Esther Martín
EL PODER del nombre propio, título del libro de Anne-Marie Christin, habla exactamente de eso, de la fuerza implícita que alberga el nombre de una persona. Hay que reconocerlo: no es lo mismo llamarse Eduardo que llamarse Hermenegildo, al menos en el siglo XXI. Junto con la imagen, el nombre es la información previa al conocimiento profundo de la persona. Cuando este llega y no antes, se diluyen tanto el nombre como la fachada. Ya en el Renacimiento italiano, Leonardo da Vinci planteaba lo siguiente: "¿Qué considera que es más esencial en el hombre: su nombre o su imagen?"
Si bien el libro no tiene una gran calidad literaria, el lector podrá sacar provecho de las variadas anécdotas que ilustran cada investigación. A través de los artículos, escritos por diferentes expertos, se desgrana la cuestión del título, comenzando por los egipcios y terminando por la actualidad.
El debate comienza una vez que se tiene conciencia de la importancia del nombre que cada uno lleva; sólo entonces adquiere mayor relevancia y se transforma en una valiosa pertenencia. Un ejemplo se encuentra en el artículo de Pascal Vernus: "cada egipcio deseaba, pues, que su nombre fuera pronunciado por la boca de los hombres", es decir, que se transmitiera oralmente de generación a generación; sería su manera de perpetuarlo en el tiempo. No es exclusivo de los egipcios; formarse una identidad y alargarla más allá de la vida física es una constante de la humanidad.
Aunque el día a día lo ha hecho común, en realidad, encontrar la manera adecuada de llamarnos los unos a los otros fue una tarea complicada. En el camino se fueron perdiendo las fórmulas descabelladas y las poco útiles. Al final, sólo quedaron tres elementos para dar forma al nombre propio: el sello, el nombre y la firma.
SELLO, NOMBRE Y FIRMA. En lo que se refiere al sello, Richard Schneider, en su artículo dedicado a China, destaca que "así como en Occidente el particular pone una firma, en China y en el Japón pone su sello personal". La razón de que en los países del Lejano Oriente el fílmico sello de color rojo fuera más importante es la siguiente: "se consideraba que imitar una firma era más fácil que imitar un sello".
Mucho más lírico es el caso de la creación de los nombres, ming, en estos países; puesto que no eran tan importantes como la firma, se permitían unas licencias propias de la literatura. Viviane Alleton, encargada de explorar este campo, afirma que: "Los nombres personales se los crea en cada ocasión. El que pone el nombre, casi siempre el padre, tiene el poder de inventar, si le gusta, un nombre como piaoping (balancearse a gusto del viento)". Esta creatividad era posible siempre y cuando el ming no coincidiera con una palabra malsonante, y siguiera las normas armónicas establecidas: "los chinos atribuyen una importancia especial a la forma fónica del nombre individual (…). En China escribir el nombre propio forma parte de un período complejo, porque lograrlo supone una armonía entre sonoridades, significaciones y forma gráfica".
En la Edad Media el nombre cobraba vida de mano del gremio de los escribas. Éstos hacían todo lo humanamente posible para llamar la atención sobre el que deseaban destacar. Su talento se reflejaba en la cantidad de adornos, acrónimos y acrósticos que creaban para conseguir la distinción entre uno u otro. Michael Gare comenta: "El arsenal de los diversos medios que los escribas tienen a su disposición para representar por escrito un nombre propio permite conocer prácticas escriturarias y gráficas en un amplio abanico". De esta época es, por ejemplo, el león heráldico, que en realidad podía referirse a varios personajes: un vizconde de la época o un escriba artista llamado Judah. Es curioso que durante este período, se tratara de "esconder un nombre con el único fin (…) de que se lo encuentre", como si fuera un juego de ingenio.
Por esta misma época, pero en Japón, se encuentran las referencias sobre la firma. Hayashi Yuzuru descubrió que ésta era la que tenía un verdadero valor, por encima del sello y del nombre. La firma o Kaô había tomado la forma de un dibujo y no sólo estaba compuesta de escritura: "El término kaô, que significa `aplicar una flor`, se dio a las firmas caligrafiadas porque su forma recuerda a una flor; (…) nunca en el mismo elemento se escribían el nombre y el kaô, porque está formado por elementos tomados del nombre individual y se escribe a mano".
Así, se llega a las investigaciones de Monique Bourin, centradas en conocer el origen de la nomenclatura actual. Ella afirma que: "durante el período central de la Edad Media, esencialmente entre 1050 y 1150, nació el sistema moderno de designación de las personas: a un nombre propio se le agrega un apelativo, primero individual, luego hereditario, transmitido por el padre que da nacimiento al apellido patronímico". Aunque la escritura tenía un gran valor, sólo se recurría a ella cuando faltaba el testimonio oral. De hecho, el uso de la mayúscula en el inicio, obligatorio hoy día, proviene de una simple afición estética: "el gusto por los adornos prevalece frente a la lógica".
ALCANCE DEL NOMBRE. En el siglo XIX, en la Francia del sufragio universal, se toma conciencia de la importancia de un nombre propio y exclusivo para la validez del voto. No en vano, en las declaraciones recogidas por Michel Orfelé se pone de manifiesto que: "quien hace el padrón hace las elecciones"; por eso, "la práctica de fondo del padrón permite inscribir electores devotos a la causa: muertos o electores que se han mudado (…). A la inversa, las prácticas de exclusión arbitraria pueden permitir depurar las listas de nombres de adversarios conocidos, los que se darán cuenta el día del escrutinio -por lo tanto, demasiado tarde- de que no son electores".
El artículo de Dario Gamboni, situado también en Francia, pero a finales del XIX, comenta la importancia de la firma dentro del ámbito artístico, donde se empieza a fijar el interés en los pintores por "el aumento del tamaño de la firma". Resulta curiosa la correspondencia mantenida entre Manet y el crítico de la época Duret: "Usted firmó el cuadro en la parte más clara, y en cuanto uno entra, ve su nombre. Como conozco la imbecilidad humana, estoy seguro de que todo el que venga, al ver su nombre, Manet, antes de mirar la pintura y el hombre, se pondrá a reír y a echarle maldiciones a usted. Me parece, pues, que debería borrar su firma de donde está (…), daría el tiempo necesario para admirar el cuadro y la pintura (…); yo podría decir que es un Goya (…), después descubriría el jarro con rosas, y el burgués, atrapado, se vería obligado a morder el anzuelo. Todos los trucos son buenos para atrapar al burgués".
Durante el siglo XX, la atención se ha girado hacia otro punto: el alcance de un nombre va más allá de las palabras. Lo que una persona no dice con la voz, lo transmite con su escritura. Beatrice Fraenkel se fija en el fenómeno de la grafología, útil para los campos profesionales más diversos, desde jueces hasta psicólogos. La importancia de la escritura se considera determinante en la personalidad de cada individuo: "la escritura también es un espejo".
En el siglo XXI, con la imagen como bandera, la expresión "la cara es el espejo del alma", tiene su alter ego en la escritura del nombre propio. Viendo su importancia, quizás convendría hacer de nuevo plantillas de caligrafía.
EL PODER DEL NOMBRE PROPIO, de Anne-Marie Christin. Gedisa, 2001. Barcelona, 314 págs. Distribuye Océano.