Victoria Verlichak
(desde Buenos Aires)
A esta altura del uso de los nuevos soportes multimedia de textos, el magnífico volumen Ricardo Piglia-Eduardo Stupía. Fragmentos de un diario (Jorge Mara La Ruche, Buenos Aires, 2012) aparece como una contribución a la permanencia del libro impreso. Quizá, y sin proponérselo, la publicación sea un homenaje a la materialidad de una forma de leer amada por muchos. En ese sentido, al tener el bello ejemplar de Fragmentos de un diario en la mano, se puede decir con Jean-Philippe de Tonnac que "aunque el libro electrónico, el e-book, se imponga al libro impreso, no podrá echarlo de nuestras casas y de nuestras costumbres por ninguna razón. El libro electrónico no matará al libro" (en Umberto Eco, Jean-Claude Carrière, Nadie acabará con los libros, Prólogo, Lumen, 2010).
DOS VIDAS. Ricardo Piglia (Adrogué, 1941) lleva un diario privado desde hace más de 50 años y Eduardo Stupía (Buenos Aires, 1951) está en la escena pública desde su primera individual en 1973. Ahora juntos presentan Ricardo Piglia-Eduardo Stupía. Fragmentos de un diario, exposición y libro (parcialmente) exhibidos en Galería Jorge Mara La Ruche. En la intersección de las pasiones artísticas de los autores, volumen y muestra comparten la vitalidad de la poesía y la enriquecedora carga del pensamiento crítico.
Acierta Piglia al sostener que: "Cuando se dice que una imagen vale más de mil palabras se quiere decir que la imagen llega más rápido, la captación es instantánea, mientras que leer un texto de mil palabras, cualquiera que sea, requiere de otro tiempo, una pausa". Sí, se necesita pausa para leer a Piglia pero también para mirar la obra de Stupía, que no ilustra las palabras y escenas volcadas en el diario sino que enlaza el vínculo entre dos espíritus afines, que se han vuelto amigos.
El lomo negro del libro y su tapa dura -ilustrada con fragmentos de obra de Stupía- remedan los diseños en blanco y negro, con la etiqueta en el centro, de los cuadernos escolares norteamericanos. Ninguna casualidad, ya que los textos surgieron en tramos en los que Piglia dictó clases -desde 1997 y durante parte del año- en la prestigiosa Universidad de Princeton, Estados Unidos. Tampoco resulta casual que las retiraciones de tapa y contratapa, con reproducciones de manuscritos del autor, hayan sido impresas sobre un grueso papel con una textura semejante al hule; son de hule negro las portadas de los cuadernos donde Piglia escribe sus notas a mano. "No hay secretos", dice Piglia, cuya última novela Blanco nocturno (Anagrama, 2010) obtuvo los premios Dashiell Hammett, Premio Nacional de la Crítica (española), el Rómulo Gallegos y Casa de las Américas.
Como toda memoria, ésta es considerablemente algo más que la voz del autor; transmite el aire de una época, subraya datos de una estación de la historia. Y aunque las entradas carecen de fecha precisa y los días de semana se suceden con asombrosa discontinuidad, el diario se puede leer como una sucesión de cuentos breves, brevísimos. El escritor escribe, desdoblado y multiplicado. "Tengo la extraña sensación de haber vivido dos vidas. La que está escrita en los cuadernos y la que está fija en mis recuerdos".
EN LA GALERÍA. Mapas de la imaginación, pliegues de una otra realidad, Stupía exhibe 22 imágenes (técnica mixta sobre papel de similar tamaño, 40 x 60 cm.), incluyendo las 10 originales del libro. Como los textos del diario de Piglia -algunos de los cuales están ploteados en la pared junto a algunas gigantografías que reproducen su escritura-, las obras tampoco ofrecen ninguna linealidad. Son signos gráficos y manchas que remiten a escenas que se desintegran, sugiriendo trazos más o menos inteligibles, silencios pero también sonidos. Aparecen como imprevistas aproximaciones a la sensibilidad de los textos del diario.
Las piezas de esta exhibición confirman la multiplicidad de los intereses intelectuales de Stupía, incluyendo el cine, la literatura, y condensan dos vertientes de su obra: dibujo y collage. En la escritura y reescritura de sus dibujos, que incluso suelen alcanzar gran formato, los intuitivos trazos aparecen como íntimas caligrafías o tímidas y disparatadas geometrías -que se agrandan, se independizan, hasta convertirse en una serie de inspirados movimientos- y planos de pintura, veladuras que surcan la tela como ráfagas de viento que barren lo previamente dibujado. En estos paisajes alucinados e inestables, Stupía introduce recortes de diarios y revistas que dejan huella pero que impiden descubrir certeza alguna, ahondando el provocador enigma de sus creaciones.
Piglia terminó con sus compromisos en Princeton y está de regreso en Buenos Aires, donde dirige la Serie del Recienvenido para el Fondo de Cultura Económica. Stupía forma parte de Gallos y huesos, una colaboración entre el artista plástico, el escritor Sergio Chejfec y el compositor Pablo Ortiz, que se presentará en agosto en el Centro de Experimentación del Teatro Colón. Editado por Jorge Mara, con colaboración de Rabobank y Círculo de Bellas Artes de Madrid; libro y muestra se presentarán próximamente en la capital española.