Novela perfecta

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Soledad Platero

NO ES EXAGERADO afirmar que Horacio Castellanos Moya (nacido en Tegucigalpa, Honduras, en 1957; criado en El Salvador) es uno de los narradores más sólidos de la literatura latinoamericana actual. Lo había probado sin fisuras en su vasta obra anterior, y lo confirma en esta novela, última de la serie que comenzó en 2004 con Donde no estén ustedes, siguió en 2006 con Desmoronamiento, volvió en 2008 con Tirana memoria y ahora parecería cerrarse -aunque eso habrá que verlo- en el relato de la desaparición de Albertico Aragón y su novia, Brita. Claro que la saga no obedece a un orden cronológico tradicional, y tampoco sigue estrictamente a la familia Aragón, pero ese apellido es el que hilvana toda la serie.

Una cita del Eclesiastés abre el libro: la que habla de lo poco que los hombres saben de su propio tiempo, y de cómo los hijos de los hombres son atrapados como peces en la "mala red" cuando el "tiempo malo" cae de repente sobre ellos. Y es sobre eso, sobre el tiempo malo que cae fatalmente sobre un pueblo, que escribe Castellanos Moya. Por lo menos, son sobre eso las novelas que componen esta saga, y que pueden leerse, como dice Miguel Huezo Mixco en Letras Libres, "como capítulos de una gran novela de época".

En La sirvienta… se cuenta una historia que ocurre en 1980, al comienzo de la guerra civil que desangró a El Salvador. Son días extraños, atravesados por un clima de violencia e incertidumbre excepcionales. Todo está alterado. Toda salida a la calle entraña un riesgo incalculable, pero las personas deben seguir saliendo. El estado de excepción está instalado pero no declarado, y las actividades diarias -la escuela, el trabajo, las compras- no pueden detenerse. El problema es que en tiempos malos no es posible eludir el mal, y hasta los más indiferentes pueden terminar muertos.

En una elección estilística tan básica como eficaz, Castellanos arma su novela sobre la tensión entre dos polos: un agente de las fuerzas represivas que fue luchador profesional, y una empleada doméstica que quisiera ignorar todo lo que está pasando, pero no puede mantenerse al margen de sus propios compromisos afectivos. El Vikingo y María Elena: el mal y el bien en una historia en la que ambos extremos son tratados con idéntico respeto y cuidado.

LA VIDA DESNUDA. Todo ocurre en apenas tres días de 1980. Monseñor Romero todavía vive y sigue dando misa en la catedral de El Salvador, pero se siente en el aire que sus días están contados. La ciudad es un campo de batalla en el que se enfrentan dos bandos desiguales: la guerrilla, cuya fuerza de choque está constituida por estudiantes casi adolescentes, y las fuerzas de seguridad del gobierno, volcadas por completo a la lucha contra la subversión. El Vikingo, un agente de las fuerzas represivas con un pasado de gloria como luchador profesional (en América Central, como en México, los profesionales de la lucha libre son figuras públicas que logran enorme adhesión popular) se enfrenta a la decadencia y el olvido en un escenario en el que pocos lo recuerdan y casi nadie lo respeta. Se está muriendo de alguna enfermedad digestiva que le produce dolores insoportables, y ha de resistir sin ser hospitalizado una última cruzada a favor de su dignidad y su fortaleza.

El relato empieza en el miserable comedor de la gorda Rita, al que van a desayunar, almorzar y cenar los funcionarios más pelagatos del Palacio Negro (sede de las fuerzas de seguridad): los macheteros, los detectives de calle, los meros torturadores. La ubicación de la primera escena en ese comedor miserable es un acierto. La gorda Rita -una mujer avejentada que vive en un caserío en las faldas de la sierra y regentea una fonda precaria en un inmundo local alquilado- es un buen ejemplo de la "vida desnuda" de la que habla Giorgio Agamben (y que Albrecht Buschmann menciona en relación a este texto en el sitio de la Universidad de Potsdam): una vida volcada por entero a la supervivencia. Una consecuencia de los estados de excepción, que hace que los individuos sean apenas su mera vida, su existencia biológica, y se deban por entero a conservarla a cualquier precio. En las figuras que encarnan el enfrentamiento bélico -el Vikingo, o cualquiera de sus camaradas, y los miembros de la guerrilla o de la oposición- es fácil ver que la supervivencia y la necesidad de exterminar al enemigo se vuelven la única regla. Pero esa lógica alterada alcanza también a los otros, a los que, sin ser parte involucrada en la guerra, están obligados a vivir como si lo fueran. En un escenario en el que cualquiera puede morir en cualquier momento, también cualquiera puede matar. Por acción o por omisión. Por participación o por indiferencia.

SALVAR LO HUMANO. María Elena es uno de esos actores involuntarios que forman parte de la batalla porque no pueden evitar involucrarse. Descubrir que sus jóvenes patrones, Albertico y Brita, han sido detenidos, la coloca inesperadamente ante la decisión de hacer algo para ayudarlos. Ella encarna lo Humano, en sentido filosófico. Lo que está por encima de la vida desnuda: la reflexión, el compromiso moral, la solidaridad, la sensatez, la capacidad de decidir los propios actos. Y encarna también un orden social antiguo, en el que los lugares estaban claramente definidos y se correspondían con atributos igualmente claros: por un lado estaban los señores (educados, progresistas, ilustrados); y por otro, los sirvientes (agradecidos, fieles, discretos, sacrificados). Muy distinta es María Elena, una mujer que ha sido sirvienta de una familia toda su vida, de la gorda Rita, que ha sabido sobrevivir como trabajadora independiente: igual de atada a la servidumbre (fue prostituta antes de tener su negocio propio de comidas) pero ajena a lealtades personales y afectivas.

Entre los muchos logros de la novela, posiblemente el más notorio sea el de la tercera persona funcionando casi como primera. Una tercera persona subjetiva -pegada al personaje que protagoniza cada segmento- que ve exactamente lo que ve el personaje, sufre sus dolores y acompaña sus razonamientos. Esa posición de la voz narrativa permite eludir las moralinas y vuelve manejables, literariamente, cosas que son difíciles de manejar sin hacer discursos o panfletos. Las rutinas del Palacio Negro, el trato entre patrones y sirvientes, el lugar de las mujeres en ese universo cerradamente machista se vuelven materia novelable sin necesidad de sobreindicaciones o victimizaciones.

La sirvienta y el luchador es, en más de un sentido, una novela perfecta. Es perfecta su estructura, en la que todo termina cerrándose a favor de la fatalidad que rige los tiempos malos; es perfecta su prosa, adecuada a cada actor y a cada circunstancia; es perfecta la construcción de los personajes, cada uno de ellos mucho más que un mero tipo social, pero al mismo tiempo, encarnación de lo social en tiempos revueltos. Articular históricamente el pasado, dice Walter Benjamin, "no significa conocerlo `como verdaderamente ha sido`. Significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro". Eso, ni más ni menos, hace Castellanos Moya en esta novela.

LA SIRVIENTA Y EL LUCHADOR, de Horacio Castellanos Moya. Tusquets, 2011. Barcelona, 267 págs. Distribuye Urano.

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