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Cultural

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Psicoanálisis

LA IZQUIERDA LACANIANA. PSICOANÁLISIS, TEORÍA, POLÍTICA, de Yannis Stavrakakis. Fondo de Cultura Económica, 368 págs. México, 2010. Distribuye Gussi.

LA VINCULACIÓN de política y psicoanálisis ya había sido ensayada por el propio Freud en textos como El porvenir de una ilusión o El malestar en la cultura, pero fueron sus discípulos (especialmente Reich y Fenichel) y seguidores (la escuela de Frankfurt) los que, inspirados en el marxismo, construyeron un corpus teórico centrado en la interdependencia de ambas disciplinas. La revisión de las ideas psicoanalíticas iniciada por Jacques Lacan (1901-1981) en la segunda mitad del siglo XX trajo aparejado un desplazamiento de aquella "izquierda freudiana" a una nueva "izquierda lacaniana".

Si bien las ideas políticas de Lacan permanecieron diluidas en su abigarrado aparato teórico, el carácter revolucionario de sus postulados fue trasladado por algunos de sus discípulos a una dimensión histórica y social, es decir, política. De eso trata este ensayo del politólogo griego Yannis Stavrakakis, quien ya desde la Introducción recuerda la posición de Lacan que habilita su aplicación extraclínica: "el psicoanálisis subvierte las ortodoxias establecidas a la vez que descree de las fantasías utópicas, y este escepticismo es un sostén crucial de su eje verdaderamente subversivo."

En ese entendido, la teoría lacaniana ha ganado presencia en la ciencia política de la última década y media, encarnada en las lecturas que de ella han hecho pensadores como Ernesto Laclau, Alain Badiou y Slavoj Žižek. Los proyectos de estos tres autores, cada uno atendiendo aspectos parciales de la matriz, son examinados con detenimiento en la Primera Parte de La izquierda lacaniana. A ellos se les suma, inesperadamente, Cornelius Castoriadis, quien de ser alumno directo de Lacan se desplazó a las antípodas, renegó de la negatividad intrínseca del pensamiento de su maestro y celebró la creatividad de la construcción social.

Stavrakakis es el primero en advertir que el acto de incluir a estos autores dentro de una supuesta corriente unívoca es una maniobra artificiosa. "La izquierda lacaniana no existe", afirma lacanianamente. Cada autor apela a la teoría de un modo específico, ya sea para ubicarla como referencia central (Žižek), contarla entre muchas otras (Laclau), redimensionarla (Badiou) o aun negarla (Castoriadis). No obstante, a sabiendas de su flaqueza ontológica, Stavrakakis se aventura a hablar de "izquierda lacaniana" para construir un objeto de estudio, ponerlo a prueba y volverlo operativo como herramienta de análisis.

Eso es lo que hace en la Segunda Parte, donde se aboca a la interpretación de hechos políticos concretos y a la elaboración de hipótesis que trascienden los estereotipos de la conciencia progresista contemporánea: la desazón ante el triunfo del consumismo como política global y la vía estéril del utopismo radical. Fenómenos candentes como el nacionalismo, el europeísmo, las identidades transnacionales y las tendencias "posdemocráticas" del capitalismo tardío son examinados desde Lacan, obteniendo una lucidez no exenta de pasión intelectual y compromiso ético.

Una herramienta que en manos de Stavrakakis se descubre especialmente dúctil es el concepto de goce (o jouissance), un factor equiparable a la libido freudiana que, asociado a "lo real" (o sea, lo pre-simbólico, lo inexpresable, lo irrepresentable), se revela como "explicativo de la longevidad y omnipresencia de determinadas identificaciones y de la dialéctica del cambio político y social". En ese llamado de atención sobre las concomitancias afectivas inherentes a cualquier proceso socio-político, negadas en las teorías al uso, reposa uno de los múltiples valores de un libro ambicioso, complejo y fermental.

A.B.

ILUSTRADO, de Miguel Syjuco. Tusquets, 2010. Barcelona, 382 págs. Distribuye Urano.

EL REVUELO que esta novela causó (o dicen que causó) es en principio difícil de entender, a menos que se explique por la conjunción de un marketing agresivo y un vacío de sorpresas mayores en la literatura filipina. Miguel Syjuco es un escritor nacido en Manila en 1976, radicado en Montreal, y que con esta ópera prima, Ilustrado, ganó algunos de los premios más importantes de su país. No es para menos. Un vistazo rápido muestra esa compulsión periférica por exportar la "patria", literariamente hablando. Un deseo de dar un completo pantallazo filipino (desde su decadencia política a su noche bohemia) para que el mundo se entere de la existencia de esa república asiática de más de siete mil islas y ciento setenta lenguas, donde el idioma inglés y el tagalo han desplazado al español colonizador definitivamente.

Syjuco parte de una trama interesante: crea a un escritor ficticio (Crispín Salvador), le atribuye una muerte extraña y un manuscrito perdido, lo coloca en el canon real de su país, y se mete él mismo -Syjuco- como narrador, alumno y biógrafo del escritor creado. Desde esa base despliega toda la artillería fragmentada, repetitiva y en definitiva vacía de la posmodernidad o de lo que sea que la haya sobrevivido (pluralidad de voces narrativas, fragmentos de libros apócrifos, entrevistas, lenguaje de blogs de Internet, foros, etc.), incluyendo la vuelta de tuerca del final con una revelación que no deja de ser otro manido rizo al asunto de quién es el autor y cuántos juegos de espejos puede soportar un relato.

Hay un defecto por exceso en esa parafernalia discursiva (el mismo que sortearon con éxito -pero en otra época- un Dos Passos o un Cortázar) que hace que ninguna de las subhistorias de Ilustrado tenga peso. Ni la del narrador con su novia Madison, ni la fotografía emocional del mundo pos 11 de setiembre, ni la fauna cocainómana de Manila, y mucho menos los fragmentos de las "novelas" de ese Salvador Crispín que en ningún momento se convierte en un personaje capaz de aglutinar cuatrocientas páginas.

Ilustrado transmite la idea de un mundo sobresaltado, hecho de viñetas, de recortes mediáticos y de una literatura abarcadora que simula contenerlo, pero lo hace al precio de confundir, exasperar y sobre todo aburrir al lector. Tremendo precio para los tiempos que corren.

M. E.

Novela

Novela II

INOCENTE, de Scott Turow. Mondadori, 2010. Buenos Aires, 428 págs. Distribuye Random House Mondadori.

EN 1987 EL FISCAL Scott Turow (Chicago, 1949) escribió una novela que lo haría famoso: Presunto inocente. Tres años más tarde el director Alan J. Pakula haría una adaptación cinematográfica conocida co-mo Se presume inocente, en cuyo elenco figuraron Harrison Ford y Raúl Juliá. Eso permitiría que Turow se hiciera aún más famoso, que vendiera 25 millones de ejemplares, que se retirara de la abogacía y diera comienzo a una carrera literaria con algunos títulos de similar perfil: El peso de la prueba, Presunto culpable, Demanda infalible y Errores reversibles, entre otros. Ahora acaba de publicar una secuela de aquella obra inicial, Inocente, en la que participan, 20 años después, prácticamente los mismos personajes.

En la primera el juez Rusty Sabich, casado con Bárbara y padre del pequeño Nat, es acusado por su archienemigo, el fiscal Tommy Molton, de asesinar a una ex amante, la también abogada Carolyn Polhemus. Rusty (Harrison Ford, obviamente), defendido por el brillante Sandy Stern (Raúl Juliá), es declarado inocente por un pelito: un error de procedimiento de los fiscales obliga a que retiren los cargos y el acusado sea puesto en libertad. Pero un minuto antes de que la historia termine, Sabich descubre en su propia casa un martillo ensangrentado con el que habían destrozado el cráneo de la víctima, más allá de toda duda.

En las primeras líneas de esta última un ya casi treintañero Nat se enfrenta a una escena terrible: "Hay un hombre sentado en la cama. Es mi padre. Bajo las mantas yace el cuerpo de una mujer. Era mi madre." Semanas más tarde, el malo y obstinado Molto vuelve a presentar cargos de homicidio contra el bueno y atribulado Sabich, acusándolo de matar a su esposa. Dos años antes, el entonces no tan bueno Sabich había vuelto a cometer adulterio, esta vez con Anna, otra brillante abogada, pasante en su oficina. La relación, intensa y conmovedora, se interrumpió más o menos a tiempo. Poco después, Anna se enamorará perdidamente de Nat y se hará su novia.

Las más de 400 páginas del libro se dividen en varios relatos (Rusty, Tommy, Nat y Anna), en diferentes fechas y en diferentes momentos del pleito que vuelve a tener al juez en la cuerda floja. Los tramos donde Turow se dedica estrictamente a lo judicial son correctos, verosímiles y crean una innegable atmósfera de intriga y de suspenso. Los tramos en los que Turow se dedica al mundo de lo afectivo (matrimonio, adulterio, noviazgo, paternidad, etc.) son torpes y cursis.

Nadie duda de que este será otro fulgurante best-seller pronto para ser adaptado al cine, de que la cuenta bancaria del autor crecerá sideralmente y de que, en definitiva, será perdonado por el espurio mal gusto de hacer del defensor Stern un hombre que se debate contra el cáncer, enfermedad que mató a Juliá en 1994.

H. F.

etiquetasEtiquetas: izquierda - política - inocente - lacaniana - lacan - 
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