García. Buen viaje". La bendije como si fuera el arzobispo de La Florida.
Entonces los teléfonos públicos eran todavía una institución valorada en los aeropuertos y pude hacer el llamado más feliz a mi casa. Con los últimos dineros de Hallmark tomé un whisky doble en la sala V.I.P. de American Airlines y subí al avión entonado, en modo fiesta.
Cuando volví, el médico me extendió una licencia de dos semanas. Con la caligrafía enmarañada de los galenos escribió la justificación al pie de una receta: "Stress de guerra".