Pororoca de Pleamar

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Ricardo Alanis

LOS MOCAMBOLAS llaman a rebelión, ¿verdad? -pregunté, con dificultad, en francés; aunque intuía el mensaje de los tambores lejanos. Llevaban dos días repicando sin parar.

La plantación en Cayena no se parecía a nada de lo que me había imaginado: ni cafetos al sol ni senderos definidos; sólo un bosque caótico y sombrío; y árboles de café desperdigados entre bananos, maleza y palos borrachos. Y selva. Al sur, al este y al oeste.

-Al cafeto, cabo, le gusta la sombra -me explicó el capataz, ignorando adrede mi pregunta. Cerraba un grillete alrededor del tobillo de un esclavo. La cadena hasta el aro del cuello era tan corta, que el negro rozaba las nalgas con el talón.

-¡Ve a buscarla! -le ordenó, mientras arrojaba la llave a los pajonales- . Si la recuperas, ¡eres libre!

Le propinó un latigazo. El esclavo se internó en los pastizales, saltando en una pata.

-Obsérvelo, cabo -me dijo-. Para cuando la encuentre, los ligamentos del muslo se le habrán acortado tanto que ya no podrá fugarse.

Parecía disfrutar la crueldad; retomó la conversación como si nada.

-Los frutos del café no maduran al mismo tiempo. En diez días, los amarillos estarán rojos y habrá nueva cosecha.

Noté que los esclavos recolectaban las bayas rojas; pero ignoraban las verdes y las amarillas. Traje de nuevo a colación el tema del tamborileo.

-Los negros marrones -dijo- tratan de reclutar esclavos.

-¿Negros marrones? ¡Ah, los esclavos fugados a los mocambos! En Brasil los llamamos cimarrones.

Me guió hasta un abrevadero y me presentó a un esclavo:

-Las arañas y los gusanos no pasan del lavadero de Jean Pierre.

Vi que el negro revolvía en el agua una espuma grasienta donde flotaban bayas de café, rojas, amarillas, verdes, moradas, anaranjadas. Llevaba su prontuario a cuestas, una flor de lis grabada a fuego en cada hombro: dos veces fugado y recapturado. En un momento se inclinó y pude ver el monograma CG en el omóplato sudoroso -Claude Guillouet, señor d`Orvilliers, gobernador de Cayena, su dueño.

Estrujé una baya del tamaño de una uña. De la pulpa desgarrada, salieron dos semillas verdes y pegajosas; aun volteando la mano no se me despegaban. Quise guardarlas en la cartuchera del cinturón; pero el francés me lo impidió. No se permitía sacar de la plantación semillas capaces de germinar.

A un esclavo se le cayó la canasta y yo aproveché la distracción para escamotear un puñado de las bayas que flotaban y desaparecerlas en el bolsillo. Jean Pierre me devolvió una sonrisa cómplice.

-¡Cabo Furtado! -gritó una mujer a mis espaldas-. ¿Qué hace? ¡Estamos esperando por usted!

Madame d`Orvilliers.

Esperaba bajo un castaño de cajú, junto al capitán de Melo. El café estaba servido.

2.

Malditos mosquitos. Me persiguen desde que crucé la fosa de agua estancada del fuerte. Dejé mi taza junto a los lacticinios; tuve que sacarme el tricornio para rascarme la peluca con disimulo.

-Mi marido dictó un bando, prohibiendo la salida de semillas activas -dijo madame d`Orvilliers, atravesándome con la mirada. Lucía una mosca de tela negra en la mejilla y vestido a la francesa con panniers que le resaltaban las caderas.

Una hoja con forma de flecha, de moko-moko gigante, colgaba del castaño encima de ella. La balanceaba un lacayo negro, tironeando de una cuerda. Se llamaba Henri; y era el único esclavo con zapatos.

-Nunca había tomado esta droga -confesé-. Ojalá tuviera una planta en mi jardín.

En realidad, hasta ese día, nunca había visto una planta de café. Aunque conocía las semillas. Nos las había mostrado unos meses antes el gobernador de Gran Pará, Joao da Maia da Gama, cuando nos encomendó, al capitán de Melo y a mí, la misión secreta de romper el monopolio de Francia y Holanda.

Fue en Belém.

"Según nuestros espías", nos dijo da Maia, "Cayena acaba de exportar a Europa su primera zafra. El virrey cree que en Brasil tenemos condiciones ideales para cultivar la droga. Irán allá con una excusa limítrofe. D`Orvilliers viola Utrecht, poblando este lado del río Oiapoque."

"¿Por qué no plantar éstas y ahorrar gastos?", recuerdo que pregunté.

Los otros rieron. ¿Cómo iba yo a saber que el café tostado no germina?

-¡Cuénteme más, cabo! -Mme. d`Orvilliers interrumpió mis recuerdos. Estaba distraído, viendo como Jean Pierre se ocultaba en un islote de bananos. Cruzamos miradas.

-…Sobre sus viajes por el Amazonas junto al capitán. ¿Así que el brasil es un árbol?

-El palo brasil, sí, ibirá-pitanga para los nativos, "madera roja"; roja como las brasas; por eso, "brasil".

-¿Y nunca tuvo miedo?

-¡Claro que sí! Las noches de luna llena. El Amazonas ¡enloquece! Sólo el rugido del agua ya atemoriza a la distancia.

-¿Rugido?

-En Belém, donde nací, le decimos "Pororoca" -intervino el capitán, en un francés fluido-. Con la marea alta, el agua del océano entra en el Amazonas y choca con el agua del río.

-Y, entonces, el río fluye al revés.

-Una ola enorme corre decenas de leguas río arriba, arrasándolo todo.

-Y detrás viene otra. Y otra - agregué-. Agua dulce abajo, salada arriba.

Guardé silencio. El látigo del capataz no paraba de chasquear; ni los tambores, de repicar. A estos sí les tenía pavor. Llamaban de varios puntos; me di cuenta de que no se trataba de un mocambo aislado, sino de todo un quilombo. Me sentía mal; chuchos de frío me corrían por la espalda. Rechacé una invitación a jugar paille-maille y me quedé un rato bajo el castaño. Después me arrimé al islote de bananos. Jean Pierre seguía allí, esperando el momento adecuado para huir. Desenfundé el cuchillo; el terror se apoderó del negro.

-En la selva no se sobrevive sin esto -se lo dejé en un tallo-. ¡Suerte!

3.

Las semillas recolectadas se secaban al aire libre sobre tablones de madera. Los esclavos las cubrían con paja para evitar el rocío, ante la mirada indiferente de los guardias. Pronto oscurecería.

Aunque me sentía afiebrado, era ahora o nunca. Saqué el mosquete como si fuera de caza y salí al jardín.

Alguien tocaba una viola da gamba; el capitán y Madame trataban de embocar una bola de madera en unos aros de metal, usando un mazo de mango largo. Era obvio que ella hacía trampa; ocultaba la bola en la falda y la pateaba al aro.

Me escondí en el sector de los esclavos. El infeliz que el capitán había flagelado colgaba cabeza abajo, ¡porque se le cayó una cesta!

Al anochecer, una sombra surgió de los pajonales. Un marrón viejo y tembleque. Fue a arrodillarse junto al azotado y me pareció que frotaba aloe sobre la espalda del otro y que le daba a beber algo de una calabaza. Lo ignoré y me dirigí al punto acordado, donde imité el gorjeo del tucán, ahuecando las manos. Sólo respondieron unos monos aulladores.

Pasó una hora. Algo andaba mal. Entonces, sentí el cuchillo en la garganta.

-¿Busca a los portugueses?

-Hola, Jean Pierre -no podía verlo.

-Yawo. Mi verdadero nombre es Yawo, porque nací un jueves -hablaba un creole horrible, mezcla del francés de la colonia y su twi natal-. Entregue el arma.

Se la di; de todas maneras, el mosquete no iba cargado. En un descuido del negro, desenvainé el machete. En un instante, el africano yacía en el suelo con el filo al cuello. Por segunda vez, noté una expresión de terror en sus ojos. Yo sabía que no temía al machete, sino a volver a vérselas con el látigo.

-Es tuyo… con una… condición --la fiebre me venció y debo haberme desvanecido.

4.

Desperté de día, en una hamaca, bajo un techo de paja sin paredes. Conocía el tipo de vivienda.

¡Estaba en un mocambo!

El viejo de la otra noche me acercó su calabaza. Probé un trago y escupí. No había forma de tomar aquello. Era fuego.

-¡Tómelo todo de un sorbo!- dijo Yawo; usaba mis zapatos-. Té de hojas de café. Con cayena. Muy picante; pero bueno para la fiebre y el dolor.

Bebí; al rato, me desmayé de nuevo, creo. Cuando desperté, me sentía mucho mejor. La cayena y el té de café del gramillero, chamán o lo que fuera, habían hecho efecto. Paradoja: el calor interno que me provocaban también me había refrescado con la transpiración.

Yawo tostaba unas semillas verdes sobre las brasas. Se volvieron doradas; luego, marrón oscuro. Cuando estuvieron negras como su piel, las molió en un mortero; pasó el polvo a una calabaza y agregó agua caliente.

-Café. Le mantendrá despierto- me dijo-. ¿Qué piensa hacer con sus semillas?

-Sembrarlas.

-Si flotan, ¡se descartan! De cuatro docenas de semillas buenas, con suerte quizás obtenga una planta que dé frutos a los cuatro años.

Recorrí el lugar con la vista. Descubrí a mis tres subalternos. ¡Enjaulados!

-Ellos están bien, por ahora. Descanse. Mañana me enseñará a usar el arma.

¿Mañana? Debía huir. Entrada la noche, escapé a la selva. Yawo me derribó al pie de un árbol. Cuando tiró del hilo rastrero, que yo no había visto, una flecha zumbó sobre mi cabeza.

Huí de nuevo; para caer derribado justo a tiempo.

A un palmo de mis pies, el suelo camuflado se hundió y vi las estacas afiladas.

5.

-¡No, Yawo! -para el mediodía ya me sentía frustrado-. Si dejas la baqueta en el caño, saldrá disparada hacia el enemigo. ¡Y te aseguro que no van a devolvértela!

La decisión no había sido fácil. Una cosa era dar un cuchillo de supervivencia; otra militarizar forajidos. Si me negaba, no volvería a ver a mis hombres. Si aceptaba y tenía éxito, recibiría un ascenso y un buen aumento de sueldo. Pero si los franceses se enteraban… Desataría un conflicto internacional.

-¿Cómo se llama el río cuando corre al revés? -preguntó, contemplando el arroyo que fluía entre manglares y moko-mokos hacia el mar.

-¿Eh? ¡Ah, pororoca! -una flor amarilla con un pétalo rojo me llamó la atención.

-¿Recuerda ese hombre que el amo tiene buscando la llave? Su tribu me vendió al hombre blanco. -Cambió de tema:- Pororoca. Buen nombre para un mocambo. ¡Sigamos!

Apoyó el mosquete en el suelo. Le llegaba a la oreja.

Abrir cazoleta y limpiar pedernal. Sacar cartucho de papel de la bandolera. Desgarrarlo con los dientes. Escupir papel; pero retener la bala en la boca. Cargar pólvora en la cazoleta. Bajar el arma para meter resto del cartucho en el cañón. Escupir bala dentro del cañón. Sacar baqueta y meterla en el cañón. Empujar bala al fondo. Sacar baqueta del cañón y regresarla a su lugar. Arma al hombro y, recién entonces… ¡Fuego!

6.

El capitán ardía de rabia cuando le resumí lo pactado.

-Quiere cartuchos y mosquetes- le conté-. Y cepillo y polvo de ladrillo para los dientes… un vestido violeta para la mama vieja…

-¿Cepillo para dientes? Por otro lado, d`Orvilliers aceptó desmantelar los asentamientos. Ya no tenemos excusas. ¿Y si el mocambola lo traiciona, cabo?

-Usted regresaría a Pará muy solo, capitán- dije; pero una traición era improbable de ambas partes. Me habían dormido para sacarme del mocambo sin revelar el sistema de trampas.

7.

La luna llena subía sobre los manglares y los esclavos de la plantación bailaban y cantaban la melodía de un tambor djembé. Un negro, a horcajadas sobre un gran dundun, improvisado con un barril, marcaba el ritmo. Las mujeres acompañaban con las palmas. Tenían permiso para celebrar.

Un esclavo llevó más vino a los dos guardias; ya uno no coordinaba. Yawo despachó al otro de un puñetazo en la mandíbula.

Corrí hacia los tablones de secado para embolsar cuantas semillas pudiera; pero me llevé una sorpresa. Se habían esfumado. Fui a revolver la espuma sucia del lavadero. Nada. ¡Maldición! Cambio de planes.

Me arrastré hasta el cafeto más cercano y las pocas bayas que quedaban. Busqué otro árbol. Cuando estiré la mano para alcanzar una rama, quedé petrificado. ¡Una serpiente! Lentamente bajé el mentón, para no exponer el cuello; quise huir, pero oí a Mme. d`Orvilliers. Paseaba con el capitán.

-Mi marido quiere quedarse para importar más bestias. Pero mi sueño es abrir una casa de café en Île de France.

-¿Bestias, Marie?

-Por esa teoría… Que los negros son tres quintos humanos…

-¿Teoría?; ¿o excusa para justificar la crueldad?

Se alejaron hacia el casco.

Suspiré aliviado; por fin, pude apartarme de la serpiente. Yawo había engrillado los pies del capataz y lo obligaba a andar a los saltos. Apartándose del plan, fue a encañonar al esclavo del grillete en el tobillo, su antiguo rival.

-¡Al suelo! -le ordenó. Sacó un cartucho, lo mordió, escupió el resto de papel. Cargó el arma. Baqueteó, apuntó…

Y disparó. ¡Maldición! Eso tampoco figuraba en los planes.

Aunque el disparo rompió la cadena, me pareció que el esclavo titubeaba. ¡Libre!; pero, con una cadena al cuello.

La mayoría no quiso fugarse: madres con niños pequeños, ancianos sin fuerzas como para empezar otra vida. Muchos temían que el ejército arrasara el mocambo en represalia.

Yo ya no tenía tiempo de juntar semillas. Corté ramas enteras de café y las oculté junto al arroyo. Yawo llevó hasta allí al capataz. Hizo que lo colgaran de una ceiba, con la cabeza rozando el agua y le dejó la llave a un brazo y medio. Luego, él y sus negros, ahora marrones, se perdieron en la selva, remedando al francés. "Si la recuperas, eres libre", canturreaban.

El francés maldecía; no alcanzaba la llave; los aulladores aullaban; la luna llena me guiaba de vuelta al casco.

A la mañana siguiente, los guardias requisaron los tambores; les pedí el djembé como recuerdo y regresé a la ribera de moko-mokos para el canje de mis subalternos por vituallas. Descolgué el cuerpo del francés; se hundió entre las raíces de los mangles.

La luna llena y la pleamar se habían hecho cargo de él.

Recogí la flor amarilla de un pétalo rojo. A Madame le iba a encantar la fragancia del palo brasil.

8.

Las velas de nuestra balandra ya se hinchaban al viento cuando Henri, el lacayo, subió a bordo con las flores. Madame nos enviaba flores de despedida en retribución por el palo brasil. No vino; tenía mucha fiebre. Entre los hibiscos y espárragos, encontré un cafeto y seis granos de café. Sentí lástima por ella. Esclava de lujo en un mundo en blanco y negro.

-Dice Yawo del Pororoca, que sus zapatos… -Henri hizo un gesto de negación-. Le envía esta ristra de pimientos cayena.

Sonreí. Así que mantenían contacto.

-A veces -dije-, necesitamos pasar un poco de calor, para refrescarnos.

-O un poco de agua salada, para una venganza dulce.

O caer prisionero, pensé, para apreciar la libertad.

-Mi espalda y yo lamentaremos su partida, cabo -descendió a la chalana-. Desde que el capitán pisó Cayena, no vemos el flagelo de nueve puntas de Madame.

-¿Henri tiene nombre?

-Kofi -gritó de lejos-. ¡Nací un viernes!

Miré hacia el fuerte de Cayena por última vez. Más allá de los moko-mokos y las plantaciones de café y de cacao, los tambores no paraban de llamar.

Descorrí la piel del djembé para que el capitán viera el interior:

-Más de mil bayas, señor.

-Deberían ascenderlo a tambor mayor -bromeó.

-¿En serio? ¿Saltearme dos rangos?; ¿y un sueldo de veintiún mil reis?

-¡Claro que no! -rió- . ¡Pero un día de estos lo invito a un café! -y tras una pausa, ordenó:- ¡leven anclas!

En 1727, el sargento mayor y capitán de guardacostas Francisco de Melo Palheta introdujo en Brasil dos mil semillas de café de contrabando. Hoy Brasil produce un tercio del café del mundo.

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